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DraTeresaDaCunhaLopesPor Teresa Da Cunha Lopes/ Grupo Crónicas Revista

Morelia, Michoacán, 05 de octubre de 2015.– Muchos analistas rusos (y no sólo ellos) sostienen que la intervención de Rusia en Siria es impulsada por el deseo de Vladimir Putin de restablecer el estado de la nación más grande del mundo como superpotencia y por su genuina creencia de que los Estados Unidos han sembrado deliberadamente el caos en la región para asegurar la permanencia de su control sobre el Oriente Medio.

Si bien esta evaluación puede ser exacta, sólo revela parte de las intenciones del presidente ruso y no analiza las variables introducidas por la presencia de otros intereses regionales e internacionales en la zona de conflicto.

Más allá de sus implicaciones militares, la operación intervencionista militar rusa, fuera de cualquier mandato internacional, tiene otro significado estratégico y sus resultados sólo pueden ser limitados.

En primer lugar, confirma la opinión de que el presidente Bashar Assad no está sólo. Ya lo sabíamos, pero ahora es claro el sentido de los constantes vetos de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el caso de Siria, aún y cuando el uso de armas químicas sobre poblaciones civiles por Assad fue demostrado e internacionalmente condenado. Dos potencias, Rusia e Irán, respaldan militarmente y políticamente a Assad  y están determinadas a no dejarlo caer.

En segundo lugar, la intervención pública y directa de Rusia,  también confirma que Putin busca asegurar un mini-estado alauita bajo control de Assad. Mini-estado que se  transformaría en una base estratégica sólida que permitirá a Putin y a los rusos mantener la tradición soviética de control de algunos regímenes en la región.

Este escenario, construido a partir de los ejemplos de Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria o República Popular de Donetsk, no es nuevo. Fue previsto por Fabrice Balanche, probablemente el mejor experto en los alauitas, desde el  2012.

Así, siguiendo el modelo favorito  de las intervenciones rusas en el exterior, las cosas se desarrollaron rápidamente con un timing cronometrado con  la visita de Putin a Nueva York.  En un primer momento, el gobierno de  Assad anunció que había solicitado aviones rusos en Siria; en un segundo tiempo, el parlamento ruso aprobó una resolución que permite el uso de la fuerza en Siria; inmediatamente aviones rusos, ya presentes sobre suelo sirio en bases preparadas desde hace meses, realizaron sus primeros vuelos de combate. Al mismo tiempo, Putin anunció que estaba preocupado por los ataques israelíes en Siria y, según algunas fuentes, los rusos exigieron que los estadounidenses se mantuviesen fuera del espacio aéreo sirio. Todo esto ocurrió dentro de un período de 48 horas.

O sea, la rapidez de ejecución y la rápida visita de un Putin arrogante y desafiante en Nueva York, al igual que sus movimientos en Siria, están diseñados para consolidar las nuevas reglas del juego en el Oriente Medio. Aparentemente, estas nuevas reglas, con un efecto dominó, tendrán graves implicaciones para toda la región, y en particular para Israel. Muy probablemente serán un detonador de un viraje en las pre-campañas electorales en Estados-Unidos y un elemento que pesará en las negociaciones entre Rusia y la UE sobre Ucrania.

Así, no nos restan dudas sobre el verdadero motivo de Putin y sobre las razones rusas por detrás de sus recientes jugadas en el tablero internacional: mantener a Siria como un activo estratégico al tiempo que obtienen un punto de apoyo en el Mediterráneo y el mantenimiento de un contrapeso regional al debilitamiento de Estados Unidos.

A pesar de lo anterior, no debemos escamotear e ignorar la profunda animosidad rusa contra los extremistas religiosos islámicos. Si bien el primer ataque aéreo ruso fue dirigido contra los grupos rebeldes que no están vinculados al Estado islámico, no se puede ignorar la hostilidad de Rusia a ese grupo, misma que Putin mencionó en su discurso ante la ONU.

Cabe recordar que a principios de septiembre se produjo un ataque de los fundamentalistas contra una base militar rusa en Daguestán, en el Cáucaso norte. Murieron algunos soldados rusos, y una nueva rama Estado Islámico en el Cáucaso se responsabilizó del asalto. Por otro lado, Rusia considera la actividad yihadista en Siria e Irak y su inspiración para los musulmanes en el Cáucaso como un riesgo potencial para la seguridad interna de la Federación rusa. O sea, Rusia está bajo ataque y es un blanco potencial de futuras ofensivas del radicalismo islámico

Otro hecho que no ha sido debidamente abordado por los analistas es el complejo equilibrio de poder a lo largo de la frontera sirio-turca.

Las mejores fuerzas (y las únicas hasta el momento efectivas) sobre el terreno y que operan contra el Estado Islámico son los grupos kurdos que han ocupado una larga y estrecha franja al norte de Raqqa. A partir de este frente han puesto  en peligro el control ISIS sobre su autoproclamada capital Kobani. En los lugares donde las fuerzas kurdas (pechemergas) ocuparon posiciones estratégicas sobre el terreno (apoyadas por ataques aéreos de la coalición EE.UU, Jordania, UK, Francia), el Estado Islámico generalmente se retiró.

Pero estos éxitos militares kurdos, constituyen un  problema político para los turcos, que están preocupados de que los kurdos consoliden un enclave al oeste de la región alauita controlada por el régimen de Assad. Esta puede ser la razón por la cual el gobierno de Ankara, después de muchas y sinuosas tergiversaciones, permitió que los estadounidenses bombardearan ISIS con aviones que despegan de la base aérea turca en Incirlik.

Además, los turcos están tomando directamente parte en la lucha contra el Estado Islámico, aunque la mayoría de sus ataques en Siria se  han realizado contra los kurdos. Como resultado de estas operaciones militares turcas en Siria, cerca de 700 personas han muerto en las últimas semanas en la lucha turco-kurdo, en lo que se configura como un “side show” de la guerra civil siria.

Pero ¿Cómo está todo esto conectado a Rusia y a la intervención militar decidida por Putin?

El gobierno de  Moscú, que también está cortejando a los kurdos, no está contento con las operaciones aéreas turcas y con la nueva cooperación de Ankara con Washington que retoma los ejes de la vieja alianza de los tiempos de la Guerra Fría. Mucho menos, después  del intento del presidente turco Recip Tayyip Erdogan para establecer una zona desmilitarizada en Siria a lo largo de la frontera común.

Algunos analistas piensan (yo soy uno de ellos) que estas consideraciones estratégicas sumadas al miedo psicológico de los rusos de ser atrapados en un cerco por los aliados occidentales, empujaron Putin a la intervención. En cualquier caso, esta es una faceta más de la compleja situación en Siria, donde las milicias étnicas y los grupos rebeldes luchan entre sí en un frente y cooperan contra Assad en otro.

Otros factores pueden haber ayudado a Putin a tomar, ahora,  esta  arriesgada decisión. Primero factor: la creciente  fuerza de Irán en la región, a raíz de su éxito al lograr un acuerdo nuclear altamente favorable. Segundo factor, la ola de refugiados sirios que amenazan la unidad y la estabilidad de Europa y que debilitan  la amenaza europea  para los intereses rusos en Ucrania.

Sin embargo, para allá de estas consideraciones estratégicas, lo que debemos tener en cuenta es de que la nueva situación en Siria, y los delicados y muy complejos equilibrios en la región, deben proporcionar a Israel y a los Estados Unidos con un incentivo para coordinar más estrechamente sus estrategias políticas y militares relativas a la intervención rusa.

Las opciones de Israel son muy claras. Por un lado,  tiene mucho que ofrecer en el campo operativo y de la inteligencia. Por otro lado, mucho a perder si los rusos se consolidan en la región, principalmente si lo hacen a partir de una alianza con Teherán.

Esta última situación  también podría desencadenar una cooperación más estrecha con los estados sunitas moderados e incluso con Turquía.

O sea, contrariamente a la percepción general, esta no es una situación en que los rusos pueden ganar todas las partidas ni en que Putin detiene todas las cartas. Primero, porque existen demasiados intereses contrarios en la región; segundo porque una alianza rusa con la teocracia iraní es contra natura; tercero porque Rusia está económicamente en quiebra y estas operaciones no pueden ser puntuales, si a largo plazo. Así que los rusos no pueden jugar por los “máximos”, sólo por los “mínimos”.

Ese mínimo es la fragmentación de Siria y la creación de un mini-estado alauita. Tal exige rapidez en la intervención, rapidez en la obtención de resultados y rapidez en la retirada. Caso contrario, Siria se transformará en otra trampa mortal para los rusos, tal como en su momento lo fue Afganistán.