Bernard-Henri-Levy-Bernar-006Por Bernard Henri-Lévy

La semana pasada estuve con los Peshmerga [tropas kurdas de Irak] frente al Estado Islámico (EI). Recorrí con un equipo de rodaje un largo trecho de ese frente de mil kilómetros en el que ellos, los Peshmerga, plantan cara a los cortadores de cabezas. Y afirmo que los cortadores de cabezas, los hombres de la bandera negra, esos bárbaros que se han erigido un remedo de Estado a caballo entre Siria e Irak, serán vencidos.

Serán vencidos porque son buenos terroristas, pero malos soldados.

Serán vencidos porque, cuando se trata de degollar a rehenes indefensos, se hacen los fanfarrones ante el objetivo; pero cuando un ejército popular avanza y reconquista 200 kilómetros cuadrados, como el miércoles pasado en la zona de Albu Naim, corren como conejos.

Serán vencidos porque el mismo día, en la aldea de Tel Bussel, las escasas cámaras presentes —entre ellas la nuestra— vieron cómo se replegaban en desorden, causando entre los Peshmerga únicamente un número limitado de bajas: once, que yo sepa; la mayor parte víctimas de las minas que esos canallas habían escondido en las casas y mezquitas que dejaban atrás, en bidones, entre las piedras de la carretera.

Serán vencidos porque, contrariamente a lo que siempre se dice, no aman tanto la muerte como los kurdos aman la vida.

Serán vencidos porque los que pueden explicar por qué combaten son mucho menos numerosos de lo que creemos, mientras que los kurdos defienden al mismo tiempo una tierra y una idea, el sueño de un país y un modelo de sociedad único en la región.

Serán vencidos porque tienen frente a ellos a un ejército cada vez más profesional, pero compuesto por hombres (y mujeres) de todas las edades y de todas las condiciones; hombres (y mujeres) que dejaron una vida civil a menudo plena y dichosa, y ahora son soldados de 20, 30 ó 50 años, a veces más: incluso conocí a un Peshmerga octogenario que mantenía la posición bajo un calor sofocante, codo con codo con sus camaradas, en el pico más elevado del monte Zartik; era él quien estaba de guardia la noche anterior, cuando una columna del EI subió la pendiente para intentar tomar el campamento por la retaguardia.

Serán vencidos porque sus jefes se encierran en sus madrigueras y envían al matadero a unos iluminados sin cerebro, mientras que los generales kurdos que conocí están todos en primera línea, respetados, respetables, los búnkeres de hormigón para la tropa y para Maghdid Harki, su comandante en jefe, la casamata más expuesta al fuego de los tiradores emboscados de Bartila.

Serán vencidos porque sus jefes se esconden y envían al matadero a unos iluminados sin cerebro

Serán vencidos porque las banderas negras que se divisan con gemelos a algunos centenares de metros, en el sector de Kirkuk, están plantadas en zonas repletas de civiles, y nadie puede ganar convirtiendo a los civiles en escudos humanos.

Serán vencidos porque los silos destruidos, las instalaciones agrícolas bombardeadas, los caminos reventados, los puentes derruidos sobre el canal de irrigación invadido por las cañas, las ruinas humeantes, resumiendo, los paisajes desolados en las zonas que ellos han controlado brevemente y que se han visto obligados a abandonar al ejército de la libertad, atestiguan que no conocen otra política que la de la tierra quemada; y con semejante brutalidad tampoco se puede ganar.

Serán vencidos porque los kurdos, al mismo tiempo que aman la vida, cuando es necesario son capaces de asumir el riesgo de la muerte y de llevar a cabo actos de una bravura inaudita: es el sentido literal de peshmerga (el que va al encuentro de la muerte), y es la historia de Jamal Moha med Salih, que, cuando vio que un camión suicida se abalanzaba sobre su posición, decidió en medio segundo lanzar su carro contra él para salvar a sus 80 camaradas. Sobrevivió; gravemente herido, pero sobrevivió; y nosotros filmamos su heroico y conmovedor testimonio.

Serán vencidos porque el EI tiene traidores en sus filas que informan a los Peshmerga sobre sus movimientos y les permiten anticiparse.

Serán vencidos porque, cuando en la zona de Gwer sintonizamos su radiofrecuencia (¿por casualidad?), se nos antojó que acabarán, como los Jemeres Rojos, matándose entre ellos en la mayor de las confusiones.

Serán vencidos porque los Peshmergas, una vez pasado el primer momento de estupor, hace un año, fortificaron sus posiciones en torno a la presa de Mosul, trazaron pistas entre los pedregales por encima de Bajdida, construyeron un verdadero Douaumont en el sector más estratégico de la región de Kirkuk, fortificaron las cimas rocosas de la zona de Zartik, excavaron en los llanos trincheras de cinco a diez metros de ancho para detener a los camiones kamikazes.

Serán vencidos porque apenas les queda otra cosa que francotiradores para continuar sembrando el terror allá donde la muralla de sacos de arena aglomerados con cal sigue inacabada.

Y, finalmente, serán vencidos porque la coalición internacional que lucha al lado de los kurdos, una de cuyas salas de mando visité —instalada por cierto en una antigua base aérea de la que partían los bombardeos químicos de Sadam Husein—, un día terminará asestando el golpe de gracia.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.