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Durante meses, Ahmed Abdul-Hamid, un palestino oriundo de la ciudad siria de Aleppo, intentó infructuosamente cruzar el mar a fin de iniciar una vida nueva en Europa. La Policía turca lo detuvo. Unos traficantes de personas lo engañaron. En cierta ocasión, su lancha se detuvo y él tuvo que nadar para regresar a tierra, quedando varado y sin dinero.

Pero este verano su suerte cambió cuando un contrabandista turco lo contrató para reclutar pasajeros entre los refugiados y migrantes que llegan en torrente a esta ciudad portuaria. Pronto, su teléfono no cesaba de sonar con llamadas de gente que trataba de llegar a Europa, y el dinero le llovía –hasta cuatro mil dólares diarios.

“Hay semanas en que no gano nada”, dijo Abdul-Hamid, de 21 años. “Otras veces, estoy tan ocupado que no me doy abasto”.

El rápido éxito de Abdul-Hamid forma una pequeña parte de la multimillonaria economía informal que se ha desarrollado en Turquía para lucrar con la inmensa oleada humana que se apresura por llegar a Europa. Gran parte de esta nueva economía resulta visible en las calles locales, donde los polleros buscan refugiados, las tiendas de ropa exhiben salvavidas y autobuses turísticos y taxis trasladan pasajeros a remotos lugares de partida situados a lo largo de la costa.

El dinero está fluyendo en Izmir, la tercera ciudad más grande de Turquía, ahora triste centro de refugiados y ciudad en auge para sus habitantes. Oculta de la vista se halla un amplia infraestructura de tráfico humano, con “aseguradoras” improvisadas que toman el dinero de los migrantes, fábricas encubiertas que producen chalecos salvavidas poco útiles y proveedores informales de balsas de hule baratas que durante el viaje a Grecia en ocasiones se revientan o vuelcan, dejando varadas o ahogadas a personas en el mar.

La vasta mayoría de los casi medio millón de migrantes y refugiados que el presente año han ingresado a Europa por mar han arribado procedentes de Turquía, de acuerdo con la ONU. Y aunque Europa tiene dificultades para responder a la oleada, aquí no hay indicios de que el torrente vaya a bajar mientras pueda ganarse tanto dinero. Si acaso, al parecer las cifras están creciendo.

Funcionarios turcos dicen estar esforzándose por poner un alto a la migración ilegal y haber detenido a 57 mil viajeros y 104 traficantes de personas en lo que va del año. “Las autoridades turcas están haciendo cuanto se halla en su poder por prevenir la inmigración ilegal y muertes asociadas con ésta”, dijo un funcionario, pidiendo no ser identificado de acuerdo con el protocolo gubernamental. “En vez de hacer señalamientos, la comunidad internacional debe diseñar una estrategia integral destinada a manejar la situación que tiene lugar en Siria”.

Pero aquí en Izmir, el Estado da la apariencia de ser un mero espectador mientras la multitud de migrantes se abre paso por la ciudad y hasta la costa a fin de tomar balsas con dirección a Grecia –viaje con una hora de duración, de salir todo bien. Los monitores internacionales dicen que si bien los migrantes aportan dinero a la economía formal, los mayores ganadores son las bien organizadas redes delincuenciales que probablemente sobornen a las autoridades para que se hagan de la vista gorda. Migrantes y traficantes de nivel bajo hicieron aseveraciones similares de que en ocasiones se paga a las autoridades por dejar pasar a los migrantes.

“Es un conjunto de factores que han coincidido”, dijo en torno a las fuerzas que mueven al mercado el presidente del Instituto sobre Políticas Migratorias de Europa, Demetrios Papademetriou.

A efecto de llegar hasta este lugar, muchos de los viajeros dicen haber sido obligados a pagar por sus vidas, vendiendo tierras, joyería y herencias, con la esperanza de que lo que les depare el porvenir sustituya lo que dejaron atrás. En docenas de recientes entrevistas realizadas en Turquía y Grecia, los migrantes describieron haber tomado medidas drásticas con el fin de huir –endeudándose o reuniendo dinero proporcionado por familiares para costear los viajes. Algunos arribaron en avión desde Irak y Jordania, mientras que otros pasaron por Líbano a efecto de tomar transbordadores de pasajeros.

Una vez en Turquía, se congregaron en Izmir, readaptando una infraestructura turística en aprietos a la nueva economía de balsas.

“Aquí lo importante es el futuro”, dijo Mohammed Khadra, refugiado palestino de Damasco que desertó del Ejército sirio y huyó a Turquía con 470 dólares en el bolsillo cerrado de su pantalonera. “En Siria ya no hay vida”.