Ejercicios de futuro desde el pasado

a03n1cie-1_miniPor Horacio Cano Camacho* / Grupo Crónicas Revista 

Al abrir el diario de hoy por la mañana –bueno, su versión virtual- leo una noticia inquietante, resulta que hay gente preocupada por que “los robots sexuales degradarán las relaciones humanas”. Caray, es una noticia muy curiosa y me anima a leer la nota completa. Me encuentro con que algunos “especialistas adelantan” que tener sexo con un robot puede no ser una idea muy buena e incluso ya se están preparando campañas contra los robots sexuales… Creo que no tardan en aparecer grupos en México que respalden tal protesta, como ya existen los que se oponen a la nanotecnología, a la biotecnología, vaya, hasta al uso del Power Point.

Y no quiero restarle importancia a una discusión sobre la responsabilidad ética con nuestras creaciones, pero este artículo me provocó de manera muy diferente a la que seguro muchos suponen. En realidad me puso a reflexionar en torno al futuro tal como yo lo imaginaba en mi pasado. Los resultados fueron desconcertantes.

Por principio, yo vengo de un pueblo pobre del Bajío michoacano. Hago la aclaración por que, al menos en México, cómo pensemos el futuro, depende de donde está situado nuestro pasado. Mi pueblo era (es) un pueblo pobre, en ese entonces de unos 2500 habitantes, dedicado a la agricultura y la porcicultura.

Aun en ese lugar, mi padre recibía muchas revistas, creo que de allí surgió mi pasión por este medio. Recuerdo algunas: en casa se leía Siempre! una revista política con una sección fabulosa de la cultura en México, realizada por Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; Sputnik, una revista de propaganda soviética que nos encantaba, sobre todo por que nos ofrecía un futuro venturoso… También recibíamos una revista de la embajada de la URSS llamada -con mucha imaginación-, URSS, con los mismos resultados que Sputnik. Por ese entonces nadie podía imaginar que ese país desaparecería como un mazo de cartas al soplo del viento. Al pensar en el futuro no siempre se acierta…

También recibíamos mensualmente una revista norteamericana idéntica a la de la URSS aunque esta apuntaba a un futuro en sentido contrario. Visión, se llamaba y mi papá decía que era de la CIA (nunca supe por qué). Junto a estás, recibíamos Los Supermachos y luego Los Agachados de Riuz, la infaltable Selecciones (otra de la CIA decía mi padre) y la revista Duda, lo increíble es la verdad! -rezaba su slogan-. Nunca entendí por que esa revista llegaba a casa si mi padre era absolutamente descreído y esa publicación planteaba encuentros con ovnis, telepatía, reencarnación. Tal vez era otra manera de pensar el futuro de manera mucho más divertida… no lo se.

Menciono lo de las revistas por que mi visión del mundo era algo diferente a la de los otros niños y esas lecturas eran en parte, responsables. Es decir, en casa se hablaba del Metro en un pueblo en donde el transporte público estaba representado por un camión destartalado y con décadas de antigüedad. De manera que hablar de trenes, metro, tranvías era, para la mayoría de los niños, algo sin sentido… Nuestro futuro resultaba de una mezcla del Santos (si, así le decíamos al Santo) y los hermanos Almada. Uno andaba combatiendo monstruos en autos deportivos y con un smartwatch en la muñeca (un reloj por el que llamaba por teléfono). Los otros combatían a los villanos a lomo de caballo en un más que improbable salvaje oeste. De manera que el futuro era una mezcla de vida rural falsa y vida moderna inexistente. Debo aclarar que en nuestro pueblo recibíamos esas películas como estrenos, cuando ya tenían diez años de andar circulando… imaginábamos el futuro desde los referentes del pasado.

¿Cómo era esa visión de futuro? En mi pueblo había teléfono en una caseta central. Si alguien llamaba, de la caseta se enviaba a algún niño a casa del solicitado para que fuera corriendo a responder. Un día, el futuro nos alcanzó y la compañía instaló aparatos domiciliarios –que llevábamos años esperando-. Pero los aparatos, unos bloques negros con una manivela, solo eliminaban al niño mensajero puesto que servían únicamente para llamar a la Central y recibir la conexión. De manera que en nuestro futuro, el teléfono deseado era un aparato automático que prescindiera de la Central telefónica. El teléfono-reloj del Santos era sólo una idea fantasiosa.

Cuando cursaba la primaria y nos estaban enseñando a dividir, mi sueño de futuro era contar con una maquina que realizara para mi tales operaciones. Un día llegó al curso un chico repatriado de los Estados Unidos. Llegó al salón portando una mochila enorme a la espalda. Una bolsa de cuero, pesada. Portaba en su interior una suerte de caja de zapatos. Cuando nos acercamos a mirar nos sorprendió apretando un botón que encendió una pantalla con caracteres rojos, enormes. Se trataba de una máquina calculadora. Tenia teclas grandotas y únicamente realizaba las cuatro operaciones básicas, pero yo quedé maravillado puesto que era la máquina soñada por mi. Desafortunadamente no realizaba el procedimiento de dividir con la “casita” que nos enseñaban y con la que yo tenia problemas. Pero no importaba, daba el resultado. Nos hicimos amigos y el llevaba siempre su aparato para verificar las tareas. Esa fue una de mis primeras imágenes reales del futuro.

Mi contacto con los “robots” eran las caricaturas de los Supersónicos o en Flash Gordon y los Thunderbirds y otras series que mirábamos por televisión, además de Verne, H.G. Wells y otros escritores de los que era fan absoluto. La televisión era un aparato enorme con puertas, mueble de madera y montones de bombillas o bulbos, tantos que la probabilidad de que uno se fundiera en un momento cualquiera era muy elevada. En las revistas, los robots eran máquinas amigables que ayudaban a las tareas pesadas del hogar, como lo hacia “Robotina” de los supersónicos o el robot de “Perdidos en el espacio”. En la tele había robots maloras que hacían una cantidad de tonterías, todas muy ingenuas. Ahora leo que hay alguien que cree que debemos impedir la fabricación de robots sexuales y pienso que en lo diferente que está resultando el futuro de lo que yo imaginé.

Todos nosotros hemos construido futuros en nuestra mente. A veces muy vinculados a lo que hemos visto en el cine, la televisión, la literatura. Estos futuros son construcciones colectivas de ficción. Pero este imaginar futuros alternativos nos va entrenando para adaptarnos o responder al futuro real. No podemos construir el futuro si no somos capaces de imaginarlo. ¿Cuánto dista lo que cada uno de nosotros imaginó de lo que realmente tenemos?¿Cómo imaginamos el futuro con los elementos que ahora tenemos? Les propongo el ejercicio de pensar el futuro desde su pasado.