Foto: Rebeca Murray

Análisis de Alejo Carpentier/IPS

La cantidad de personas desplazadas en el mundo alcanzó su máximo histórico, por lo que la migración se transformó en sinónimo de crisis humanitaria.

Dados los costos económicos, políticos y morales que conlleva la migración en masa – y en particular la experiencia que se ha estado desarrollando este año en Europa -, es cada vez más evidente la necesidad de contar con un conjunto universal de normas y principios, así como el deseo de que la gente pueda mantenerse con seguridad en sus hogares.

La comunidad mundial se reunió el lunes 12 en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma y votó a favor de aprobar el Marco de Acción para la Seguridad Alimentaria y Nutricional en Crisis Prolongadas.

Varios políticos europeos insistieron en que una mayor ayuda e inversión en los países de origen puede limitar el desplazamiento de personas. Incluso Matteo Salvini, un líder de la oposición italiana contrario al refugio ofrecido por su propio país, es un declarado creyente en la idea de que ese desarrollo evitará que la gente siga huyendo a Europa.

Pero pocos entienden las dificultades prácticas que implica financiar ese desarrollo. En primer lugar, cada vez más montos de la ayuda oficial se destinan a las crisis humanitarias, lo que reduce los fondos disponibles para el desarrollo sostenible. Y en segundo lugar, gran parte de la ayuda prometida nunca se materializa, por varias razones.

Nepal es un ejemplo. Menos de la mitad de la ayuda prometida para la reconstrucción del país, tras el terremoto que sufrió el país asiático en abril, ha sido entregada, según funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Las controversias sobre el nuevo proyecto de constitución de Nepal tampoco resultan alentadoras para los donantes. La consecuencia es que el desastre puede expresarse en una catástrofe más persistente de lo que debería ser, que en última instancia limitará las oportunidades económicas y la seguridad alimentaria.

Otro ejemplo es el de Yemen. Arabia Saudita anunció una gran donación para las operaciones humanitarias en el vecino país, a pesar de que está envuelta en el conflicto militar que agravó el desplazamiento y la pobreza en el mismo.

Mientras tanto, en medio de las historias de horror sobre los malos tratos que reciben los refugiados en Europa, Túnez está construyendo un foso a lo largo de su frontera con Libia, lo que demuestra sus propios temores.

Es evidente que las sumas combinadas que se gastan en la ayuda humanitaria para los refugiados y para disuadir la migración hacen que el discurso sobre la necesidad de fomentar el crecimiento en los países de origen sea un ejercicio de optimismo puro.

Pero eso podría cambiar ahora. La comunidad mundial se reunió el lunes 12 en la sede de la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma y votó a favor de aprobar el Marco de Acción para la Seguridad Alimentaria y Nutricional en Crisis Prolongadas.

El objetivo del acuerdo, negociado por el Comité para la Seguridad Alimentaria Mundial, es cerrar la brecha disfuncional que separa cada vez más a los presupuestos destinados a la ayuda humanitaria y al desarrollo.

Como los signatarios son donantes y actores estatales y no estatales, el marco acordado debería facilitar que los recursos puedan trascender las barreras políticas y burocráticas y llegar a donde se les necesita con desesperación.

En el caso de Siria, donde más de la mitad de sus 23 millones de habitantes debió desplazarse debido a la guerra civil que se desató en marzo de 2011, a la Unión Europea le llevó meses llegar a un acuerdo para aceptar menos de cinco por ciento de los refugiados que ahora están acampados en Líbano y Turquía.

Muchos refugiados, que temen que las pésimas condiciones de vida en los países vecinos se vuelvan permanentes y a quienes se les desanima a buscar protección en Occidente, de hecho están regresando a Siria, a pesar de los peligros.

Eso podría llegar a ser un fracaso diplomático internacional – y muchos de los repatriados culpan a la ONU por su difícil situación.

Pero se trata de una cuestión práctica, y ahí es donde el nuevo marco puede ayudar.

La FAO, por su parte, ya comenzó a actuar como si el acuerdo estuviera vigente. Este verano boreal se asoció con la Organización Internacional para las Migraciones para ayudar a retornar a Siria a 500 familias productoras agrícolas.

La ayuda consiste en semillas, herramientas de labranza y granjas avícolas ya instaladas, con el fin ayudar a las familias en sí, pero también evitar la deserción agrícola del país en guerra.

“El apoyo a los medios de subsistencia agrícolas puede contribuir a ayudar a las personas a permanecer en sus tierras cuando sientan la seguridad para hacerlo y a crear las condiciones para el retorno de los refugiados, los migrantes y las personas desplazadas”, declaró el director general de la FAO, José Graziano da Silva.

El marco fue ideado para lidiar con las crisis prolongadas, en lugares donde la inseguridad alimentaria impera de forma casi permanente desde hace al menos una década. Actualmente existen 21 lugares en esta situación. Pero la mayoría de estas crisis suceden en los Estados frágiles, donde el conflicto armado es moneda corriente, ya sea como causa o consecuencia.

Tal como están las cosas, la tercera parte de los habitantes del mundo que pasan hambre –fuera de China e India – viven en contextos de crisis prolongadas. Y aunque la agricultura genera un tercio del producto interno bruto en esos países, esta recibe menos de cuatro por ciento de los fondos de asistencia externa, según Luca Alinov, un funcionario de la FAO radicado en Kenia.

Así, el marco acordado en Roma allana el camino para que los recursos fluyan al sector agrícola – donde el rendimiento en términos de seguridad alimentaria es más alto -precisamente donde más se necesitan.

Ya es hora de acabar con la distinción cada vez más arcaica entre la asistencia humanitaria y la ayuda para el desarrollo, y con ella, con la separación de los canales oficiales que reparten los recursos.

“El desarrollo rural y la seguridad alimentaria son fundamentales para la respuesta mundial a la crisis de los refugiados”, aseguró Graziano da Silva.

Sin duda, la forma de llevarlo a cabo puede variar en la práctica, pero la génesis del marco, que es el fruto del diálogo entre múltiples interesados, probablemente amplíe las posibilidades.

Una vez más, la FAO ya está en preparación, como lo refleja su asociación con la empresa MasterCard para ofrecer a las personas en los campos de refugiados en Kenia tarjetas de crédito prepagas que les permitan comprar productos locales, un modelo que se presta a la adaptación a diferentes circunstancias.

Los programas de protección social apoyados por el Estado son ideales, como el programa Red de Seguridad Productiva, que ayudó a Etiopía a convertirse en el único país con una crisis prolongada en alcanzar el Objetivo de Desarrollo del Milenio de reducción a la mitad del porcentaje de población que padecía hambre. Pero necesitan para prosperar estabilidad institucional y política, que no siempre existen.

Allí es quizás donde el nuevo marco resultaría más innovador, según Daniel Maxwell, de la estadounidense Universidad de Tufts.

En concordancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el mismo sugiere trascender la dependencia del Estado como vía aprobada para la intervención y apunta al consenso que existe con respecto a que el fortalecimiento de los medios de vida debe ser la prioridad, señaló.

Traducido por Álvaro Queiruga