Por Mira Kamdar/New York Times

Pantin, Francia— Mi madre vive cerca de Roseburg, Oregón. Su parte del mundo no aparece con frecuencia en las noticias en Francia. Pero, cuando me levanté por la mañana del viernes pasado, el tiroteo masivo en el campus del colegio comunitario de Umpqua en Roseburg había aparecido en noticiarios matutinos de Francia. Había video de un paisaje que conozco bien, de angustiados ciudadanos locales, y del Presidente Barack Obama pronunciando sus solemnes declaraciones.

Visto desde Francia, todo con respecto a Estados Unidos se ve grande. De cualquier forma, las cifras que los noticiarios enumeraron – más de 300 millones de armas en circulación, tiroteos masivos ocurriendo a un índice de casi uno por día, miles de víctimas de muertes relacionadas con armas – fueron de magnitud perturbadora.

Las armas están altamente reguladas en Francia. La cacería es un deporte popular, pero se requiere una licencia de cacería antes de que se pueda comprar un rifle. Se puede comprar armas para uso en salones o pistas de tiro, pero solo después de que se ha llenado una solicitud y ha sido aprobada por la policía. Todos los compradores de armas deben suministrar un certificado médico de salud mental y física para poseer un arma, y todas las armas de fuego deben ser registradas. Es ilegal poseer armas de grado militar. Aquí resulta inimaginable que el tirador de Oregón, Christopher Harper-Mercer, estuviera equipado con cinco revólveres, una pistola semiautomática y varios cargadores de munición… todos comprados legalmente.

Europa no es enteramente inmune a ese tipo de ataques horrendos. En 2011, Anders Behring Breivik hizo estallar una serie de bombas en el centro de Oslo, Noruega, antes de abrirse hasta un campamento en una isla de verano y dispararles a 69 personas, en su mayoría jóvenes, matándolas. En Francia, uno de los peores tiroteos masivos que no se relacionó con terrorismo ocurrió en 1995, cuando Éric Borel, de 16 años, mató a balazos a 12 personas, incluyendo tres miembros de su propia familia.

Además, matanzas de terroristas con agendas políticas también han destrozado comunidades en Francia. En 2012, Mohammed Merah baleó y mató a tres niños en una escuela judía en Toulouse y mató a otros cuatro hombres. En enero, Chérif y Said Kouachi asesinaron a 12 personas en el ataque en contra de la revista satírica Charlie Hebdo en París, en tanto Amedy Coulibaly, quien coordinó sus ataques con los hermanos Kouachi, mató de un tiro a un oficial de policía y después mató a cuatro personas en un supermercado kósher en París.

Terroristas en Europa típicamente obtienen sus armas ilegalmente, y el tráfico de armas, un serio problema, está empeorando. En 2012, Francia subió las multas y condenas en prisión por posesión y tráfico de armas ilegales, pero no está en claro si eso ha tenido mucho efecto. En fecha reciente, el ministerio del Interior galo, Bernard Cazeneuve, juró que presentaría un “agresivo” plan para combatir la posesión y tráfico de armas ilegales. Dijo que las autoridades habían decomisado casi 6,000 armas de grupos criminales cada año desde 2013, de las cuales 1,200 eran de gradación militar, números que palidecen en comparación con el número de armas similares en circulación en Estados Unidos.

Los límites a la posesión de armas en Francia significan que la gente puede seguir su vida cotidiana sin temor a morir a manos de tiradores en escuelas, tiendas o salas de cine. Los datos para 2012 compilados por GunPolicy.org arrojaron 140 homicidios con arma de fuego en Francia, comparado con 11,622 en Estados Unidos.

Hace unas semanas, mi madre asistió a un seminario sobre envejecimiento en Snyder Hall, el edificio donde Harper-Mercer abrió fuego hacia el colegio comunitario de Umpqua. Como todos los demás en Roseburg ella sigue en shock, pero también me dijo que era improbable que la pena de la comunidad cambiara las fuertes opinión de la gente sobre la tenencia de armas. En las consecuencias de los asesinatos, ella dijo: “Se habla mucho por aquí de que Obama va a usar esto para quitarnos nuestras armas”.

Mi madre es una niña de granja de Oregón. Aprendió a disparar como as con un rifle calibre .22 que tenía como protección cuando trabajaba como vigía de incendios forestales cuando era estudiante universitaria. Hace unos años ella compró un arma en caso de que su caballo se rompiera la pata en una senda y ella tuviera que sacrificarlo. Tener un arma de fuego simplemente parece sentido común para mucha gente en el Oeste rural de Estados Unidos.

Sin embargo, mi madre también tiene suficiente sentido común para favorecer un razonable control de armas, y está harta de la violencia. “Estoy seguro de que habrá otro tiroteo pronto”, dijo, desesperadamente. Y si el número es suficientemente alto, estoy segura de que aparecerá en las noticias de Francia.