Editor's Rating

10

Por Paul Krugman/ New York Times

Hillary Clinton y Bernie Sanders tuvieron una discusión sobre regulación financiera durante el debate de este martes… pero no fue sobre si se aplicaban duras medidas a los bancos. Más bien, fue sobre cuál plan era más duro. El contraste con republicanos como Jeb Bush y Marco Rubio, quienes han prometido revocar incluso las moderadas reformas financieras promulgadas en 2010, no podría ser más fuerte.

Si de algo sirve, Clinton tenía el mejor argumento. Sanders ha estado enfocado en restablecer la Glass-Steagall, la regla que separaba a bancos que reciben depósitos de tejes y manejes más riesgosos. Además, repeler la Glass-Steagall fue efectivamente un error. Sin embargo, eso no es lo que causó la crisis financiera, que surgió más bien de “bancos sombra” como Lehman Brothers, que no reciben depósitos pero, sin embargo, pueden sembrar destrucción cuando fracasan. Clinton ha trazado un plan para contener a bancos sombra; hasta ahora, Sanders no lo ha hecho.

Pero, ¿es creíble la promesa de Clinton de asumir una línea dura con respecto a la industria financiera? ¿O regresaría ella, una vez en la Casa Blanca, a las políticas desreguladoras, favorables para las finanzas, de los años 90?

Bien, si la actitud de Wall Street y su flexibilidad política constituyen indicación alguna, los mismos financieros creen que cualquier demócrata, Clinton muy incluida, iría en serio con respecto a vigilar los excesos de su industria. Y es por eso que ellos están haciendo todo lo que pueden por elegir a un republicano.

A fin de entender la política de la reforma fiscal y regulación, tenemos que empezar por reconocer que hubo un tiempo en el que Wall Street y los demócratas se llevaban muy bien. Robert Rubin de Goldman Sachs se convirtió en el funcionario económico de mayor influencia bajo Bill Clinton; los grandes bancos tenían abundante acceso político: y la industria, por mucho, obtuvo lo que quería, incluyendo una revocación de la Glass-Steagall.

Esta cómoda relación se reflejó en contribuciones de campaña, con la industria de valores dividiendo sus donaciones más o menos parejamente entre los partidos, y fondos de cobertura inclinándose efectivamente hacia el Partido Demócrata.

Sin embargo, después llegó la crisis financiera de 2008, y todo cambió.

Muchos liberales sienten que la administración Obama fue demasiado indulgente con la industria financiera en las consecuencias de la crisis. Después de todo, bancos descontrolados pusieron de rodillas a su economía, causando que millones de personas perdieran sus empleos, sus hogares, o ambos. Lo que es más, los mismos bancos fueron rescatados, a un coste potencialmente alto para el contribuyente fiscal (aunque, al final, los costes no fueron tan grandes). Sin embargo, nadie fue a la cárcel, y los grandes bancos no fueron desarticulados.

Sin embargo, los financieros no se sintieron agradecidos por librarse tan fácilmente. Por el contrario, estaban y siguen consumidos por la “ira Obama”.

En parte, esto refleja sentimientos heridos. Bajo cualquier estándar normal, el Presidente Barack Obama ha sido notablemente contenido en sus críticas hacia Wall Street. Sin embargo, con gran riqueza viene gran mezquindad: estos son hombres acostumbrados a la deferencia obsequiosa, y toman incluso comentarios suaves sobre mala conducta por algunos en su grupo como un insulto imperdonable.

Lo que es más, si bien la regulación financiera Dodd-Frank que se promulgó en 2010 fue mucho más débil de lo que habían querido muchos reformistas, difícilmente carecía de filo. La Oficina de Protección Financiera al Consumidor ha terminado siendo altamente eficaz, y el subsidio “demasiado grande para fracasar” al parecer ha desaparecido en su mayoría. Esto es, grandes instituciones financieras que probablemente serían rescatadas en una crisis en el futuro ya no parecen capaces de reunir fondos a costos más bajos que actores más pequeños, quizá porque instituciones “de importancia sistémica” ahora están sujetas a regulaciones adicionales, incluyendo el requisito de que reserven más capital.

Aun cuando esto es una buena noticia para el contribuyente fiscal y la economía, los financieros resienten amargamente cualquier atadura a su capacidad de apostar con el dinero ajeno, y están votando con sus chequeras. Los magnates financieros se alzan amenazadores entre el diminuto grupo de familias acaudaladas que está dominando las finanzas de campaña en este ciclo electoral… grupo que apoya abrumadoramente a los republicanos. Fondos de cobertura solían darles a los demócratas la mayoría de sus contribuciones, pero desde 2010 han cambiado casi totalmente al Partido Republicano.

Como dije, este dar asimétrico es una indicación de que gente enterada de Wall Street toma con seriedad promesas demócratas de una aplicación de severas medidas en contra de excesos de banqueros. Además, significa también que un demócrata victorioso no adeudaría gran cosa a la industria financiera.

Si efectivamente gana un demócrata, ¿es de gran importancia cuál sea? Probablemente no. Cualquier demócrata tiene probabilidades de conservar las reformas financieras de 2010, así como buscar recrudecerlas donde sea posible. Sin embargo, las reformas nuevas y de gran calado serán bloqueadas hasta y a menos que los demócratas recuperen el control de ambas cámaras del Congreso estadounidense, lo cual no es probable que ocurra en un bien tiempo.

En otras palabras, si bien existen algunas diferencias en la política financiera entre Clinton y Sanders, como cuestión práctica son triviales en comparación con la ancha brecha que hay entre republicanos