Por Mujib Mashal/ New York Times

Sorkhroad, Afganistán— Cuando menos tres veces por semana, Malaika asciende la montaña, pasa más allá del moral y pinos, hasta un claro donde ella puede tener recepción para su teléfono celular. Llama a su familia para tranquilizarla en el sentido que los combatientes de Estado Islámico aún no han ido por ella.

Más abajo, su aldea –Bagh, en el valle de Maamand en el oriente de Afganistán– ha sido destrozada por milicianos de Estado Islámico que la demolieron hace tres meses. La mayoría de las casas fueron saqueadas, quemadas o meramente ocupadas por los combatientes, al tiempo que las aproximadamente 80 familias que vivían ahí han sido obligadas a buscar refugio cerca de la ciudad de Jalalabad.

Malaika, vigorosa mujer de poco más de 55 años, es una de tres mujeres que decidió quedarse para intentar cuidar de sus hogares.

“La pobre mujer está cuidando las ventanas y los tablones de las dos habitaciones que quedan”, dijo su marido, Mulá Jan, el mes pasado. Jan fue detenido por los milicianos durante dos meses, hasta que pagó un rescate por 500 dólares. “Teníamos 10 cabras y una vaca. Se llevaron todo”.

Cuando empezaron a surgir informes el año pasado en el sentido que algunos milicianos afganos habían cambiado su lealtad a Estado Islámico, la respuesta del gobierno y la repuesta internacional siguieron siendo mesuradas. Algunos expertos notaron que en Afganistán, Estado Islámico representaba más una escisión del talibán que una gran expansión del grupo central desde Siria e Irak.

Pero, incluso a medida que el talibán ha obtenido importantes victorias en contra del gobierno este año, incluida la captura de Kunduz, no están ejerciendo control monolítico. Estado Islámico ha logrado grandes progresos en batallas por el dominio en contra de comandantes talibán, particularmente en lugares en la provincia de Nanarghar como el valle de Maamand. En su mayoría el resultado, en vez de debilitar a la insurgencia en general, ha sido mayormente el de infligir más caos y miseria a civiles afganos.

La gente en el oriente de Afganistán no estaba segura de qué interpretar de eso al principio. Para ellos, los milicianos desgreñados eran en su mayoría el viejo talibán de siempre bajo una nueva bandera negra.

Sin embargo, rápidamente saltó a la vista una gran diferencia: Los combatientes repentinamente estaban nadando en dinero en efectivo. Circularon rumores de que estaban pagando un bono por firmar de 400 a 500 dólares, lo cual es una persuasiva oferta en un país donde la falta de perspectivas de empleo ha contribuido a alimentar una nueva ola de emigración juvenil.

En una serie de ataques rápidos, combatientes de Estado Islámico empezaron a expulsar a unidades locales del talibán, en tanto oficiales dicen que el grupo escindido ahora tiene un claro asidero a lo largo de varios distritos en la provincia oriental de Nangarhar, en terreno montañoso en la frontera con Pakistán que, en su mayor parte, había estado fuera del control del gobierno durante largo tiempo.

Los combatientes pudieran ser mayormente ex talibán, pero al parecer han tomado entusiastamente la calculada crueldad por la que Estado Islámico se ha vuelto conocido, consolidando su control con una brutalidad que ha sido perturbadora incluso bajo los estándares de la insurgencia afgana.

Algunos residentes dicen que tan pronto como los yihadistas tomaban una aldea, de inmediato empezaban a detener a cualquiera que estuviera asociado incluso vagamente ya sea con el gobierno o el talibán, incluidos ancianos tribales. Muchos fueron ejecutados sumariamente, incluido todo un grupo que fue masacrado en una detonación de bomba capturada en video.

El subdirector de la provincia por el ministerio de Refugiados y Repatriación, Ewaz Khan Basharat, dijo que los primeros datos mostraban que más de 17,000 familias en Nangarhar habían sido desplazadas por la violencia del nuevo grupo. Otros oficiales y ancianos tribales estiman que el número es mucho mayor.

Se ha informado de algunas de las peores atrocidades en el distrito de Achín, donde se localizan tanto el valle Maamand como la aldea de Malaika, Bagh.

Los atacantes exigieron a los pobladores del distrito que presentaran una lista de viudas y jóvenes solteras. En algunas partes, declararon que los matrimonios que habían ocurrido bajo el reconocimiento del gobierno repentinamente ya no valían, según Zaiulá Amaray, integrante del concejo de la provincia de Nangarhar. Al principio, a las mujeres se les permitía salir de la casa con burqas, pero después les ordenaron que ya no salieran ni en lo más mínimo.

“Ellos dijeron: ‘Si alguien tiene mujeres jóvenes o viudas, nosotros queremos casarlas’”, recordó Aslam Jan, de 60 años de edad, quien terminó huyendo de Achín este verano tras décadas de haber soportado cada intrusión que había llegado. “Los rusos invadieron, y yo no salí de mi casa. Los estadounidenses invadieron, y yo no me fui”, dijo. “Habíamos soportado de todo. Pero no podíamos renunciar a nuestros hijos”.

Temprano en una noche en Bagh, combatientes de Estado Islámico hicieron marchar a docenas de ancianos hasta la cima de una montaña, donde la mayoría de ellos siguió cautivo durante dos meses bajo cargos de ayudarle al talibán e intentar recuperarse con una lucha en contra de Estado Islámico.

Aproximadamente dos semanas después, diez de los prisioneros –incluido el cuñado de Malaika, Mohamed Younus– fueron llevados a una frondosa colina. Llegaron más combatientes a caballo y empezaron a cavar una gran trinchera que había sido forrada de explosivos. Los prisioneros, con las manos atadas y los ojos cubiertos, fueron conducidos adentro.

Sus últimos momentos, y las consecuencias de la explosión que los mató, fueron capturados por las videocámaras de los milicianos desde al menos tres ángulos. Se puede ver a dos combatientes encendiendo un largo detonador en cada uno de sus extremos antes de salir corriendo fuera de cuadro. Una enorme explosión envía carne y tierra volando contra las lentes de las cámaras.

La brutalidad de Estado Islámico en Achín fue tan extrema que algunos comandantes locales del talibán se entregaron al gobierno, y algunos mudaron a sus familias a campos para desplazados en áreas controladas por el gobierno.

Antes de que terminaran atascados en una lucha por territorio con el talibán, los milicianos de Estado Islámico habían presionado a través de cuatro distritos en muy poco tiempo para alcanzar las puertas de Hisarak, distrito estratégico que comparte una frontera con la provincia de Kabul. Hasta 27 grupos pequeños de talibán locales les habían jurado lealtad, incrementando el número de combatientes de Estado Islámico a casi 1,100, con base en estimados oficiales.

Sin embargo, el talibán se dio cuenta al poco tiempo de la magnitud de la amenaza y empezó a reunir más de mil combatientes de provincias contiguas, además de sus 4,200 combatientes en Nangarhar, con base en estimados. Un portavoz del talibán reconoció que fue desafiado en algunos distritos de la provincia.

Los militares estadounidenses también empezaron a emprender acciones. Actuando con base en inteligencia suministrada por la dependencia de espionaje de Afganistán, la Dirección Nacional de Seguridad, drones estadounidenses apuntaron a áreas en manos de Estado Islámico en casi 21 operaciones desde julio, matando aproximadamente a 300 combatientes, incluidos varios de sus altos comandantes, según oficiales afganos.

La rama regional del grupo, llamada Estado Islámico en el Jorasán, antiguo nombre de la región que incluye Afganistán y Pakistán, aún no parece tener gran coordinación con la dirigencia del grupo principal en Irak y Siria, dicen oficiales.

Muchos de los líderes del movimiento regional tienen un historial de lealtades cambiantes en una larga insurgencia, siendo su movimiento a la bandera de Estado Islámico tan solo otro cambio de banderas, aunque uno que ha traído consigo un manual de tácticas terroristas y bandolerismo de tierra quemada.

Muchos de los líderes de Estado Islámico en el Jorasán, incluido el comandante supremo del grupo, Hafiz Said Khan, son ex integrantes del talibán paquistaní de las áreas tribales de ese país. Said, a la par de sus combatientes, se mudó al otro lado de la frontera en Afganistán luego que fuerzas paquistaníes libraran una ofensiva en las áreas tribales este año.