Por Luis David Niño Segura    /    Tw:@ld_nio

No encuentro mejor placer que sentir el humo del cigarro destrozar mis pulmones. Tomar una cerilla y encenderla para poder quemar el tabaco de mi Marlboro rojo me produce el mismo placer que acariciar las piernas de una mujer. El cigarro es un instrumento fálico y de alguna manera gay. Pero para mí representa la forma más sutil de ver cómo la vida se consume en cinco minutos. Supongo, desde luego, que no faltará algún catador de tabaco que pueda clasificar con exactitud y profesionalismo cuál es el mejor cigarro y la mejor marca que se pueda consumir, eso en mi caso me importa un carajo.

Cada día, como suele ser la costumbre, me dedico a fumar un cigarro. Como maníaco compulsivo, me he dado a la tarea de fumar solo un cigarro diario a las seis de la tarde en punto. Sin importar el lugar, el clima o las reglas de urbanidad, me detengo, sacó mi Marlboro rojo y lo enciendo. En ese preciso momento es cuando la vida gira en torno al humo que matara a todo aquel valiente que se quiera acercar a mí. Desde luego los pensamientos que inhalar el pitillo provoca en mi cabeza van desde imaginar cual será la próxima historia, crónica o cuento que escribiré o cuál será la forma en la que me seguiré escondiendo de los bancos que han estado buscando, infructuosamente hasta hoy, la forma de quitarme los pocos bienes que un ex salario del gobierno federal me permitió pagar.

Bueno ahora estoy sentado en la barra de la cantina El Rodeo. Tengo una pequeña libreta de pastas rojas abierta y una pluma Bic azul entre los dedos de mi mano derecha mientras que el cigarro se consume por sí solo en un cenicero. A escasos cuatro metros de mí, un grupo de jóvenes toman cerveza y fuman, al igual que yo, perdidos en sí mismos o ensimismados en su enajenación. Noto esto porque no dejo de mirar las piernas de una jovencita que usa una falda negra. Bueno, no la veo directamente, sino que veo el reflejo en el espejo que se encuentra justo detrás del cantinero. El Dobby para los cuates, para mí el cantinero.

Desde donde estoy logro distinguir las cajetillas de cigarros que los jóvenes consumen. Dos para ser precisos. Una de Pall Mall sabor cereza y una de Benson mentolados caja dorada. ¡Carajo! A dónde vamos a parar con esta triste y absurda actitud dijo el Buki. ¡No puedo creer que una mujer esté dispuesta a acostarse con un hombre que fuma en público cigarros Pall Mall sabor cereza! Me pongo a imaginar que serán frugívoros, asisten a clases de yoga y adoran el Feng Shui.

Odio este nuevo milenio. Este nuevo siglo. Fadanelli comentó, en su columna del Universal hace cuatro días, que este siglo le era ajeno y que se considera(ba) un enfermo del siglo veinte. (Ver texto aquí) Prácticamente todos somos unos malditos residuos del siglo XX. No dejo de imaginar qué sería de Agustín Lara si despertara de su tumba y viera que las corridas de toros están prohibidas en varias ciudades de la República. Sé y soy consciente de la defensa de los derechos de los animales y la protección al medio ambiente, pero no comprendo por qué a aquellos a quienes nos gusta ver el box, la fiesta brava, fumar un cigarro, comer carne roja, tomar cerveza sola y coger sin condón, nos tratan como unos retrogradas salidos de la época de las cavernas. Si por algún motivo pronuncio que me gustan las armas y que el sonido que produce el cacaraqueo de un Kaláshnikova me produce una sensación orgásmica solo comparable con el sentimiento que me embarga cuando veo a una bailarina de flamenco bailando justo frente a mí, inmediatamente seré tildado de misógino. Como buen enfermo del siglo veinte, me declaro iconoclasta al estilo Feyerabend e inconforme con tanta quietud y tanta pasividad, la pasividad es para las personas sin agallas. Me he ganado el adjetivo de misógino en algunas ocasiones, algunas mujeres me han llamado machista analfabeto y otros tantos adjetivos dignos de un diccionario del feminismo occidental. En lo personal, no soy nada de eso, respeto a las mujeres, a los homosexuales y a los chihuahuas como respeto a las flores y a los indígenas. Pero creo que mi pecado es decir que la falta de testosterona en el planeta se está perdiendo en una SPA lleno de velas aromáticas, en acondicionador para el cabello, en Hipsters y en abraza árboles.

Platicando con una amiga me pregunto dónde quedaron los hombres de verdad, refiriéndose a que ahora un estudiante de ingeniería no sabe cómo pasarle corriente a un auto. No supe qué contestarle. Crecí bajo el brazo de mi madre, me enseñó a cocinar, a barrer y a trapear y cuando terminaba los quehaceres de la casa, mi padre me pedía ayudarle con el carro, a repararlo. Mi hermano mayor me enseñó a cambiarle el aceite a infinidad de autos de diferentes marcas y modelos. Adulto ya, comencé a fumar, a tomar y a coger. Desde luego Marlboro rojos, Raleigh, Carta Blanca y sin condón.

Sin embargo, miró a los jóvenes que se encuentran a escasos metros de mí lugar y vuelvo a pensar que no hay nada más penoso que ver cómo una mujer tiene la más firme intención de acostarse con un tipo que tiene el cabello al estilo Justin Bieber, usa lentes de Hipster, sus piernas se cubren por un pantalón ajustado Skinny color amarillo mostaza y unos tenis que se parecen demasiado a los que usaba Marty McFly y, para colmo, en su playera tiene una imagen dibujando una mancha de sangre diciendo que está en contra de que se declaren Las corridas de toros como patrimonio cultural del Estado de Querétaro, seguramente admira a Café Tacvba. ¿Cómo es posible? ¡Clones de Cherry Vanilla! Sí, soy un enfermo del siglo veinte, soy una basura que ha sido escupida del fondo de las crisis económicas, sociales y medioambientales del siglo veinte… una bastardo de la manifestación de Seattle.

Sé que seguiré siendo considerado como retrógrada, un ser que no encaja en este mundo. Pero mientras siga sintiendo que la testosterona a mí alrededor se sigue hundiendo, seguiré bebiendo mi cerveza y viendo el béisbol, claro está, después de asear la casa y preparar la comida o la cena, disminuyendo, desde luego, la carne roja cancerígena según la OMS.

Oh baby baby is a pussy world… o en palabras de Raymond Carver, I am a cigarette with a body attached to it.