Por Luis David Niño Segura    /    Tw: @ld_nio

El problema…

Supongo que en algún lugar debe existir una mujer como Micaela y sus psicotrópicos orines. Me refiero desde luego a la Micaela de Daniel Saldaña en su novela En medio de extrañas víctimas. Pensé en eso cuando Mariana me dijo que una de sus fantasías sexuales era humedecer mi pecho con su pipí y beber ambos de su aromático elixir amarillo. La micción en su cuerpo, según me dijo, era tan placentera que incluso el simple hecho de pensarlo le causaba una lubricación cercana al orgasmo. Tuve que pensar mi respuesta y desviar el tema. Jamás me habían propuesto la famosa lluvia dorada. En este caso particular, no sentí asco, porque Mariana era mi pareja y la conocía, no solo su cuerpo sino también sus hábitos. Sus heces, por ejemplo, eran pequeñas bolitas pintadas de un café castaño que invitaban al deguste de chocolates Ferrero Rocher. Reitero, no sentí asco, pero no es común que te propongan orinarte mientras estás teniendo relaciones sexuales. Es diferente que una mujer se orine involuntariamente en las sábanas debido a un orgasmo, a que ella te orine por su propia iniciativa y, que además, lo disfrute. ¿Me gustaría a mí? Disfrutaba que ella tuviera la confianza de entrar a defecar en las mañanas justo en el momento que yo me duchaba, pero no tenía la certeza de si disfrutaría esa agüita amarilla resbalar por mi esófago. Le dije que lo pensaría y que tendría una respuesta pronto. A tu pareja no le puedes negar casi nada, menos en tratándose de sexo. Cualquier obstáculo en la intimidad es la puerta principal al engaño, a la infidelidad.

Mi relación con Mariana tenía cuatro meses cumplidos y jamás sospeché que tuviera una inclinación urofílica. No niego que es excitante pensar en una penetración bañada de orines, pero es diferente pensar en beberlos. Dentro de mi imaginario supuse que los meados de Mariana serían iguales a los de Micaela y me transportarían a paraísos artificiales de los cuales extraería pensamientos e ideas nuevas para escribir. Mariana se podría convertir en mi nueva musa inspiradora que todo lo podría. Decidí aceptar la propuesta. Accedí a practicar la urofilia sin ningún obstáculo moral. De hecho, una vez que acepté llevar acabo tan secreta parafilia de mi pareja, la excitación incrementó más allá de lo normal. No pusimos fecha ni hora, el momento se tenía que dar absolutamente por su cuenta. Además, el jugo verde que se tomaba todas las mañanas tendría algo de endulzante en tan ácidos flujos corporales. ¿Sabrán los orines de Mariana a apio o a nopal? Me pregunté eso cuando la miré al día siguiente de su propuesta moliendo el apio y el nopal con el jugo de toronja. Tal vez sus orines sabrán a miel, pensé. En dos ocasiones vi que endulzaba su saludable jugo con miel natural de abeja que compraba en un apiario cerca de Nuevo Casas Grandes Chihuahua. ¿A qué sabrán los meados de Mariana? Me preguntaba constantemente. Sabía a qué sabía sus fluidos vaginales e incluso sus heces, sabor, que por error probé cuando lamí su ano por primera vez. Los resquicios de deposición que se quedaron en su ano en una mala maniobra al limpiarse se introdujeron por mi garganta ocasionando una semana con la garganta destrozada y siete inyecciones de lincomicina. Jamás le comenté del incidente, no quise herir sus sentimientos. Como decía, sé a qué sabían algunos de sus flujos corporales, pero la orina representaba un reto. Derribar obstáculos mentales. Desde ese día cada ocasión que veía a Mariana con su metro cincuenta y su cabello negro y largo, pensaba en sus retorcidas e inocentes fantasías. Yo, caso contrario, no tenía ninguna fantasía sexual, era, digamos, chapado a la antigua. Vagina. Pene. Dedos. Lengua. Orgasmo.

… más el momentum de un corpus….

Mi tan esperada lluvia dorada llegó un veinte de noviembre. Después de una cena Mariana y yo caminamos por el centro de Morelia. Yo había solicitado vacaciones y ella escogió el lugar. Decidió ir a conocer la tierra purépecha. Su inclinación por las culturas originarias del país le permitía aprender nuevas técnicas de escultura. Paréntesis. Olvide decirles que Mariana era pintora y escultora. Se cierra paréntesis. Nos refugiamos en un cuarto del Hotel Madero. Al entrar ella se dirigió al baño y yo destapé una Tecate. Encendí el televisor y me quité la playera. Cuando Mariana salió del baño se paró justo delante de mí completamente desnuda. Sobra decir lo que hicimos y no los quiero marear con detalles que no tienen importancia en este momento. Al grano. Cuando menos lo esperé estaba acostado en la cama con el sexo de Mariana en mi boca. Ella encima de mí. El cunnilingus nunca ha sido mi fuerte, aunque me encantaba recorrer cada rincón de su vagina con mi lengua. Los movimientos involuntarios de su cuerpo me indicaron que el orgasmo estaba cerca. Lo supuse, ese era el momento en que entraría a la historia de la urofagia. Traté de prepararme pero Mariana se encargó de todo. Tomó mi quijada con su mano izquierda y abrió mi boca y comenzó a vaciar su olorosa orina en mi boca a chorros cortos para asegurarse que los tragara por completo. Yo podía sentir como el líquido tibio entraba en mi garganta. Mis preguntas se aclararon. La orina de Mariana no sabía ni a miel ni a nopal ni a apio, sabía a cloro con limón. Sus dotes mágicas hicieron de su fantasía sexual un especie de aquelarre. Pasó de los chorros cortos a gotas edulcorantes. Podía ver cómo las gotas caían una por una con el espacio necesario para poder disfrutar de cada una de ellas. Las conté. En total 25 gotas de un líquido anti hepatitis.

Desde ese entonces soy un activo practicante del undinismo y la urofagia. Han desaparecido mis jaquecas, mi insomnio y ya no tengo acné. Todo eso se lo debo a Mariana y a su agridulce fantasía sexual. Solo tengo una regla en tratándose de mi fetiche, una regla que se ha convertido en ritual. La orina debe proporcionarse a gotas, a cuenta gotas. Mi dosis. Un total de veinte mil gotas mensuales, cinco mil semanales, seiscientos sesentaises punto sesentaiseis gotas diarias: o dicho en otras palabras, un simple litro cada treinta días.

… igual a vicio…

Los orines de Mariana no me trasladaron a paraísos terrenales. Pero me crearon un nuevo vicio. Ahora, cada vez que tengo relaciones sexuales no puedo evitar pedir que me orinen, aunque antes tengo que explicarles mi parafilia. He perdido a varias parejas por ese motivo, situación que me hizo reprimir mi sediento apetito. Aunque sospecho que mi fetiche, tarde o temprano, me pondrá frente a un psiquiatra a quien le estaré relatando mis obsesivas necesidades fisiológicas. No me importa, seguiré tomándome mi jugo verde y guardando mi orina en el congelador, quizá, algún día, venderán té de orina en los restaurantes…. ¿Por qué no empezar el negocio yo?