Por Paul Krugman /NYT

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No es tan difícil entender por qué todos los que buscan la nominación presidencial del Partido Republicano están proponiendo enormes recortes fiscales para los ricos. Tan solo sigan el dinero: Los candidatos en las elecciones primarias del Partido Republicano (GOP) captan la gran mayoría de su respaldo financiero de unas pocas docenas de familias extremadamente acaudaladas. Lo que es más, décadas de adoctrinamiento han hecho esencialmente una fe religiosa de las virtudes de recortes fiscales a los que más ganan –fe impermeable a la evidencia–, parte central de la identidad republicana.

Sin embargo, lo que vimos en el debate presidencial de este martes fue algo relativamente nuevo en el frente estratégico: una demanda republicana cada vez más unificada de políticas de dinero duro, incluso en una economía deprimida. Ted Cruz exige un regreso al patrón oro. Jeb Bush dice que no está seguro de eso, pero que está abierto a la idea. Marco Rubio quiere que la Reserva Federal se centre exclusivamente en la estabilidad de precios, y deje de preocuparse por el desempleo. Donald Trump y Ben Carson ven una conspiración a favor de Obama detrás de la política de bajas tasas de interés de la Reserva Federal.

Además, no olvidemos que Paul Ryan, el nuevo presidente de la cámara baja, ha pasado años amonestando a la Fed por políticas que, insistió, “degradarían” al dólar y conducirían a altos niveles de inflación. Ah, y él ha coqueteado también con teorías de conspiración al estilo Carson/Trump, sugiriendo que los esfuerzos de la Fed desde la crisis financiera no eran sobre intentar darle impulso a la economía sino, más bien, iban enfocados a “rescatar a la política fiscal”; esto es, permitirle al Presidente Barack Obama que se saliera con la suya con respecto al gasto del déficit.

Como dije, esta ortodoxia del dinero duro es relativamente nueva. Los republicanos solían fundamentar sus recomendaciones monetarias en las ideas de Milton Friedman, quien se oponía a política keynesianas para combatir depresiones, pero solo porque él creía que el dinero fácil podría hacer el trabajo mejor, y quien hizo un llamado a Japón para que adoptara la misma estrategia de “relajamiento cuantitativo” que los republicanos actuales denuncian.

Los economistas de George W. Bush elogiaron la “agresiva política monetaria que, declararon, había ayudado a la economía a recuperarse de la recesión de 2001. Además, Bush nombró a Ben Bernanke, quien solía considerarse republicano, para encabezar la Fed.

Sin embargo, ahora es dinero duro hasta el fondo. Los republicanos le han dado la espalda a Friedman, lo sepan o no, y extraen su doctrina monetaria de economistas “austriacos” como Friedrich Hayek –cuyas ideas Friedman describió como una “atrofiada y rígida caricatura”– cuando no están recurriendo directamente a Ayn Rand.

Este giro no fue impulsado por la experiencia. La nueva ortodoxia monetaria de los republicanos ya ha reprobado la prueba de realidad estrepitosamente: ese dólar “degradado” ha subido 30 por ciento contra otras divisas desde 2011, al tiempo que la inflación ha permanecido en bajos niveles. De hecho, el fracaso de pronósticos monetarios de los conservadores ha sido tan despreciable que informes de prensa, siempre buscando “equilibrio”, tienden a blanquear el registro pretendiendo que detractores de la Fed republicana no dijeron lo que dijeron. Sin embargo, años de fracaso predictivo no han impedido que la ortodoxia refuerce su control sobre el partido. ¿Qué está ocurriendo?

Mi respuesta principal sería que el compromiso Friedman –denigrar el activismo gubernamental en general, pero afirmar que la política monetaria es diferente– ha terminado siendo políticamente insostenible. No se puede, a largo plazo, seguirle diciendo a la propia base que burocráticos del gobierno son invariablemente incompetentes, malvados o ambas, y después decir que la Reserva Federal –la cual es, a final de cuentas, esencialmente una dependencia gubernamental dirigida por burócratas– debería ser dejada libre para que imprima dinero como juzgue apropiado.

Los políticos que aglutinan todo, quienes advierten sombríamente que la Fed está inflando su riqueza ganada a pulso y permitiendo regalos a Esas Personas, siempre tendrán la ventaja en luchas interpartidistas.

Se pudiera creer que la abrumadora evidencia empírica en contra de la perspectiva del dinero duro contaría de algo. Sin embargo, solo se creería eso si usted no estuviera prestando atención alguna a cualquier otro debate de política.

Prominentes figuras insisten en que el cambio climático es un descomunal engaño, perpetrado por una vasta conspiración científica en el ámbito internacional. ¿Cree usted realmente que su partido se persuadirá de cambiar sus opiniones económicas por inconvenientes datos macroeconómicos?

La cuestión interesante es qué le pasará a la política monetaria si gana un republicano la elección del año próximo. Hasta donde sé, la mayoría de los economistas cree que todo son palabras, que una vez en la Casa Blanca alguien como Rubio o incluso Cruz regresaría al pragmatismo monetario al estilo Bush. Todo parece indicar que los mercados financieros creen lo mismo. En cualquier caso, no hay señales en precios actuales de activos de que los inversionistas vean una oportunidad considerable de la catástrofe que seguiría a un regreso al oro.

Sin embargo, yo no estaría tan seguro. Es cierto, un nuevo presidente que viera la evidencia y escuchara a los expertos no seguiría esa senda. Con todo, la evidencia y experiencia tienen un sesgo liberal bien conocido.