Por Moisés Naim

(Carnegie Endowment for International Peace)

Las guerras solían ser entre tribus. O entre ciudades-estado. O de un imperio contra otro. O entre países. Pero ahora, ¿quién libra las guerras?

El Estado Islámico ha declarado la guerra a países, religiones y sectas. También a grupos como Al Qaeda, Hamás, Hizbulá y a los talibanes. Pero, ¿qué es el Estado Islámico? Pese a sus esfuerzos por presentarse como un Estado y cumplir algunas de las funciones que normalmente llevan a cabo los Gobiernos, ISIS -o Daesh- no es un Estado, sino una organización terrorista islamista no gubernamental, militarizada y difícil de categorizar que, básicamente, no tiene Estado.

Ahí radica el problema. En respuesta a la masacre de París, el presidente francés François Hollande afirmó que se trataba de un “acto de guerra… cometido por un Ejército terrorista”.

Los actos de guerra solían ser monopolio de los Estados nación. Obviamente, ya no es este el caso. Los terroristas solían llamarse “bandas” o “grupos”. Ya no. El presidente estadounidense Barack Obama declaró que el terrorismo en París “no sólo era un ataque al pueblo francés, sino un ataque a toda la humanidad y a todos los valores universales que compartimos”. Desde esta perspectiva, en París, lo que se atacó no fue un Estado nación y a sus ciudadanos, sino un conjunto de creencias y principios. Es evidente que necesitamos un nuevo lenguaje para entender lo que está ocurriendo.

Los actos de guerra solían ser monopolio de los Estados nación. Obviamente, ya no es este el caso.

Más de una década después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, las ideas que predominan sobre la naturaleza de la amenaza, sus causas y las mejores formas de combatir esta amenaza son confusas y dan lugar a debates acalorados e inconclusos.

Pero hay más. Este nuevo siglo no sólo nos ha traído nuevas formas de conflicto armado y combatientes, sino que también ha transformado las armas, que son responsables de un mayor número de víctimas y de un daño mayor. Los explosivos caseros, drones y vehículos aéreos no tripulados, las guerras cibernéticas y los bombardeos suicidas son las armas más dañinas, más mortíferas y más usadas en los conflictos actuales.

Por supuesto, los ataques suicidas no son nuevos. En la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, 3860 pilotos militares japoneses -los famosos Kamikaze-, se suicidaron intentado chocar su avión contra un barco enemigo (sólo un 19% lo logró). En cambio, entre 1982 y junio de este año ha habido 4620 ataques suicidas que se han llevado 45 000 vidas. A esta triste cifra habría que añadir ahora las víctimas de la reciente masacre en París, entre otras.

Un tipo de armas que cada vez se utilizan más y que provocan un impacto enorme son los artefactos explosivos improvisados -bombas caseras- que normalmente colocan en una ubicación de elevado tráfico y explotan de forma remota con un teléfono móvil o incluso un mando de garaje. Básicamente, se trata de minas terrestres artesanales. Las minas son armas de guerra que desde hace mucho tiempo forman parte de los arsenales militares. No obstante, mientras que en la Segunda Guerra Mundial provocaron el 5% de las bajas estadounidenses, en las guerras de Irak y Afganistán fueron responsables de la inmensa mayoría de víctimas. Últimamente, estos artefactos explosivos improvisados no sólo se entierran en una carretera y se espera a que pase un coche o un pelotón de soldados para explotar mediante señales de control remoto. Atadas al cuerpo de un suicida, estas bombas caseras se convierten en un arma eficaz y devastadora, como pudimos comprobar en los atentados de París.

Otras armas nuevas que también están cambiando la naturaleza de la guerra en el siglo XXI son los drones, dispositivos aéreos no tripulados guiados por control remoto. La mayoría de los líderes de Al Qaeda, talibanes y del Estado Islámico han sido abatidos por misiles lanzados por drones. Aunque los usuarios de estos drones suelen ser fuerzas armadas con tecnologías muy avanzadas -sobre todo Estados Unidos-, no falta mucho para que los grupos terroristas empiecen a emplear drones armados. Tristemente, la combinación de artefactos explosivos improvisados y drones ofrece una nueva y poderosa arma para los terroristas.

Los explosivos caseros, drones y vehículos aéreos no tripulados, las guerras cibernéticas y los bombardeos suicidas son las armas más dañinas, más mortíferas y más usadas en los conflictos actuales.

Por último, la guerra cibernética. En la actualidad, casi todas las fuerzas armadas del mundo cuentan con individuos y equipos dedicados exclusivamente a defender a su nación contra los ciberataques y a espiar y atacar cibernéticamente a otras naciones. Los grupos terroristas también han aprendido a utilizar internet para coordinar, financiar sus operaciones, reclutar a miembros a nivel mundial y lanzar campañas de propaganda efectiva.

¿Qué tienen estas cuatro armas en común? Que ya no están monopolizadas por los Ejércitos y sus Gobiernos. En el pasado, las armas más importantes y letales estaban controladas por fuerzas armadas profesionales y los Gobiernos de sus países. Pero ya no. Cualquiera puede comprar un dron online y obtener instrucciones por internet para fabricar explosivos caseros. Si tú puedes hacer esto, también pueden los terroristas. Además, algunos grupos terroristas pueden llegar a personas dispuestas a suicidarse, una opción de la que no disponen los Ejércitos de las democracias contemporáneas.

Las guerras ya no son simplemente un asunto gubernamental. Se puede comparar con lo que está ocurriendo en muchos otros ámbitos de la actividad humana, desde pedir un taxi hasta reservar una habitación para pasar la noche: la guerra está siendo trastocada por grupos e individuos que combinan tecnologías, nuevas estrategias y nuevas formas de organización para alterar drásticamente su naturaleza.

¿Significa esto que los terroristas tienen ventajas que garantizan su victoria a largo plazo? Por supuesto que no. Pero para detenerlos y asegurarse de que no se repitan sucesos como el de París se requieren cambios radicales en el sentido en que las democracias entienden la guerra, los combatientes, las armas, la inteligencia y el espionaje. Se necesita sabotear a los saboteadores.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de ‘The Huffington Post’ y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano