Por Luis David Niño Segura / Tw: @ld_nio

La maldita necesidad te orilla a cometer estupideces. La falta de dinero y el incansable regurgitar de las tripas te vuelven loco. Yo qué voy a saber de dinero si en mi pinche vida no he podido ahorrar más de cien pesos. Apenas siento moneditas en mis manos y pienso en comprar un churrito de mota o unas cheves pal desempache. Bien me lo decía mi madre, ustedes apenas ven dinero y piensan en esnifárselo a la primera de cambio. Y es que a mí el dinero me causa una alergia en la nariz que solo se baja con poquita caspa del diablo. Supongo que no es mi culpa. Cuando estaba estudiando la secundaria mi maestra de historia, a quien nunca le ponía atención debido a su escote que dejaba ver la línea donde se juntaban sus dos senos, nos dijo tajantemente que los fundadores de La Laguna jamás creyeron en el fatalismo, entendiéndose por el mismo, que el destino lo forjamos día a día y no está escrito. Mierda, esa idea se me clavó en la cabeza como alfiler en la uña. Y aun ahora, veinte kilos menos y quince años después, la recuerdo. Culpo a esa maestra gorda de senos enormes por arruinarme la vida. Esa frase me obligó a trabajar de diferentes oficios para ganarme la papa, ganarme el pan nuestro de cada día, con su moho y sus cucarachitas incluidas.

La Daniela me invitó a formar parte de un negocio que está en auge y del cual uno se convierte en su propio jefe. La comunidad Herbalife abría sus puertas al proletariado para que pase de una economía de consumo a una economía de producción. Ni Piketty se la veía venir. Los productos Herbalife eran una novedad en el barrio. Todas las doñas cincuentonas y mal cogidas que se la pasaban bailando zumba en la plaza de la colonia eran las clientas más asiduas a los productos Herbalife. El local era la cochera de doña Chichis, la representante de colonia afiliada al PRI. Con los bultitos de cemento que le regalaba el Comité Municipal se las ingenió para construirse una casa de tres pisos con treinta metros de frente y veinte de largo. En la cochera, presumía, improvisó su local Herbalife, mismo donde hacía las pláticas de inducción para los neófitos como la Dani y yo.

La reunión la programaron a las diez de la mañana. Unas frente a otras, dos filas de sillas de Pepsi. A la izquierda los nuevos y a la derecha las afiliadas. Las paredes están tapizadas con pósters de frasquitos blancos que explicaban detalladamente los avances de la tecnología Herbalife. Mark Hughes estaría al borde de la lágrima viendo cómo su familia hereda millones acosta de gordas cincuentonas que no han cogido en la última década. Las señoras nos recibieron con aplausos y una canción himno oficial de la empresa, se presentaron una por una. No faltaban sus chilpayates corriendo alrededor de la cochera de Doña Chichis con bolsitas de chetos en mano. La única barrera protectora del Chichis bisnes era una cortina traslúcida color verde y blanco.

Daniela y yo nos apuntamos en una lista. Ese día solo acudiríamos nosotros dos, según la señora Melindres, a última hora cancelaron cinco hermanos quienes tuvieron un percance en la carretera. Que Dios los cuide, dijo Amalia o Amelia, no recuerdo bien cómo dijo que se llamaba. Doña Chichis se encargó de consentirnos con botanas, entre ellas unos ricos licuados que tenían el mismo color que el Riopan. Un litro de licuado reductivo que, según las presentes, a excepción de Dani, les había ayudado a perder tres tallas en un mes. Yo supuse que perdieron las tallas entra las sudorosas comisuras que formaban sus longas al estar sentadas. De sus leggins leopardos se alcanzaban a percibir unos muslos que deberían tener unos treinta centímetros de diámetro.

Tocó el turno de presentarnos. Mi nombre es Daniela y estoy aquí para formar parte de la comunidad Herbalife. Buenos días, mi nombre es Luis y también me presentó ante ustedes para formar parte de una vida mejor y más saludable. Me reí por dentro cuando dije eso pero las señoras se limitaron a comenzar su letanía sobre los beneficios de tan saludables mercancías. Parecía que se aventaban un rosario dedicado a Herbalife santa virgen de las adiposas. A lo largo de su retahíla, pasaron del batido Choco Mix a los bocadillos Anti Snacks. Nos explicaron los beneficios de cada producto así como su económica accesibilidad. Daniela se interesó mucho en el Rose Guard con extracto de romero. La verdad a mí no me interesaba si los productos funcionaban o no, muy probablemente no, al menos no en nuestro país donde la dieta es a base de maíz, transgénico últimamente, pero maíz a fin de cuentas. ¿O me podrá debatir usted que Thermo-Bond es capaz de evacuar el intestino de tanta garnacha guisada con manteca de puerco? Decidí entrarle al juego y comencé a realizar preguntas. ¿Me podría decir cuál es la diferencia entre el Arándano con Minerales y  el Garlic Plus? ¿Bajó que Norma Oficial Mexicana están reguladas las Thermojetics Barras de Proteína? A todas mis preguntas les correspondía una respuesta corta, inexacta y/o obvia. Por ejemplo. La diferencia entre el Garlic Plus y el Arándano, estaba en su propio nombre, dijo la señora Eulalia. Las barritas energéticas estaban controladas por la Secretaría de Salud, comentó con su peculiar tono de voz fuerte Doña Chichis. Cuando pregunté por qué Herbalife no se comerciaba en las farmacias, inmediatamente todas dijeron que la empresa siempre se preocupa por la economía familiar y su intención es que nosotros produzcamos dinero y no dependamos de nada, para ejemplo la casa de Doña Chichis. Monumento a la eficacia de Herbalife.

Después procedieron a un desfile, donde ellas se ponían de ejemplo de cómo perdieron kilitos de más gracias a Herbalife. Daniela seguía en el juego y yo también, pero había algo en la gordura de esas señoras, algo en los bultitos de sus leggins, que me puso cachondo. Imaginé que eran bien puercas en el sexo y si mi teoría acerca de una década perdida en la cama era cierta, aparte de puercas serían unas desenfrenadas, unas ninfómanas que buscaban desesperadamente un flaquito desnutrido como yo que les alcanzara esos lugares erógenos que se habían quedado con Kevin Arnold en los años maravillosos. Doña Martha, por ejemplo, me miraba intensamente, cada vez que Dani se distraía. No niego que sus cuarenta años y sus tres huercos le habían pasado factura, pero estaba dispuesto a acostarme con ella si me daba de desayunar cada mañana. Dios enaltece el sacrificio, decía el padre de la iglesia. De ser cierto a mí ya me tendrían que haber puesto un altar en la esquina del barrio.

La reunión duró aproximadamente hora y media. Doña Chichis nos dio una tarjeta y nos pidió que si estábamos interesados en pertenecer a la comunidad Herbalife solo era cuestión de llamarle, lo único que necesitábamos era un pedacito de nuestra cochera y pintura verde y blanca. Nos despedimos de cada una de beso y abrazo. En el momento que tuve de frente a doña Martha nos miramos fijamente, me extendió la mano y discretamente me dio una nota. La guardé rápido en mi bolsillo para que Daniela no se percatara. La abracé (a doña Martha, no a Daniela) me convencí que tendría la oportunidad de desayunar unos huevos refritos con mi Choco Mix frío o un batido para reducir las ansias de comer comida chatarra.

Dani y yo caminamos tres cuadras platicando. Cuando se despidió de mí y tomó la ruta Campo Alianza, saqué la nota que puse en el pantalón. “Te espero en mi casa, estoy sola. Mis hijos están en la escuela. Me gustaría probar tu batidito en mi boca.”