Vox Europa

La buena gobernanza también es una cuestión de acción colectiva: cuantos más ciudadanos están conectados y mayor es el imperio de la ley, menor resulta el riesgo de corrupción en una sociedad, explica la investigadora Alina Mungiu-Pippidi en su último libro.

¿Por qué han acaparado tantos titulares los escándalos de corrupción? En países como Brasil, India, Ucrania o los Balcanes, tras numerosas rondas de elecciones en las pasadas décadas, se ha cambiado de gobernantes, pero lo que no cambia es el arraigado sistema de recursos públicos malgastados y que los nuevos ganadores de las elecciones heredan al completo. La esperanza de acabar con los dictadores corruptos que trajo la Primavera Árabe parece desvanecerse: en Irak, tras numerosos años de administración estadounidense, la corrupción sigue siendo el principal problema.

La corrupción ha empeorado en Afganistán con la afluencia de ayuda extranjera, que llegó como un nuevo y vigoroso río a las exhaustas arcas locales para los armados y los poderosos. Las organizaciones internacionales como la ONU o la FIFA sufren problemas sistémicos y apenas logran controlar su imagen pública. El comercio internacional, considerado antes el instrumento para que aumentara la competencia, también parece generar corrupción y con los escándalos como los de Siemens y Volkswagen se demuestra que nadie está libre de sospecha.

Y nadie debería estarlo, puesto que el mundo es en su mayoría corrupto y a pocos gobiernos y sociedades se les obligada a mantenerse limpios y equitativos, tal y como expone Alina Mungiu-Pippidi, una académica basada en Berlín, en un nuevo libro publicado por Cambridge University Press, The Quest for Good Governance. How Societies Build Control of Corruption.

Un equilibrio de poder

En lugar de plantear el concepto normativo moralizante habitual, su libro oscila entre la historia y la psicología social para exponer que el gobierno, que define como las normas del juego que determinan quién obtiene qué recursos públicos en una sociedad determinada, es mucho más difícil de cambiar que los regímenes políticos, ya que es resultado de un equilibrio de poder entre una sociedad y sus gobernantes.

En todo el mundo, afirma, muy pocos países han cambiado desde que disponemos de algunas mediciones de gobierno en los últimos treinta años, solo unos cuantos han superado el umbral de buen gobierno y la mayoría son pequeños Estados aislados. Destaca a Estonia, Uruguay, Taiwán, Corea del Sur y Chile, con alguna concesión para Costa Rica, Botsuana, Eslovenia y Georgia, que casi llegan al nivel.

En general, plantea que el control de la corrupción en una democracia es un gran problema de acción colectivo que pocos países logran resolver. Si un país tiene elecciones libres antes de lograr construir una burocracia sólida, autónoma y poderosa (el ejemplo histórico que pone es el de Dinamarca, supuestamente el mejor país gobernado del mundo) lo que se obtiene es un sistema de partidos políticos que politizan el sector público y malgastan todos los recursos públicos a su paso por el poder. Es posible lograrlo, Estados Unidos lo ha hecho. Pero actualmente parece difícil encontrar entre las democracias unos monarcas benevolentes como la reina danesa o unas masas verdaderamente críticas.

La principal lección política de este libro, llevado a cabo con una de las mayores subvenciones sociales de la UE, que ha dado lugar al proyecto ANTICORRP, así como con otras subvenciones que ha obtenido la autora, es que se necesita una estrategia anticorrupción sólida para lograr totalmente ese equilibrio y que los remedios milagrosos fomentados por la comunidad internacional no funcionan de forma aislada o directamente no funcionan. Presenta pruebas estadísticas abrumadoras de que las agencias anticorrupción no tienen ningún efecto si no van precedidas por el Estado de derecho: peor aún, los poderosos utilizarán sus poderes excepcionales contra los débiles en política.

El soborno, un modo frecuente de comprar ventajas

Ni los defensores del pueblo, ni las leyes de libertad de la información sirven de nada por sí solos y los países más corruptos disponen actualmente del mayor número de leyes anticorrupción, unas leyes que no cambian nada. Estonia ha realizado la transición postcomunista más limpia, limitando las oportunidades de corrupción a través de su liberalización económica y su sencillez administrativa, restringiendo de ese modo el poder discrecional del Gobierno.

Pero su sociedad también era fuerte y exigente, el otro elemento importante de la balanza, con una prensa libre y unos ciudadanos que hacen uso de las herramientas electrónicas. Cuantas más conexiones a Internet en los hogares o personas en Facebook tenga un país, mejor gobernado estará, ya que esto demuestra la capacidad de acción colectiva de sus ciudadanos. Mungiu-Pippidi presenta pruebas de la eficacia de la combinaciones de factores, en lugar de factores por sí solos: transparencia fiscal y una sociedad civil activa, por ejemplo, o libertad de prensa y publicaciones transparentes de la riqueza de los políticos.

Las sociedades humanas siempre han tenido problemas a la hora de mantener y gestionar los recursos conjuntos para que no se malgasten o se destinen a favoritismos, afirma Mungiu-Pippidi. El favoritismo se ha descontrolado y las encuestas incluso en la Unión Europea demuestran que la gente se queja de que las conexiones políticas son el modo de triunfar en la vida. El soborno es un modo frecuente de comprar ventajas. Los problemas de las acciones colectivas son difíciles de resolver, admite el libro, principalmente por dos motivos.

Uno de los problemas son los límites: las comunidades bien limitadas, como Siena, una ciudad Estado italiana en el siglo XII, perfeccionaron los sistemas de prevención, de modo que sus miembros se supervisaban unos a otros como parte de su deber cívico. Reinaba la desconfianza y a todos se les obligaba a defender los recursos de la comunidad, necesarios para los gastos esenciales, como la defensa. Si los límites son demasiado amplios o no están claros y los elementos son imprecisos, como en el caso de las organizaciones internacionales o en el comercio global, los equilibrios locales logrados con tanto esfuerzo dejan de ser importantes. Las empresas de los países mejor gobernados se rigen por las normas del juego locales al invertir en países corruptos.

El segundo problema, igualmente apremiante, es encontrar paladines de la causa. La pregunta sobre “quién” debe responderse antes de la de “qué” hacer, expone el libro. ¿Quién pierde con la corrupción y cómo se pueden unificar las acciones en una acción colectiva significativa? En la lucha contra la corrupción no todas las partes salen ganando, se trata de un juego entre las sociedades y sus saqueadores y se necesita un esfuerzo bastante prolongado para evitar que los ganadores se conviertan en los nuevos saqueadores.

Si queremos que las cosas cambien, la clave del juego consiste en encontrar paladines y apoyarles para crear una masa crítica de personas que crean que pueden ganarse la vida con una competencia honesta y no con el favoritismo.

Translated by Sara Fernández

This article is published in association with Ercas