NYT/Rod Nordland

Tras la muerte de su padre, Ahmad Said se hizo cargo de la oficina en la planta baja de la legendaria librería de la familia aquí, Banco de Libros Said. Después, los hombres ancianos empezaron a ir de visita, en busca de saldar viejas deudas.

“Todos se disculparon y dijeron que habían intentado ver a mi padre mientras estaba vivo, pero su oficina siempre estaba demasiado llena y ellos se sintieron avergonzados”, dijo Said.

Llegaron cinco de esos hombres, sombrero en mano, no sólo a presentarle sus respetos al hijo y familia, sino también a decir que habían querido pagar libros que habían robado cuando eran niños. Said dijo que a su padre, Said Jan Qureshi, quien murió de falla cardiaca en septiembre, eso le habría divertido: él siempre había considerado que un hurto de libros por parte de niños era una inversión en un futuro en el cual la gente aún leía, y por tanto se convierten en sus clientes.

El hombre en sí se convirtió en un oráculo para aquellos en busca de consejo sobre libros, tomándose el tiempo para establecer una conexión personal y para promover sus favoritos entre visitantes. Ésa es otra cosa que su hijo ha heredado: él le preguntó a este visitante si había leído “Hojas caídas”, el último libro del prolífico historiador estadounidense Will Durant, publicado en 2014, más de 30 años después de su muerte. Ese enfoque ayudó a Qureshi a forjar un futuro extraordinario para el Banco de Libros Said, particularmente en una era en que las ventas en línea han estado orillando a librerías independientes a salir del negocio, y en una región en la cual la piratería sin control de libros se suma a los pesares de minoristas.

Con su pasión por los libros, Qureshi erigió una de las mayores librerías del mundo; vendiendo en su mayoría libros en inglés, en un país donde es el segundo idioma para la mayoría de la gente.

El Banco de Libros Said tiene 3,900 metros de espacio en el suelo normalmente ocupado en tres pisos, expone 200,000 títulos y almacena más de 4 millones de libros en sus cinco bodegas; todo, dijo Ahmad Said, “por la gracia del todopoderoso”.

(Este visitante no había leído “Hojas caídas”, así que Said envió a uno de sus 92 empleos a buscar una copia. “Es muy bueno, debe leer este libro”. Otro visitante en la oficina, un médico entrado en años de nombre S.H. Naqvi, coincidió, habiéndolo leído él mismo ante su insistencia: “Le llegará al corazón”, dijo.)

Said Jan Qureshi vino de una familia que trabajaba para un señor feudal de nombre Mir Banda Ali. Sus propiedades en el sur de la provincia de Sindh eran tan vastas, que su propiedad tiene fama de albergar cinco paradas del tren. Su biblioteca fue estimada de manera similar, y cuando tenía nueve años de edad, Qureshi fue puesto a trabajar desempolvando los estantes. Un día, Ali lo encontró leyendo en vez de trabajando, y le dijo al niño que regresara a trabajar de inmediato… pero agregó que podría llevarse un libro a casa cada noche, siempre y cuando lo devolviera en condición prístina.

Qureshi nunca pasó del bachillerato pero era todo un literato, y tras la escuela encontró un empleo como vendedor de libros para una empresa que lo envió a su sucursal en Peshawar. Más tarde, en los años 50, abrió su propia librería en Peshawar.

Durante los años de la Guerra Fría que siguieron, Pakistán era un puesto de avanzada en la rivalidad estadounidense con la Unión Soviética, y Peshawar se convirtió en una importante base militar, y más tarde en una base vital de operaciones para la CIA, particularmente durante la ocupación soviética de Afganistán. Digan lo que quieran sobre los espías, pero eran lectores, y Qureshi erigió su negocio enfocándose en atender sus gustos literarios.

(Al hablar sobre Afganistán, Ahmad Said dijo: “Ha leído usted ‘The Spinner’s Tale’, de Omar Shahid Hamid? ¿No?” Parecía un tanto asombrado. Momentos después, apareció una copia de Pan Macmillan, de pasta suave, de la novela. “Lo lamento, se nos ha agotado ‘Hojas caídas’ –es muy difícil mantenerlo en inventario–, pero lea este”, dijo Said. “Buena parte de la historia se desarrolla en Afganistán”.)

Más tarde, el ascenso del terrorismo y el islam fundamentalista hizo de Peshawar, capital de las salvajes tierras fronterizas de Pakistán, un lugar peligroso para un librero… particularmente uno que insistía en llevar consigo revistas como Cosmopolitan y Heavy Metal, libros de Karen Armstrong sobre el islam, e incluso del tratado ateísta del científico Richard Dawkins, “El engaño de Dios” (“Sencillamente usted no creería cuánto se vende ese”, dijo Said. “Compramos mil copias de la editorial Random House cada año, año tras año”.)

Por una parte, dijo, otro entre los más vendidos es “El mensaje del Corán”, traducción al inglés del libro sagrado por Muhammad Asad, académico judío de Europa y diplomático que se convirtió al islam.

Obligado a cerrar su tienda en Peshawar, Qureshi concentró sus esfuerzos en Islamabad, la capital pakistaní, lugar fuertemente aislado de los elementos más extremistas del país. Siguieron tiempos difíciles incluso al tiempo que Islamabad se fue convirtiendo en un destino para diplomáticos y trabajadores de ayuda humanitaria “sin familia”, pero para ese momento la librería era tan grande que su sola extensión mantenía su viabilidad, ya que abundantes pakistaníes leían libros en inglés.

“Otros libreros pakistaníes se reían de nosotros porque nunca teníamos libros pirata”, dijo Said. “Sin embargo, solo los libros más vendidos son pirateados, y nosotros tenemos de todo”.

El resultado es una librería de magnitud impresionante, estrafalaria y católica. “Moda islámica”, lustroso libro de mesa auxiliar y entre los más vendidos, compite por espacio en los estantes con “Estudios de minorías sexuales”.

Un grueso libro de condolencias por Qureshi, el tercero hasta ahora, yace sobre un mostrador, mismo que también se comba bajo el peso de un par de cientos de libros miniatura. A unas pocas filas de ahí, todo en estante es dedicado a Noam Chomsky, 26 títulos en total, lo cual pudiera ser mucho más de lo que cualquier librería en el mundo expone por el radical lingüista y filósofo.

“Honestamente, Chomsky vende aquí”, destacó Said.

Como el hijo mayor, Said siempre estuvo destinado a hacerse cargo del negocio cuando su padre falleció, y para aprender el oficio viajó con su padre a ferias internacionales del libro; anualmente a Fráncfort, Alemania, tres veces al año a Londres, dos veces al año a Delhi.

Pero no a Estados Unidos, la mayor fuente de libros del Banco de Libros Said.

“Gastamos 500,000 dólares anualmente en Estados Unidos, y no puedo obtener una visa”, dijo Said. “El oficial consular dijo: ‘¿Por qué no meramente ordena por correo electrónico y fax? Ellos simplemente no entienden sobre libros. Hay que ir a las bodegas, y verlos y sentirlos… así es como se compra libros”.

(De nuevo “Hojas caídas”: “Cuando mi padre estaba enfermo, dijo, ‘Lee este libro, y te tranquilizarás’”, contó Said. “Estaba en lo cierto”. Naqvi citó líneas del libro. “¿Por qué, en nombre de la vida, es que debemos morir?” De lo contrario, “la juventud no encontraría espacio en la tierra”.)

Qureshi se aseguró de que sus hijos tuvieran la educación que él no tuvo. Ahmad Said tiene una maestría en administración de empresas, con ambiciosos planes de computarizar el inventario de la tienda y echar a volar lo que actualmente es un burdo y simple negocio en línea. No obstante, vende el equivalente de 1,000 dólares al día en línea en un lugar donde las tarjetas de crédito siguen siendo una novedad.

Para su padre, los libros eran más que solo un negocio, destacó Said. Uno de los arrepentidos ex ladrones de libros que se presentó era Suleman Khan, el vicecanciller de la Universidad de Iqra, en Islamabad.

“Vino a decir que cuando era niño, aproximadamente de seis años, había robado un cómic de Archie y mi padre lo había visto”, contó Said. “Dijo que temía que lo fueran a abofetear, pero mi padre le dijo: ‘Es bueno que te gusten los libros. Así que cada día, puedes llevarte un libro, pero debes mantenerlo en perfectas condiciones y devolverlo cuando lo hayas acabado, para que yo pueda venderlo de todos modos”.

Y después el vicecanciller dijo: “Todo lo que soy ahora, se lo debo a tu padre”.

(Naqvi, quien ya está entrando en años, había dado la impresión de cabeceaba por un momento pero despertó cuando oyó esa historia. ‘“Hojas caídas’”, suspiró. “Tiene que leer ese libro. Ahí está todo”.)