Por Luis David Niño Segura    /    Tw:@ld_nio

Estaba pensando mucho, cosa que trato de evitar cada ocasión que tengo que ir a acostarme, pero ahora es inevitable. Llevo tres días seguidos soñando que me asesinan a balazos. Al principio se lo acredité a la relectura que estoy haciendo de las aventuras del “Zurdo” Mendieta, pero los sueños ahora van más allá de lo que uno puede imaginarse. Los pongo al corriente (aunque no les importe). El primer sueño por ejemplo ha sido el más cruel de todos. Narro: sentado en la cafetería de la Universidad donde ahora trabajo un asesino serial entra con pistola en mano y comienza a matar estudiantes a diestra y siniestra. Para evitar una masacre como la de San Bernardino, California, en mi sueño me hago el héroe y distraigo al asesino, quien me dispara más de ocho veces en el cuerpo hasta que me deja tendido al lado de unas nopaleras, mi respiración desde luego se hace lenta, muy lenta hasta que la vista se comienza a cerrar y justo cuando voy a tomar el último aliento, despierto.

El segundo sueño es similar aunque con algunas variaciones. Describo: ahora sentado en la banqueta de la casa de mi abuela, una Jacaranda, 6 metros de altura, carros pasando, calor de cuarenta grados, la ciudad Torreón, Coahuila. Narro de nuevo: mientras tomo una caguama con mis primos, justo como lo hacíamos cuando estábamos más morros, un auto se para frente a nosotros, saca una Beretta negra y me incrusta dos balas en la cabeza. Opinión: en mi sueño puedo ver cómo mi cuerpo se tiende de lado mientras la sangre escurre por la canaleta de la carretera. También justo cuando puedo apreciar mi cuerpo con la chompeta desecha me despierto. Ayer, justo ayer, cuando pensé que los sueños no pueden tener significado alguno, pasó lo mismo. Ahora el escenario fue a las afueras de mi casa (aclaro, este es el tercer sueño) mientras camino por la esquina donde se encuentra una verdulería, un carro negro se para justo a dos metros de mí y, al igual que en el sueño previo, un tipo saca una pistola y me dispara, esta vez no muero, el impacto de la .38 se incrusta en mi rodilla izquierda, dejándome tirado y con parte de mi pierna desprendida. Ningún vecino se apiada de mí.

Como comenté, se cumplen ya tres días donde sufro un atentado donde mi vida está en juego. Traté de hacer un ejercicio de reflexión. Mi pequeña cabeza comenzó un proceso mnemónico para asegurarme que los sueños no pueden cumplirse en realidad, como dijera Calderón de la Barca, los sueños, sueños son, pero con la vida ajetreada que llevo, no dejo de pensar que en cualquier momento, en cualquier esquina de esta putrefacta ciudad católico moralista donde vivo, algún fanático religioso, a quien mis comentarios lo ofendieron, perfile sus dedos presionando el gatillo para quitarme de un solo golpe, los respiros que llenarían de smog mis pulmones. Le comenté a mi esposa sobre la trama de mis sueños, me dijo que escribiera un cuento sobre eso, no quise, la verdad no me apetecía narrar un sueño que solo a mí me interesa saber su significado. Podrán decir que es debido a las últimas novelas que he estado leyendo, pero la realidad es otra. Desde luego releer al “Zurdo” Mendieta puede ser que haya influido en las imágenes proyectadas en mi subconsciente, sin embargo, los sueños se acercan más a las típicas matanzas estadounidenses, no al Culiacán bucólico que describió Tercero Magali en Cuando llegaron los bárbaros… sabrá Dios qué mierda de la que me esnifo ha de perturbar mi cabeza a tal grado, pero supongo que nada tienen qué ver las cervezas que me tomo.

Una conocida psicóloga que tengo me dijo que sería bueno consultarlo con un psiquiatra, aunque desconfío de ellos, para mí son las personas más repugnantes que existen. No obstante, mi conocida me calmó con algo que dijo, los sueños para ser preocupantes, deben ser repetitivos, constantes, y siempre, debe ser el mismo sueño. En mi caso solo existen algunas constantes: las pistolas, las balas y por supuesto mi muerte. Bueno y a todo esto, qué tal si ya estoy muerto, con la vida que llevo más de uno podría asegurar que, efectivamente, soy un simple cadáver deambulando entre los vivos, esas biomasas que comen en McDonalds, les pagan aguinaldo y tienen deudas que saldar, pagos que cubrir, niños que educar. Tal vez mi sueño lo que me quiere decir es que una persona como yo, que se refugia en su casa y tiene esta idea pueril de que escribir realmente sirve de algo, no se merece estar pisando la tierra. Se abre paréntesis: (quien me conoce sabe de sobra que el suicidio siempre es una opción que he tenido a la mano. Imagínese, guion largo: lo malo es que soy un cobarde que no se quitaría la vida, de ahí la adicción a la cerveza. Imagínese otro guion largo.) Se cierra paréntesis.

Los escritores somos personas de moral baja, muy baja, aunque existan algunos con mucha pose y poco rocanrol. Nos dedicamos a vender historias que la mayoría de las veces son mentiras y si algo agradece el lector es la honestidad, justo esa que creen detectar en lo que leen pero que solo quien la cuenta la sabe. Ahora que lo pienso, creo que descubrí el significado del sueño. Los tipos de las pistolas seguramente han de ser lectores que apuntan sus rabiosas críticas a las mentiras que escribo. Aclaro: lo dicho aquí es cierto, los sueños, efectivamente pasaron. Hecha la aclaración anterior, prosigo. Los lectores han apuntado sus críticas hacía mí y yo desvalido de mis comentarios sin sentido y de mis historias mayormente ciertas y menormente inventadas he caído muerto. Me queda un consuelo, como dijera McCarthy en The Road, cuando se muere, es lo mismo que si todos los demás lo hicieran, aunque mi muerte solo sea un juego macabro de mi REM y de mi constante devenir por encontrarle sentido a la vida.

Termino como no empecé. He estado pensando mucho, justo antes de irme a dormir, cosa que si bien me agrada también me es inevitable. Destapó la última cerveza que me queda en el refrigerador y leo algunas críticas hacia escritores que se paran el cuello diciendo que están escribiendo la novela que nos dejará a muchos sin empleo. No me preocupo. Al final del camino estoy consciente que soy un escritor non-practicing, freelance. Un escritor que fungiría de office boy en una empresa. Lo siento, pero sí en la vida real eso soy, un offcie boy. Qué me importa. Último pensamiento. ¿Realmente somos inocentes cuándo soñamos? Usted dígame.