En la FIL/ Horacio Cano Camacho

Grupo Crónicas Revista

imgresAyer concluyó la edición número 29 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2015. Para los lectores, simplemente la FIL. Y terminó con números impresionantes, tal como se espera de este evento. Se supone que el conteo final de asistentes ronde el millón (hoy me enteré que fuimos 750,000 que no deja de ser un número abrumador); que la derrama económica en Guadalajara superó los 300 millones de dólares; 29 millones tan sólo en ventas de libros; que el número de expositores, presentaciones, eventos varios, superó con creces lo hecho en años anteriores. Seguro es eso y más. Sin embargo es la FIL que menos me ha gustado…

Yo soy fan de la FIL. Este año está cumpliendo 29 años y yo he asistido a 23 ferias continuas. Para mi ya es un ritual. Durante los meses previos hago la lista de libros que pretendo adquirir. Los voy agregando conforme las editoriales los anuncian, los selecciono en los diferentes blogs de literatura en los que estoy suscrito; reviso y elijo quienes presentarán libros en la FIL y busco cuales coinciden con mi visita; me informo del país invitado; leo reseñas de los escritores que se presentarán (de mis favoritos). En fin, me emociono y voy creando mis expectativas. Por supuesto, ahorro durante varios meses por que se que gastaré en libros…

Adicionalmente hago mi programa social: dónde comeré con mis amigos, qué botella de tinto degustaremos, cuánto nos desvelaremos, a qué concierto asistiremos… La FIL representa mucho para un lector como yo.

Me tocó ver a Salman Rushdie llegar de incógnito y protegido por el servicio secreto inglés luego de la fatwa emitida contra él por el Ayatola Jomeiní por la publicación de “Los versos satánicos”. Recuerdo que nosotros esperábamos frente a la sala de conferencias (sin saber que sería el conferencista principal) y llegaron unos tipos vestidos de guaruras a revisarnos con detectores de explosivos. Recuerdo también cuando me encontré con Carlos Fuentes caminando tranquilamente por los pasillos y yo corrí a comprar “Las buenas conciencias” sólo para que me lo firmara. No se, fue un impulso, yo era un extraño enemigo de pedir autógrafos, pero fue tan espontáneo todo que no lo pensé y por supuesto Fuentes accedió un poco divertido. Otro año me pasó lo mismo con Carlos Monsiváis o con Paco Ignacio Taibo II (que nos invitó a la sala de prensa de Planeta), Laura Restrepo, Xavier Velasco, en fin. Un día cruzando la calle me di de frente con Élmer Mendoza que accedió a conversar un momento conmigo sobre el Zurdo Mendieta, su genial detective y me “anunció” de que iría el próximo libro…

Por supuesto participé gustoso en el abucheo a Sari Bermúdez que representaba a Vicente Fox en la ceremonia inaugural en la que se entregaba el Premio de la FIL a Monsiváis. Abucheo que inició mi amigo Gerardo y que casi toda la sala secundó. Luego supimos que Bermúdez terminó llorando en el baño y luego salió a defender a su jefe, quien según ella si leía (a Og Mandino, Carlos Cuauhtémoc Sánchez, y esa “literatura” y dicen que Fox le recriminó “…no me ayudes compadre”, dicen que dijo).

Me tocó disfrutar del modesto stand de Cuba y del magnifico de Cataluña, hasta el horrible de este año del Reino Unido.

Pero este año algo cambió. La FIL sigue siendo magnifica, vale mucho la pena, pero alcanzo a percibir que algo malo está pasando. Como si comenzara a sucumbir a su propio éxito. Cierto, este año le dedicaron una sección completa a la ciencia, pero nunca habían asistido tantas editoriales de basura esotérica. Muchas de las grandes editoriales ampliaron sus stands, pero nunca habían pocas novedades y destacaba más el interés por vaciar sus almacenes de lo que no se les ha vendido durante años y años. Libros que salieron en España hace seis meses no se encuentran en las editoriales españolas y sus filiales mexicanas. ¿Cómo es posible que la feria del libro más grande de Iberoamérica no presente las novedades que sacó durante el año en Europa? Nunca mi lista había quedado tan incompleta. Como que comienzo a sentir un desprecio sutil por el lector mexicano. Las editoriales están llenas de libros que podemos comprar en cualquier librería de la esquina.

Hay más foros que nunca, pero los autores que antes circulaban por los corredores ahora son secuestrados en espacios cerrados por las propias editoriales que llenan las presentaciones de snobs que nada saben de libros y alumnos obligados a asistir por sus escuelas aunque no lean nada. Ahora me senté a descansar un poco y pude observar montones de gente caminando sin ningún propósito aparente, sin un libro en la mano. Luego ya junto a mi, hacer preguntas sobre algún libro famoso que no conocen de nada o algún autor que evidentemente no les dice nada. En los stands te los encuentras comprando libros que tienen años en las mesas de cualquier Sanborns o que en Gandhi y El Sótano están al tres por uno.

Montones de autobuses llegan con niños y jóvenes de todos lados, sobre todo escuelas particulares, que ahora encontraron un nuevo producto de venta: “…Papás, para que vean lo excelentes que somos este año llevaremos a sus hijos a la FIL… aunque nadie hable de literatura con ellos y solo los dejen vagar por los pasillos en espera de retirarse a la parada obligada del Centro Comercial.

La FIL está por cumplir 30 años. Pero no ha cambiado desde entonces y si sigue siendo lo mismo que hace treinta años algo debe andar mal. Comienza a filtrarse el gusanillo de los libros electrónicos, hay algunas propuestas de autoedición colectiva, pero nada más, la feria sigue siendo lo de siempre y eso cansa. Si además le sumamos que en aras de sacarle plata, de mostrar números mastodónticos, de presumir, como que los lectores no importamos ya. Se está convirtiendo en un producto para turistas y niños bien a los que la lectura no les importa de nada. Los escritores están allí para sacarse selfies con quien ni los conoce y solo le importa presumir o se encuentran secuestrados por la prensa y la televisión sin distinción de la farándula a lo televisa… Cada vez escucho más hablar a los jóvenes de los reventones que se corrieron que del foro de discusión o presentación al que asistieron.

Cada vez más esnobismo y menos literatura. Eso le pasó al Festival Cervantino que de un festival popular, callejero donde yo escuche a B.B King en el parque de beisbol, al gran “Big” Pete Pearson en el Mercado Hidalgo, a Paco de Lucia en la plaza de la Alhóndiga, a los Leones de la Sierra de Xichu en el Jardín Unión, al Teatro Negro de Praga en plena calle Juárez, entre otros muchos, convertirse en la Cantina más grande de México, tomada por turistas que llegaban a ligar y embriagarse. Donde los boletos para los espectáculos cerrados estaban agotados antes de salir a la venta puesto que habían sido entregados a las agencias de turismo para ricos para que hicieran su agosto vendiendo “paquetes” con posibilidades de sexo incluido.

No tardan en aparecer los anuncios de “… vámonos a la FIL, cervezas incluidas y estancia en el Bar del Oso: conoce chicas modernas y liberadas” como ya sucede para el Cervantino. Claro, los dueños de la Feria estarán encantados, tenemos la feria del libro más grande del mundo en un país que no lee… pero consume.

Seguiré siendo fiel a la FIL, eso es seguro, pero tal vez cada vez me guste menos. Ojalá me equivoque y solo sea mi mala leche de temporada. O no…