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Por Paul Krugman*

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Vivimos en una era de noticias políticas que, con demasiada frecuencia, nos sacuden pero no nos sorprenden. El ascenso de Donald Trump definitivamente se inserta en esa categoría. Y también el terremoto electoral que azotó a Francia en las elecciones regionales del domingo pasado, en la que el partido de extrema derecha Frente Nacional ganó más votos que cualquiera de los principales partidos convencionales.

¿Qué tienen en común estos dos eventos? En los dos están implicados personajes políticas que apelan a los resentimientos de un bloque de ciudadanos xenofóbicos y racistas que siempre ha existido. La buena noticia es que esos ciudadanos son una minoría; la mala noticia es que es una minoría bastante grande, a ambos lados del Atlántico. Si usted se pregunta de dónde viene tanto apoyo para Trump o para Marine Le Pen, la presidenta del Frente Nacional, es porque no ha estado poniendo atención.

Pero, ¿por qué estos ciudadanos se están haciendo escuchar de manera tan vociferante justo ahora? ¿Se han vuelto más numerosos? Es probable, pero eso no está claro. Yo diría que lo más importante es que ya no están funcionando las estrategias que tradicionalmente aplicaron las élites para mantener bajo control a esos coléricos ciudadanos.

Permítaseme empezar con lo que está ocurriendo en Europa, tanto porque es probable que sea menos conocido para los lectores de este lado del océano como porque, en cierto modo, es una historia más simple que la que está ocurriendo en Estados Unidos.

Mis amigos europeos sin duda dirán que estoy simplificando demasiado, pero desde una perspectiva estadounidense, parece que el establecimiento europeo ha tratado de congelar a la derecha xenofóbica, para sacarla no solo del poder político, sino también de cualquier discurso aceptable. Para ser un político europeo respetable, ya sea de derecha o de izquierda, hay que aceptar el proyecto europeo de integración estrecha, del libre desplazamiento de los individuos, de fronteras abiertas y de regulaciones armonizadas. Esto no deja lugar para los nacionalistas de extrema derecha, aunque es verdad que siempre ha habido un sustancial apoyo popular para el nacionalismo de derecha.

De lo que no se ha dado cuenta el establecimiento europeo, empero, es que su capacidad de definir los límites del discurso yace en que se perciba que sabe lo que está haciendo. Incluso los admiradores y simpatizantes del proyecto europeo (como yo) tienen que admitir que éste nunca ha tenido un profundo apoyo popular o mucha legitimidad democrática. Más bien es un proyecto elitista que se ha presentado básicamente como si no hubiera más alternativa, como el camino de la sabiduría.

Y no hay nada como un desempeño económico malo y sostenido –como el mal desempeño provocado por la obsesión de Europa con la austeridad y las divisas fuertes– para socavar la fama de competente que pudiera tener la élite. Quizá sea esa la razón de que un reciente estudio haya encontrado una relación histórica entre las crisis financieras y el auge del extremismo de derecha. Y la historia, como sabemos, tiende a repetirse.

En Estados Unidos las cosas son bastante diferentes, pues el Partido Republicano no ha tratado de excluir al tipo de gente que votó por el Frente Nacional en Francia. Por el contrario, ha tratado de aprovecharla, movilizando sus resentimientos mediante mensajes subliminales para ganar las elecciones. Ésa fue la esencia de la “estrategia del sur” de Richard Nixon y explica por qué los republicanos obtienen la abrumadora mayoría del voto blanco en el sur.

Pero hay un fuerte elemento de engaño en esta estrategia. Al margen de los mensajes que envíe durante la campaña, una vez en el poder, el Partido Republicano se fija como principal prioridad estar al servicio de los intereses de una élite pequeña y económicamente poderosa, especialmente mediante recortes de impuestos. Y esta prioridad permanece intacta, como podemos ver si examinamos los planes de impuestos que tienen los candidatos presidenciales del establecimiento republicano para este ciclo electoral.

Tarde o temprano, los blancos iracundos que conforman una gran fracción de la base republicana, quizá incluso la mayoría, se van a rebelar. Especialmente porque gran parte de la jerarquía del partido parece centrada en sí misma y sin contacto con su base. Por ejemplo, los líderes republicanos parecen pensar que su base apoya recortes en el seguro social y Medicare, prioridad de una élite que no tiene nada que ver con las razones de que los blancos de clase trabajadora voten por los republicanos.

Y en esa coyuntura se aparece Donald Trump, diciendo abiertamente lo que los candidatos del establecimiento tratan de transmitir en mensajes cifrados, que posteriormente pueden desmentir si hiciera falta. Y Trump lo dice en serio y, así, se dispara al primer lugar de las encuestas. Escandaloso, claro, pero difícilmente sorprendente.

Solo para aclarar: al ofrecer estas explicaciones del ascenso de Trump y Le Pen no estoy excusando lo que dicen, que sigue siendo extremadamente horroroso y que básicamente va en contra de los valores de esas dos grandes naciones democráticas.

Lo que estoy diciendo es que ese horror ha sido alimentado por el mismo establecimiento que ahora actúa tan horrorizado ante el súbito giro de los acontecimientos. En Europa, el problema es la arrogancia y la rigidez de las élites que se niegan a aprender del fracaso eco; en Estados Unidos es el cinismo de los republicanos que apelan a los prejuicios para apoyar sus perspectivas electorales. Y ahora los dos se están enfrentado a los monstruos que ayudaron a crear.

*Paul Krugman es Premio Nobel de la Economía, columnista del New York Times