Por Anne Barnard / New York Times News Service

Hace nueve años, después de que el grupo de milicianos de Hizbulá capturara a dos soldados israelíes en un riesgoso ataque a través de la frontera, Israel declaró que aplastaría a la organización de una vez por todas.

Más bien, la consiguiente guerra suministró un caso de estudio en cómo el poderío de fuego abrumador puede no lograr derrotar a una fuerza guerrillera determinada o impulsada ideológicamente en la ausencia de una estrategia coherente y bien ejecutada; un cuento aleccionador, dicen analistas de Oriente Medio, para las potencias que ahora se alinean para combatir a Estado Islámico.

En 2006, Israel, esgrimiendo el ejército más poderoso de la región y sólido respaldo de Estados Unidos, destruyó totalmente manzanas enteras de la ciudad y centros de comunidades a la par de búnkeres y oficinas de Hizbulá. Sin embargo, Hizbulá siguió de pie y, al poco tiempo, acumuló más poder político y militar que nunca.

Actualmente Estado Islámico, habiendo desarrollado una fuerza de combate híbrida que combina varias tácticas militares de tipo convencional, capacidades guerrilleras y ataques a distancia en contra de civiles, enfrenta una lucha similarmente desigual. Desplegados en su contra, cuando menos nocionalmente, están tanto Estados Unidos como Rusia, los archienemigos regionales de Arabia Saudí e Irán, e incluso Hizbulá.

Políticos estadounidenses y candidatos presidenciales dicen que Estados Unidos está en guerra con Estado Islámico, con algunas personas comparando el conflicto con una nueva guerra mundial. Pero, incluso a medida que algunos de los ejércitos más fuertes sobre la tierra se forman para aplastar al grupo de milicianos, con países como Reino Unido y Alemania uniéndose a la campaña hace poco, Estado Islámico amenaza y ataca en nuevos lugares… ahora incluso en China.

“Hemos estado ‘en guerra’ con terrorismo durante ya bastante tiempo”, dijo Andrew J. Bacevich, historiador militar y coronel retirado del ejército estadounidense, “y la guerra no está funcionando”.

La región, y en efecto el mundo, está repleto de evidencia de que en conflictos asimétricos, incluso las respuestas militares más poderosas pueden terminar atizando la violencia y oposición que buscan sofocar, particularmente sin soluciones para conflictos subyacentes.

Si el solo poderío de fuego pudiera garantizar el éxito, Estados Unidos habría ganado la guerra de Vietnam y salido victorioso de Afganistán e Irak. Además, 14 años después del 11 de septiembre de 2001, la amenaza de Al Qaeda pudiera haber desaparecido, en vez de persistir, metamorfoseándose y resurgiendo como el Estado Islámico.

Como para poner de relieve la insuficiencia de un enfoque militar de tipo convencional, están ataques terroristas como el de la semana pasada en San Bernardino, California. Todo parece indicar que no fue dirigido por Estado Islámico, dicen oficiales estadounidenses, sino fue meramente inspirado en el grupo.

Analistas de Oriente Medio a través de un amplio espectro –sea que pidan más, menos o diferentes intervenciones militares en la región– dicen que cuando de Estado Islámico se trata, Occidente está actuando como si no hubiera aprendido las lecciones del pasado.

Bacevich dice que “las lecciones de estos fracasos” se olvidan con demasiada rapidez, conforme muchos estadounidenses sucumben a lo que él llama una forma de militarismo, “aferrándose a la ilusión de que porque tenemos un ejército espléndido, ponerlo a trabajar hará que las cosas terminen muy bien al final”.

Para mala fortuna, dice, “Existe poca evidencia para respaldar cualquier expectativa de esa naturaleza”.

Estado Islámico prospera sobre el alegato de que está haciendo frente al mundo entero –particularmente a cristianos y chiíes, a los cuales considera infieles y apóstatas– para defender un islam puro, y sus enemigos, dicen analistas, parecen decididos a darles gusto.

Con el grupo alegando que defiende a suníes, aun cuando ellos integran la mayoría de sus víctimas, las campañas de potencias predominantemente cristianas y chiíes “pudieran reforzar a EI en vez de lo contrario”, dijo Imad Salamey, profesor adjunto de ciencia política en la Universidad Libanesa Americana, en Beirut.

Negarle territorio militarmente a Estado Islámico –desinflar sus alegatos relativos a la formación de un mal llamado califato– es una precondición para el progreso en su contra, destacó.

Sin embargo, verdaderas incursiones en contra del grupo, dijo Salamey, requerirían de una extensa solución política con “una parte de poder suní que sea satisfactoria regionalmente”.

Eso, dijo, apaciguaría la inseguridad tanto entre líderes como poblaciones suníes, que se ha enconado desde que Saddam Hussein fue depuesto y el ascenso de los chiíes en Irán, así como las insurrecciones populares que fueron aplastadas en países de mayoría suní.

La sensación de que los oponentes de Estado Islámico están cayendo en sus manos y de que pudiera ser imposible ganar la “guerra a ISIS” como la “guerra a las drogas” o la “guerra al cáncer”, es compartida a lo largo de un profundo cisma ideológico.

Se puede oír de gente como Salamey que promueve esfuerzos más robustos por remover al Presidente sirio, Bashar Assad; cuyo propio intento por hacer uso de fuerza abrumadora en contra de sirios que combaten por una causa, su expulsión, condujo a cinco años de insurgencia y le dio a Estado Islámico un terreno fértil.

Sin embargo, la crítica también es repetida por analistas que se oponen a mayor intervención de EU, algunos de los cuales ubican el problema en una disfunción más profunda en el mundo islámico.

“EI es meramente un síntoma de un problema mucho mayor”, dijo Bacevich, profesor emérito en la Universidad de Boston, cuyo próximo libro, “La guerra de EU por el Mayor Oriente Medio; Una historia militar”, ahonda en escepticismo largamente abrigado sobre décadas de política estadounidense. “Destrúyanlo y una organización similar probablemente surgirá en su lugar, de manera muy similar a como ISIS surgió para ocupar el lugar de Al Qaeda en Irak”.

Bacevich argumenta que pelear una guerra total en contra del extremismo islámico –lo que su socio de sparring intelectual, Eliot A. Cohen, promueve y llama la “IV Guerra Mundial”– requeriría de sacrificios que los estadounidenses no están dispuestos a hacer y que Bacevich considera “suicidio colectivo”.

Incluso en ese momento, la victoria no está garantizada, particularmente en contra de Estado Islámico, que intenta defender tanto territorio como ideología religiosa, para ser un híbrido de dos tipos de grupos insurgentes de naturaleza fuerte y adaptable.

Acoge ideas abstractas, como Al Qaeda o los grupos de izquierda de línea dura como las Brigadas Rojas que bombardearon Europa en los años 70. Sin embargo, ha buscado también cooptar a oprimidos locales que se ven peleando por hogares y territorio, más como el Ejército Republicano Irlandés. El Viet Cong o grupos nacionalistas de palestinos.

La “potente mezcla” de causas puede tener resonancia entre musulmanes, dijo Randa Slim, capitalizando una sensación de que sociedades islámicas se han deteriorado, respecto de una era dorada de poder e innovación, y han caído bajo el dominio occidental.

“Me recuerda mucho a Hizbulá y la lucha que muchos chiíes tienen al hacerle frente a eso” sin que se les vea como traidores, agregó Slim, analista que dirige programas Track II en el Instituto de Oriente Medio con base en Washington, cuya familia es de los suburbios sureños de Beirut. Hizbulá se volvió popular y poderoso allá tanto por su atractivo para libaneses que buscaban liberación de la ocupación israelí como por su ideología chií.

Para desinflar a Estado Islámico, dijo ella, países de Occidente necesitan preguntarse por qué hay “guetos de inmigrantes” en Europa, y por qué Estados Unidos, integrado más exitosamente, aún podía producir al hombre sospechoso del tiroteo de San Bernardino, Syed Rizwan Farook.

Lo más urgente, arguye Bacevich, es que incluso a medida que Estados Unidos va en pos del equivalente a un conflicto interminable y creciente por todo el mundo, sin éxito, no hay oferta de ideas, sin un solo “partido antibélico” y candidatos demócratas y republicanos “jurando continuar esa guerra”.

Seguir insistiendo que no hay otra opción es abdicación y un desatino, dijo. “¿Cómo puede ser que la nación más poderosa del mundo no tenga alternativas?”