Stephen Holden, Andrew R. Chow, Ben Ratliff y Nate Chinen / New York Times News Service

Antes de Michael Jackson, antes de Bob Dylan, antes de Elvis Presley, estuvo Sinatra, la primera superestrella pop moderna. En el clímax de los tributos centenarios (él nació el 12 de diciembre de 1915), celebramos al Sinatra genial, ring-a-ding-ding, un hombre con el mundo en un hilo, pero su logro de mayor trascendencia fue imbuir a la canción popular con una emoción íntima y personal.
Su unión del cantante y la canción se fortaleció con su imagen de “protohipster”: un solitario del cine negro, con sombrero fedora, cigarrillo y una bebida; el reverso de la moneda es que era promiscuo, se acostaba con incontables mujeres hermosas y se iba de parranda con sus amigos hasta el amanecer. Para tomar prestado un título de Tom Wolfe, era “un hombre hecho y derecho”. En las interpretaciones intensamente emotivas de Sinatra, los estándares populares adquirieron vida nueva al convertirse en confesiones cuasi autobiográficas. Las letras importaron como nunca antes, presagiando a los cantautores de la siguiente generación. Los hombres no solo lo admiraban, querían ser como él, en parte, porque actualizó la definición de masculinidad. Hizo de la autocompasión una virtud.

Empezando con su sombrío álbum de baladas, de 1955, “In the Wee Small Hours”, el que algunos creen que es el más grandioso álbum de música popular que se haya hecho, Sinatra les dio licencia a los hombres para llorar sin avergonzarse. Sancionado por un tipo rudo que se juntaba con mafiosos, una conducta que otrora había sido sinónimo de cobardía y debilidad, se convirtió en sufrimiento noble.

Antes de 1955, los “culturati” reinantes habían descartado a la mayor parte de la música popular porque la consideraban “kitsch”, y se demarcaban rígidamente las distinciones entre el arte “elevado” y el popular. Al tratar a los estándares populares como canciones de arte seglar, engalanadas con elegantes arreglos semiclásicos de pop jazz, hechos por su más brillante arreglista, Nelson Riddle, Sinatra empezó a desdibujar las distinciones.

Casi sin ayuda, canonizó al cancionero estadounidense, un cuerpo de obras creadas, en su mayoría, para Broadway y el cine, al cual alzó a ser mucho más grande de lo que podría haberse elevado si él no le hubiese puesto su atención apasionada y sostenida. Se convirtió en plataforma para las reflexiones filosóficas sobre el significado de todo.

Ella Fitzgerald también contribuyó a esa preservación con sus monumentales álbumes del “cancionero”, pero con un par de excepciones, ellos palidecen junto al poder y la autoridad del mejor trabajo de Sinatra. Fitzgerald, con sus dones fenomenales, no estaba emocionalmente dedicada a las letras de las canciones. Sinatra hacía que todo lo que grababa sonara intensamente personal, a veces con desesperación. Canciones como “Night and Day”, “I´ve Got You Under My Skin”, “One for My Baby” y “Laura” se volvieron suyas y de nadie más. Grabó éstas y otras más en más de una ocasión en un periodo de años. Cuando uno piensa en ellas, es probable que se oiga la voz de Sinatra en la cabeza.

No importa lo que esté cantando, se escuchan las palabras y cómo las expresa, y es frecuente que den la sensación de que salen espontáneamente de su mente y no de la pluma del compositor de la letra de la canción, aunque en sus conciertos era escrupuloso en darles crédito al compositor y al arreglista.

Cada nueva grabación, expresa el cambiante punto de vista de Sinatra y se convirtieron en la historia de su vida. Otros cantantes siguieron su ejemplo y la interpretación de canciones populares adquirió un significado totalmente nuevo.

La evolución de la tecnología coincidió, conveniente y felizmente, con su ascendencia. Sin la invención del micrófono, el cantante melódico popular que adopta un tono relajado, de conversación, no habría podido existir. El sonido de Bing Crosby, el precursor con mayor influencia y ejemplo que siguió Sinatra, evocaba simpatía, nostalgia y comodidades del hogar, pero no las alegrías y las penas del amor.

Sinatra usó el micrófono para transmitir una intimidad sorprendente, llena de un erotismo tierno que se volvió cada vez más amargo a medida que pasaban los años. Crosby era como el vecino de junto, agradable y buena onda; Sinatra era el confidente o, en el caso de las mujeres que lo adoraban, un amante sustituto.

Lo mejor de sus 40 grabaciones, hechas en su mayor parte con el arreglista Axel Stordahl, son delicadas tarjetas musicales de enamorados, que un joven y ardiente pretendiente le susurra suavemente a la chica de ensueño. Los tintineantes arreglos de corazones y flores para orquesta de cámara conjuran un paraíso inocente de besos persistentes y cariño que comparten los enamorados al flotar en una fantasía arrobada. Uno se siente transportado al escuchar sus grabaciones en Columbia de “My Melancholy Baby”, “Dream”, “I Don’t Know Why”, “Oh! What It Seemed to Be”, “Laura”, “The Things We Did Last Summer”, “You’re My Girl” e “If I Forget You”. Estas interpretaciones tienen el fervor devoto de las oraciones que se susurran.

A principios de los 1950, el chico flacucho, de ojos azules, de Hoboken, Nueva Jersey, se reinventó a sí mismo como un intérprete cosmopolita que tenía un propósito: consagrar las canciones de Berlin, Gershwin, Porter, Rodgers y Hart, Arlen y otros, de una vez por todas.

En un momento en el que dominaban las novedades en la corriente principal del pop, el surgimiento del disco de larga duración le permitió a Sinatra crear los primeros álbumes de “concepto” años antes de que se acuñara el término, más o menos en la época de los Beatles, con el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”. La producción de Sinatra, Fitzgerald, Peggy Lee, Sarah Vaughan, Billie Holiday, Lena Horne, Tony Bennett, Rosemary Clooney y otros es sinónimo de lo que muchos creen que es la edad de oro del LP. En sus álbumes, se explora al amor romántico –el tema de una mayoría de los estándares populares– desde una perspectiva adulta.

En los 1950, su otrora celestial voz de barítono adquirió una veta ligeramente más áspera y se convirtió en la voz de la experiencia. El ídolo de las quinceañeras había evolucionado a ser un “swinger” sexualmente sofisticado. Su síncopa enfática y anacrusa impulsó el regreso en todo su apogeo –recién concentrado en el cantante en lugar de en un director de orquesta–, y presagió una época de expresión individual que solo se ha expandido y continuado a la era del hip hop.

“Come Fly With Me”, la canción del título del álbum de 1958, era una invitación al placer, cantada con una voz áspera y alegre, que prometía buenos tiempo por venir, si se seguía a Sinatra, ahora el “playboy” estadounidense por excelencia. En los 1940, había interpretado el papel de un novio imaginario para las mujeres en el frente hogareño mientras sus maridos peleaban en ultramar. El Sinatra libertino se anunció en 1953 con la alegre, llena de confianza, “I’ve Got the World on a String”. En su punto máximo en la siguiente década, el mundo que giraba alrededor de Sinatra era un parque hedonista con el cantante como el maestro de las fiestas.

Sin embargo, era un mundo bipolar que tenía un lado oscuro: el flautista de Hamelín de los buenos tiempos aguantaba ataques de melancolía que definían su cada vez más trágica visión de la vida. Son elocuentes “In the Wee Small Hours”, “Frank Sinatra Sings for Only the Lonely” y “Where are you?”, con sus orquestaciones cuasi wagnerianas, incluso gritos de desesperación en la noche.

Al mismo tiempo, los álbumes de Sinatra que tienen un ritmo rápido dan rienda suelta a una agresión jactanciosa que mandaba la señal de las furias desatadas por las revoluciones del rock y el hip hop en el futuro. Después del punto elevado de “Songs for Swingin’ Lovers”, esa agresión se fue haciendo constantemente más áspera, más ruda, y más pugnaz. Es una triste reflexión sobre los gustos contemporáneos que la generación más joven considere que el artista rudo y jactancioso del “rat pack” de Las Vegas sea el Sinatra por antonomasia, porque no está familiarizada con la voz del baladista de los 1940

A finales de los 1970 y principios de los 1980, su forma de cantar se había vuelto tan cruda que algunos críticos del rock hasta adoptaron a Sinatra como un avatar del punk. Sin embargo, esa comparación deseosa solo tiene sentido parcialmente. Sinatra nunca dudó de su lealtad eterna al cancionero estadounidense anterior al rock y la mayoría de sus intentos por interpretar canciones contemporáneas en su álbum de los 1980, “Trilogoy”: Past Present Future”, sonaban ingenuas.

A mediados de los 1960, su carrera era la historia de un monarca establecido que revisaba sus logros mientras que, conscientemente, estaba metido en una causa perdida, la lucha contra el tiempo. En su último gran álbum, “Francis Albert Sinatra & Antonio Carlos Jobim”, de 1967, canta baladas brasileñas de bosa nova con voz suave y cansada, la de un Lothario envejecido, anhelante de la juventud perdida. Después de la gran declaración formal de “September of My Years”, su álbum al cumplir 50 años, se aceleró el lento desvanecimiento de su carrera.

Su último intento de una gran declaración fue su álbum de estudio de 1981, “She Shot Me Down”. Este quejido de agotamiento incluyó una versión funeraria del éxito de Cher “Bang Bang” y un nuevo ensueño sombrío, “A Long Night”, de Alec Wilder y Loonis McGlohon, que, derrotado, volvía al pasado. Se siente su desesperación:

He visto lo que las esquinas de las calles le hacen a cosas como el amor y los sueños. He visto lo que la botella le puede hacer a un hombre, a sus esperanzas y a sus planes. Al final, siempre gana lo negro.

Si buscar formas para conmemorar el cumpleaños del cantante, aquí hay algunas opciones.

Se pueden escuchar las 100 pistas de retrospectivas, cada una de las cuales se sacó este año: “Ultimate Sinatra”, que incluye todos los éxitos favoritos desde “Night and Day”, hasta “Fly Me to the Moon” y “A Voice on Air”, que desentierra grabaciones de radio que abarcan dos décadas

Sintonizar Siriusly Sinatra en el canal SiriusXM con su programación de todo el día, incluidos programas cuyos anfitriones son los hijos del cantante, Nancy, Frank, Jr. Y Tina.

Ver “All or Nothing at All”, un documental de HBO sobre Sinatra por Alex Gibney, que se vuelve a transmitir a las 12 p.m. “Nos recuerda el tipo de estrellato del que gozó Sinatra, uno que algunas personas podrían pensar que lo inventó Elvis Presley o los Beatles, escribió Neil Genzlinger en su reseña para The New York Times.

Leer el terminante ensayo que escribió Gay Talese para Esquire sobre Sinatra en 1966. A pesar de nunca haber conseguido una entrevista con Sinatra, Talese capturó brillantemente el espíritu de una leyenda como un león agotado.

Asistir a uno de los muchos conciertos en los que se rinde tributo a Sinatra por todo Estados Unidos _ desde Michael Feinstein en el centro New Jersey Performing Arts hasta Frank Sinatra, Jr., en Beverly Hills, California, a Joe Piscopo en Bethlehem, Pensilvania.