PorThomas Erdbrink / New York Times News Service

El sol de las primeras horas de la mañana iluminaba magramente la oscuridad de este triste distrito, serie de casas vacías, cayéndose a lo largo de una carretera a través del polvoriento paisaje desértico en el sureste de Irán.

Hasta hace aproximadamente una década, Amin Shoul solía venir aquí cada año para ayudarle a su padre a cosechar pistaches, las nueces que son tanto un símbolo de Irán como el caviar. Ahora, con las últimas reservas de agua freática explotadas, la arboleda de la familia y los campos al parecer interminables más allá de él están llenos de árboles muertos, sus ramas color hueso marcando un letal contraste con el cielo turquesa.

Shoul, de 32 años de edad, periodista, dijo que él y su familia se habían mudado lejos varios años atrás, dejando la casa a ocupantes ilegales, jornaleros desempleados viviendo de magros estipendios del gobierno; e incluso ellos habían empezado a marcharse. “Yo no veo cómo podemos regresar alguna vez al pasado”, comentó llanamente.

A medida que Irán va saliendo del aislamiento tras haber firmado un acuerdo nuclear con Occidente, la atención se ha centrado en sus relaciones comerciales, particularmente en las industrias del petróleo y aerolíneas. Sin embargo, Irán necesita experiencia en diversas áreas, incluido el ambiente. Lo más urgente en ese sentido es su inminente crisis del agua.

Irán está en las garras de una sequía de siete años que no da señales de amainar y que, creen muchos expertos, pudiera ser la nueva normalidad. Incluso un regreso a niveles pluviales del pasado pudiera no bastar para desviar una crisis nacional del agua, pues el país ya ha consumido 70 por ciento de sus reservas subterráneas en los últimos 50 años.

Siempre árido, Irán enfrenta la desertificación a medida que lagos y ríos se secan y planicies ante fértiles terminan secas. Con base en Naciones Unidas, Irán alberga a cuatro de las 10 ciudades más contaminadas en el mundo, con polvo y desertificación entre las causas principales.

En Zanjan, en el centro de Irán, el histórico puente Mir Baha-eddin cruza un lecho ribereño de arena, piedras y hierbas. En Gomishan, en las costas del mar Caspio, los pescadores que alguna vez construyeron casas sobre postes rodeados de agua dulce ahora tienen que conducir por kilómetros para llegar a la ribera que va retrocediendo. En Urmia, cerca de la frontera turca, los residentes han efectuado protestas para exigir que el gobierno regrese agua a lo que solía ser un descomunal lago y que ahora es tan solo la fuente de tormentas de polvo.

Más de 15 por ciento de las alrededor de 60,000 hectáreas de pistacheros en la principal área de producción, en la provincia de Kerman, han muerto en la última década aproximadamente.

Una red nacional de presas, a menudo elogiadas por la televisión del estado como una señal de progreso y manejo del agua, se está sumando a la escasez de agua en muchos lugares al tiempo que contribuye a agotar el agua freática. En Isfahán, lo que alguna vez fue el icónico río Zayanderud ahora es una polvorienta cicatriz del tamaño del Siena serpenteando a través de la ciudad, porque funcionarios públicos fueron obligados a desviar su cauce a la ciudad desértica de Yazd.

En Teherán, los funcionarios a duras penas lograron mantener el agua corriendo este verano, conforme los depósitos se fueron encogiendo hasta niveles peligrosamente bajos. Los subsidios para agua y electricidad fomentan el consumo excesivo en áreas urbanas. Isa Kalantri, ex ministra de agricultura, advierte que más de la mitad de las provincias de Irán pudieran terminar siendo inhabitables dentro de 15 años, desplazando a millones de personas.

Como en California, bajo el peso de la sequía, la agricultura representa alrededor de 90 por ciento del consumo de agua en Irán. Y aquí, la situación no mejora por la incidencia de burdos métodos de irrigación que se remontan varios siglos atrás y otras prácticas despilfarradoras.

Donde no hay ya ríos más largos y lagos que ser explotados, desesperados agricultores y municipios están recurriendo a menguantes reservas de agua freática. Los perforadores informan que están encontrando cada vez más puntos secos, incluso a profundidades de más de 180 metros. Cuando efectivamente encuentran agua, dicen, a menudo está contaminada con metales pesados y arsénico, liberado a medida que el taladro a través sedimento.

El cambiante paisaje es demasiado visible en la provincia de Kerman. En un pasado no tan distante, el área era un cinturón de verde extendiéndose a lo largo de cientos de kilómetros cuadrados, usando agua subterránea para producir grano y pistaches. Ahora, el sol achicharra planicies sin árboles que están dando paso cada vez más a desiertos. Durante tormentas, los árboles muertos pierden sus ramas, convirtiéndose en tocones, al tiempo que el polvo gira alrededor en cantidades siempre crecientes.

En la arboleda de pistaches muertos, una rara tormenta dejó hace poco líneas blancas en el suelo rojo.

“Sal y otras cosas”, dijo Shoul; residuo del agua contaminada traída a la superficie por pozos que succionaron el agua freática que restaba años atrás. Dijo que él tenía piedras en los riñones, al igual que muchos otros en la región, resultado, dijo, de que bebía agua del grifo.

“La ironía”, dijo, “es que tengo que beber incluso más agua para reducir el dolor”.

La provincia Kerman sigue siendo uno de los mayores productores de pistache en el mundo, pero sus métodos de irrigación con frecuencia son anticuados. En un campo, un agricultor, Ismael Alizadé, abrió un tubo de ocho pulgadas durante mediodía, bajo el intenso sol, inundando un campo de árboles de pistache. “Siempre lo hemos hecho de esta manera”, dijo, encogiéndose de hombros.

Soheil Sharif, importante productor en el área, dijo que otros agricultores lo habían ridiculizado cuando instaló un sistema de irrigación por goteo de 600,000 dólares en su arboleda de pistaches de 36 hectáreas, hace unos pocos años. Sin embargo, ahora su granja es verde, en tanto otras en los alrededores se han secado.

Él responsabilizó al gobierno por mantener los precios de la electricidad y el agua en bajos niveles, diciendo que él pagaba tan solo 270 dólares mensuales por su cuenta de electricidad, cubriendo su enorme bomba y 20 empleados. “Es ridículo”, dijo. “Y si bien no tenemos agua, su precio también es casi regalado”.

Su inversión ha rendido fruto, reconoció Sharif, de 44 años de edad. “Me he comprado otros 15 años”, dijo mientras caminaba entre árboles de pistache recientemente pizcados. Eso es justo lo suficiente para durarle hasta su retiro.

“Después de eso, este lugar, como todo lo demás aquí, se acabó”.