Por Jane E. Brody / New York Times News Service

Entusiastas del yoga vinculan la práctica a una larga lista de beneficios para la salud, incluyendo mayor flexibilidad y rango de movimiento, músculos más fuertes, mejor postura y equilibrio, menor tensión emocional y física, así como mayor conciencia de uno mismo y autoestima.

Sin embargo, es desafiante probar estos beneficios, pues requiere de años de costosa investigación. Es improbable que una empresa farmacéutica financie un estudio que no involucre un fármaco y, en cualquier caso, la investigación requiere de un gran grupo de voluntarios seguidos durante un periodo muy largo.

Los sujetos deben proporcionar medidas de salud al comienzo, aprender las poses apropiadas, seguir haciéndolas con regularidad durante años y, de la misma forma, ser evaluados con regularidad.

Nadie conoce estos desafíos mejor que el Dr. Loren M. Fishman, fisiatra en la Universidad de Columbia que se especializa en medicina de rehabilitación. Durante años, él ha estado reuniendo evidencia sobre yoga y salud ósea, con la esperanza de precisar si el yoga pudiera ser una terapia efectiva para la osteoporosis.

La idea no es aceptada ampliamente en la comunidad médica pero, hay que considerar, los investigadores saben comparativamente poco sobre medicina complementaria en general. Así que en 2005, Fishman lanzó un pequeño estudio piloto de movimientos de yoga que arrojó algunos resultados alentadores. Once practicantes habían incrementado su densidad ósea en la columna y caderas, informó el médico en 2009, comparado con siete sujetos de control que no practicaron yoga.

A sabiendas de que ocurren más de 700,000 fracturas espinales y más de 300,000 fracturas de cadera anualmente en Estados Unidos, Fishman esperaba que hallazgos similares de un estudio mucho mayor pudieran convencer a médicos de que vale la pena ir en pos de esta alternativa de bajo costo y menos peligro a fármacos para la pérdida de hueso.

Esos medicamentos pueden producir adversos efectos secundarios como aflicción gastrointestinal y fracturas del fémur. De hecho, un estudio reciente publicado en Intervenciones Clínicas en el Envejecimiento arrojó que entre 126,188 mujeres cuyos resultados mostraron que tenían osteoporosis, todas las cuales tenían cobertura Parte D del Medicare para medicina, solo 28 por ciento había empezado la terapia de fármacos para huesos al año de diagnóstico.

Muchos de quienes evitaron fármacos estaban intentando evitar problemas gastrointestinales.

Por otra parte, los “efectos secundarios” del yoga, escribieron Fishman y colegas en fecha reciente, “incluyen mejor postura, mejor equilibrio, más coordinación, mayor rango de movimiento, más fuerza, menores niveles de ansiedad y mejor paso al andar”.

A menudo se recomienda actividad con peso a pacientes con pérdida ósea, y Fishman argumenta que ciertas posiciones de yoga encajan en el programa.

“El yoga ejerce mayor presión sobre el hueso que la gravedad”, dijo en una entrevista. “Al oponer un grupo de músculos contra otro, se estimulan los osteocitos, las células que forman hueso”.

La mayoría de los expertos argumentan que es difícil, quizá imposible, que los adultos adquieran considerable masa ósea. Sin disuadirse, Fishman invirtió su propio dinero y con tres colaboradores –Yi-Hsueh Lu de la Universidad Rockefeller, Bernard Rosner de Brigham y Hospital de la Mujer, así como el Dr. Gregory Chang de la Universidad de Nueva York– solicitaron voluntarios por todo el mundo a través de Internet para un seguimiento de este pequeño estudio piloto.

De las 741 personas que se unieron a su experimento de 2005 a 2015, dieron seguimiento 227 (de las cuales 202 eran mujeres) haciendo las 12 poses diarias de yoga asignadas o cuando menos cada tercer día. La edad promedio de los 227 participantes al unirse al estudio era 68, al tiempo que 83 por ciento tenía osteoporosis o su precursor osteopenia.

Las 12 poses, siguiendo sus nombres en inglés, eran árbol, triángulo, guerrero II, ángulo lateral, triángulo torcido, langosta, puente, mano a pie supino I, mano a pie supino II, giro de pierna derecha, giro de rodilla doblada y pose de cadáver. Cada pose era mantenida durante 30 segundos. El régimen diario, una vez aprendido, tomaba 12 minutos.

Los investigadores reunieron datos al comienzo del estudio sobre las medidas de densidad ósea de los participantes, química sanguínea y orina, así como radiografías de sus columnas y caderas.

A cada uno le dieron un DVD de las 12 poses de yoga usadas en el estudio piloto y un programa en línea en el cual registrar lo que habían hecho y la frecuencia.

Una década después del comienzo del estudio, se tomaron de nuevo mediciones de la densidad ósea y fueron enviados a los investigadores; también se repitieron radiografías de muchos participantes. Los hallazgos, con base en lo informado el mes pasado en Tópicos de Rehabilitación Geriátrica, mostraron mejoría en densidad ósea en la columna vertebral y fémur de los 227 participantes que cumplieron moderada o plenamente los ejercicios de yoga asignados.

Se vieron igualmente mejoras en la densidad ósea de la cadera, pero no fueron significativas estadísticamente.

Antes del estudio, los participantes habían tenido 109 fracturas, ya sea reportadas por ellos o encontradas en radiografías.

En la época que el estudio fue presentado para publicación, “con más de 90,000 horas de yoga practicada en mayor medida por gente con osteoporosis u osteopenia, no se ha informado de fracturas ni se han detectado en radiografías, como tampoco de lesiones serias de cualquier tipo relacionadas con la práctica de yoga en cualquiera de los 741 participantes”, escribieron Fishman y sus colegas.

“Todo parece indicar que el yoga es seguro, incluso para gente que ha sufrido considerable pérdida ósea”, dijo Fishman en una entrevista.

Más aún, un estudio especial de calidad ósea, practicado a 18 de los participantes, mostró que ellos tenían “mejor soporte interno de sus huesos, lo cual no se mide con un escáner de densidad ósea, pero reviste importancia para resistir fracturas”, destacó Fishman.

El estudio tiene muchas limitaciones, incluyendo el uso de voluntarios que se eligieron solos y la falta de un grupo de control. Sin embargo, considerando todo, concluyó el equipo, los resultados pudieran darle apoyo a la añeja creencia de Fishman en el sentido que el yoga puede contribuir a revertir la pérdida ósea.

Incluso si la densidad ósea no aumentaba, las mejoras en postura y equilibrio que pueden acumularse a raíz de la práctica de yoga pueden ser protectoras, notó Fishman.

“Las fracturas espinales pueden resultar de una mala postura, y no hay medicamento para eso, pero el yoga es útil”, dijo.

Aunado a lo anterior, “el yoga es bueno para el rango de movimiento, fuerza, coordinación y menor ansiedad”, dijo, “todo lo cual contribuye a la capacidad de mantenerse erguido y no caer. Si usted no cae, reduce enormemente su riesgo de una fractura grave”.