Henry Ford fue un hombre inteligente pero nunca hizo cálculos cuando decidió poner sobre ruedas a cada familia en Estados Unidos.

Un siglo después del Modelo T, el primer vehículo al alcance del consumidor corriente, el mundo tiene un problema con los autos. En EE.UU. y China los consumidores comprarán alrededor de 40 millones de vehículos ligeros en 2015, según IHS. A nivel global, estamos camino a alcanzar 100 millones de vehículos al año en 2020.

Eso es más que un montón de automóviles. Eso es un océano de carros, una inundación, ola tras ola chocando con la orilla del mundo industrializado. Sin embargo, tanto los responsables de políticas como la gente común han sido impotentes ante los cantos de sirena del automóvil. Incluso en la ciudad más arruinada por los autos, el tóxico estacionamiento llamado Beijing (o una urbe casi paralizada por el tráfico como Bogotá), el apetito por el automóvil —como elemento de estatus, como lujo, como tótem de dominio personal en una frágil mentalidad poscolonial— sigue impulsando a millones más a acoger el smog.

Lo absurdo de nuestro enfoque centenario sobre la movilidad queda reflejado en una estadística: la tasa de utilización de los automóviles en EE.UU. es de aproximadamente 5%. Para el 95% del tiempo restante (23 horas), nuestros autos permanecen inmovilizados, en un lento derroche de dinero al estilo de los apartamentos en la playa.

¿Pero qué tal si, al igual que los apartamentos, la propiedad de los autos pudiera ser compartida? Es una de las primeras lecciones de la vida, como compartir juguetes, padres, habitaciones y sentimientos. Sin embargo, a medida que los pequeños consumidores se convierten en adultos, se olvidan de las alegrías de no ser egoístas. Eso está por cambiar. Y no me refiero al consumismo colaborativo que vemos a nuestro alrededor —el transporte entre pares como en el caso de Uber—, que es simbólico y temporal, que durará sólo hasta que la automatización se haga realidad, un punto en el cual podremos liberarnos del operador. Y por operador me refiero a nosotros.

Dentro de una generación, los automóviles serán dotados de lo que se conoce como autonomía de nivel 4 —inteligencia artificial que permitirá que los vehículos se conduzcan por sí mismos—, que no sólo va a cambiar las reglas del juego sino que incendiará el casino completo. La autonomía hará posible que el usuario llame un automóvil sin conductor a su ubicación, a través de una aplicación. Y no cualquier vehículo que pasa por ahí, sino exactamente el vehículo necesario para la ocasión, limpio y con el tanque lleno, sin importar por cuánto tiempo lo necesite (la disponibilidad podrá variar según el lugar de residencia). Cuando haya terminado, listo, el vehículo se irá solo.

Usted no paga por el auto, sino por los kilómetros.

Será una nueva forma de viajar. Empecemos por el comienzo. ¿Necesita una camioneta durante tres fines de semana al año pero no quiere pagar por los restantes 49? La autonomía puede permitir esto fácilmente sin una visita a la empresa de alquiler. ¿Necesita un vehículo para llevar a su madre al médico o recoger a su esposa en el aeropuerto? Dentro de una década, las grandes automotrices y los actores menores competirán por el privilegio de enviar a los consumidores vehículos a la carta, para un viaje de un solo trayecto, una tarde, un fin de semana, un mes. Estas transacciones circularán por las entrañas de sus tarjetas de crédito, y usted ni siquiera las sentirá.

Los consumidores mirarán hacia el pasado, antes de los vehículos autónomos, como la era de las calculadoras Casio y los comandos del sistema operativo DOS. ¿Se acuerda de los taxistas? ¿De las congestiones de tráfico? ¿O de cuando los padres vivían con el temor de que sus hijos fuesen a morir en un accidente de tránsito? Las fatalidades y las lesiones graves por esto se reducirán drásticamente. Otros costos del automóvil —la decreciente productividad y la quema de combustible por un tráfico descoordinado— también serán eliminados. “Más allá de los beneficios prácticos, los vehículos autónomos podrían generar por sí solos ahorros de US$1,3 billones a la economía estadounidense”, escribió Ravi Shanker, analista de Morgan Stanley que cubre el negocio automotor de EE.UU. El ahorro global sería de alrededor de US$5,6 billones.