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Por Paul Krugman (Premio Nobel Economía)

NYT_Twitter_Krugman_400x400La riqueza puede ser mala para el alma. No se trata sólo de una vieja conseja popular; es una conclusión de la ciencia social seria, confirmada por el análisis estadístico y un experimento. Es menos factible que los acaudalados, en promedio, manifiesten empatía; es menos probable que respeten las normas e, incluso, las leyes, y es más posible que hagan trampa que aquellos que ocupan los escalones más bajos de la escalera económica.

Y es obvio, aun si no contamos con la confirmación estadística, que la riqueza extrema puede hacer un daño espiritual extremo. Por ejemplo, si a alguien cuya personalidad podría haber sido meramente desagradable en circunstancias normales, se le da el tipo de riqueza que le permite rodearse de psicópatas y, por lo general, obtener cualquier cosa que quiere. No es difícil ver cómo podría volverse casi patológicamente egoísta e indiferente hacia los demás.

¿Qué le pasa a un país que le da cada vez mayor poder político a los superricos?

El Estados Unidos moderno es una sociedad en la que una parte creciente del ingreso y de la riqueza está concentrada en las manos de un cantidad reducida de personas, y ellas tienen enorme influencia política –en las primeras etapas de la campaña presidencial del 2016, alrededor de la mitad de las contribuciones ha provenido de menos de 200 familias acaudaladas. La inquietud usual sobre esta marcha hacia la oligarquía es que los intereses y las preferencias políticas de los muy ricos son bastante diferentes de las de la población en general, y ese es, sin duda, el mayor problema.

Sin embargo, también es cierto que quienes se empoderan con la política motivada por el dinero incluyen a una cantidad desproporcionada de egomaníacos mimados. Lo cual me trae al actual ciclo electoral.

El ejemplo más obvio de este argumento que he estado desarrollando es el hombre que hoy es el puntero en el campo republicano. Es probable que Donald Trump hubiera sido un fanfarrón y un bravucón sin importar su situación social. Sin embargo, sus miles de millones de dólares lo han aislado de los contrapesos externos que limitan la capacidad de hacer vivir sus tendencias narcisistas a la mayoría de las personas; nadie, nunca, ha estado en posición de decirle: “¡Está despedido!”. Y el resultado es la cara que se sigue viendo en la televisión.

Sin embargo, Trump no es el único multimillonario impresionantemente egocéntrico que tiene un enorme papel en la campaña del 2016.

A últimas fechas, ha habido algunos artículos periodísticos interesantes sobre Sheldon Adelson, el magnate del juego en Las Vegas. Ha estado involucrado en algunos procesos judiciales bastante complejos, que giran en torno a denuncias de falta de ética profesional de sus agentes en Macao, incluidos vínculos con el crimen organizado y la prostitución. Dado su negocio, esto puede no resultar tan sorprendente. Lo que fue sorprendente fue su comportamiento en el tribunal, donde se negó a responder preguntas rutinarias y discutió con la jueza, Elizabeth Gonazles. Eso, como señaló ella correctamente, no es algo que hagan los testigos.

Después, Adelson compró el periódico más grande de Nevada. Cuando se estaba finiquitando la venta, se les dijo a los reporteros del diario que dejaran todo y empezaran a monitorear todas las actividades de tres jueces, incluida Gonzales. Y si bien el periódico nunca publicó ninguno de los resultados de esa investigación, sí apareció un ataque contra Gonzales, firmado por lo que parece ser alguien ficticio, en un pequeño periódico de Connecticut, propiedad de uno de los asociados de Adelson.

Está bien, ¿pero por qué nos debe de importar? Porque el gasto político de Adelson lo ha hecho un jugador enorme en la política republicana, tanto así que es rutinario que los reporteros hablen sobre las “elecciones internas de Adelson”, en las que los candidatos van a Las Vegas a tributar homenaje.

¿Hay otros casos? En efecto, sí los hay, aunque la egomanía no llega a los niveles de Adelson. De repente pienso en, por ejemplo, el multimillonario de los fondos de cobertura, Paul Singer, otro gran poder en el Partido Republicano, que publicó la carta de un inversionista en la que sostenía que la inflación era rampante –podía decirlo por los precios de los bienes inmobiliarios en los Hampton y el arte de gran calidad. Los economistas se rieron con ese incidente, pero hay que pensar en el ensimismamiento requerido para escribir algo como eso sin darse cuenta de cómo podría sonarles a quienes no son multimillonarios.

O, pensar en los diversos multimillonarios que, hace unos cuantos años, declaraban con caras largas y ningún signo de conciencia de sí mismos, que el presidente Barack Obama estaba conteniendo a la economía al sugerir que algunos empresarios se habían portado mal. Lo que pasa es que estaba hiriendo sus sentimientos.

Solo para que quede claro, la mayor razón para oponerse al poder del dinero en la política es la forma en la que permite que los acaudalados manipulen al sistema y distorsionen las prioridades políticas. Y la mayor razón por la que los multimillonarios odian a Obama es por lo que les hizo a sus impuestos, no a sus sentimientos. El hecho de que algunos que compran influencia también son personas horribles es secundario.

Sin embargo, no es algo trivial. La oligarquía, el gobierno de unos cuantos, también tiende a convertirse en el gobierno de los monstruosamente egoístas. ¿Narcisocracia? ¿jaloneoarquía? De cualquier forma, es un espectáculo horrible y es probable que se vaya a poner más feo en el transcurso del año por delante.