Editorial

La nueva encargada de Despacho de la  Secretaría de Innovación, Ciencia y Desarrollo Tecnológico del Estado de Michoacán no tiene perfil para el cargo, no aporta nada en materia de política científica y no posee las redes necesarias para activar el sector. Lo que no significa que no sea una excelente señora, muy simpática, con padrino político y trabajadora. Pero no es una científica, no es una investigadora, no ha desarrollado políticas tecnológicas y no tiene una mínima idea de las grandes tendencias mundiales en materia de desarrollo tecnológico.

Cuando Adrián López Solís, por instrucciones del gobernador constitucional  entregó la designación como encargada del despacho de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Desarrollo Tecnológico a Patricia Flores Anguiano, esto en cumplimiento a las reformas a Ley Orgánica de la Administración Pública de la entidad, lo único que transmitió a la Comunidad Científica y a los Michoacanos en general, es que una área que debería ser prioritaria para cualquier gobierno civilizado en el siglo XXI, es en la realidad tratada como superflua en el estado de Michoacán.

Si bien, la nueva titular tiene un perfil partidista reconocido y la confianza de una de las tribus perredistas, no tiene ni conocimiento del área, ni experiencia de investigación, ni se ha desarrollada dentro  de estructuras, ni posee grados de especialización o de posgrado en ninguna área substantiva para este tipo de secretaría.

Podemos entonces interpretar que, para el ejecutivo estatal esta nueva secretaria sirve como adorno y tiene como única función crear una plaza (eso sí, con nómina al más alto nivel) para cumplir con un compromiso político.

En los contextos contemporáneos, la existencia de una Secretaría de Innovación, Ciencia y Desarrollo Tecnológico es esencial para la creación de las condiciones propicias para impulsar, coordinar y coadyuvar al desarrollo regional a través de la Innovación y el desarrollo educativo, científico y tecnológico del Estado.

Si bien el crecimiento económico depende de múltiples factores, la ciencia y la tecnología (CYT) han sido consideradas como catalizadores del progreso socioeconómico. Durante la mayor parte del siglo XX, el Producto Interno Bruto (PIB) de países como Estados Unidos, Japón, Alemania, Suecia y Finlandia creció aceleradamente. Este crecimiento solo puede ser explicado si se considera la contribución del progreso tecnológico, el cual es el resultado de una inversión sostenida y creciente en las actividades de investigación y desarrollo.

Asimismo, el asombroso crecimiento de las economías de China e India se debe en buena parte a su orientación hacia la generación y empleo del conocimiento. En tan solo 30 años, el PIB per cápita de China e India aumentó 670 y 430%, respectivamente. Dicha orientación no solo ha transformado el ámbito macroeconómico, sino que también ha hecho posible que millones de personas salgan de la pobreza y de la marginación en un periodo relativamente corto. En contraste, algunos países latinoamericanos han promovido el crecimiento basándose principalmente en el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y el aumento de las exportaciones de productos de escaso valor añadido.

Tal ha sido el caso de México, donde la CYT no han sido aprovechadas como estrategia central para detonar el desarrollo, a nivel federal, pero este esfuerzo nunca ha sido coordinado con los estados y, por lo tanto, no ha desencadenado el empuje necesario para sacar a algunas entidades federativas ( tal como es el caso de Michoacán) de un retraso estructural, tecnológico y científico que se traduce en la crisis sistémica económica.

En su opuesto, como en Nuevo León,Puebla ,  Jalisco o Querétaro, otras entidades federativas han hecho su tarea y consolidado sus industrias con las aportaciones de los centros de investigación, contextos favorecidos por políticas públicas estatales que promueven los clusters y la emergencia de zonas tecnológicas -industriales  que podemos llamar de modelo.

Ahora bien, en ninguno de los casos de éxito se dejan estas áreas prioritarias en manos de amadores o de burócratas partidistas y mucho menos de bajos perfiles del tipo de la “Tía” Patricia.

Sería bueno que los michoacanos  miren con atención, por ejemplo,  el caso ejemplar de Nuevo León (el nuevo Syllicon Valley mexicano), que se detengan en observar las fortalezas de la presencia de la UMSNH, del TEC , de los Tecnológicos  y de la ENES en la entidad para que se den cuenta de todo lo que podríamos lograr y de todo lo que la clase política está echando fuera con su ignorancia, desprecio y valemadrismo en materia de Innovación, Ciencia y Desarrollo Tecnológico.

No debemos también olvidar que, por otra parte,  la intensidad de la actividad en investigación y desarrollo se corresponde con mejores índices de ingreso y bienestar de la población en las distintas regiones del país. Pero el ejecutivo olvida, con su manifiesto desprecio y por su falta de voluntad política en materia científica y tecnológica  que un  ambiente propicio para la investigación e innovación está íntimamente ligado con el desarrollo de una sociedad.