Por Nate Cohn/ New York Times News Service

Donald Trump tiene una posición dominante en encuestas nacionales debido a que, sobre todo, él es sumamente fuerte entre personas en la periferia de la coalición republicana.

Su mayor fuerza es entre republicanos que tienen menos riqueza, menos educación y menores probabilidades de salir a votar. Sus mejores electores se identifican como republicanos que, sin embargo, están registrados como demócratas. Es una coalición que se concentra en el Sur, Apalaches y el Norte industrial, con base en datos proporcionados a The Upshot por Civis Analytics, firma de datos demócrata.

La enorme ventaja de Trump entre estos grupos presenta, de hecho, un desafío para su campaña, debido a que pudiera no tener la operación de concurrencia necesaria para movilizar a votantes irregulares. Además, representa un desafío para el Partido Republicano (GOP), que ha mantenido su competitividad a pesar de derrotas entre electores no-blancos y jóvenes electores a través de agregar votantes mayores y blancos, muchos del Sur. Estos avances han ayudado al partido a recuperar la cámara baja, el Senado y muchos gobiernos estatales. Sin embargo, estos mismos votantes ahora pudieran estar dificultándole al partido ampliar su atractivo hacia personas que no son blancas y sí más jóvenes; quizá, incluso ayudando a nominar a Trump.

Los estimados de Civis se fundamentan en entrevistas con más de 11,000 personas encuestadas de tendencia republicana desde agosto. La gran muestra, combinada con técnicas de modelos estadísticos, presenta el estudio más detallado hasta la fecha de los contornos de la inusual coalición de Trump.

Los estimados reflejan la contienda como estaba el 21 de diciembre, cuando Trump superaba a Ted Cruz, en ascenso, con 33 por ciento contra 20 por ciento. Los estimados del modelo no incluyen personas indecisas, así que todos los conteos son modestamente mayores de lo que serían si el sondeo estuviera informando de los resultados fuera del modelo con votantes indecisos.

Quizá por encima de todo lo demás, los datos revelan que Trump tiene amplio apoyo, extendiéndose a los principales grupos demográficos. Él es líder entre mujeres republicanas y entre personas en áreas bien educadas y prósperas. Incluso tiene una delantera nominal entre encuestados republicanos que, estimó Civis, son hispanos, con base en sus nombres y la zona en que viven.

Sin embargo, la delantera de Trump no es igual entre todos los grupos, o a lo largo de todas partes en Estados Unidos. Su base de apoyo sigue un claro patrón geográfico. Le va mejor en un vasto tramo del país que se extiende desde la Costa del Golfo, pasando por la columna de las montañas Apalaches, hasta el norte de Nueva York.

El mejor estado para Trump es Virginia Occidental, seguido por Nueva York. Ocho de los 10 mejores distritos congresuales de Trump están en Nueva York, incluidos varios en Long Island. Siguen Carolina del Norte, Alabama, Misisipí, Tenesí, Luisiana y Carolina del Sur.

Su fuerza en el Sur es mermada solo por Ted Cruz en Texas y Mike Huckabee en Arkansas. (Huckabee, pese a su debilidad en todo el país, sigue teniendo una delantera en el distrito congresual de su poblado en Arkansas.) A Trump le va bien en Florida, a pesar de la presencia de dos candidatos del estado.

El margen de incertidumbre en torno a estimados del distrito del Congreso es más o menos 8.7 puntos porcentuales, incluso después de más de 11,000 entrevistas y el beneficio de modelar. Los datos también reflejan las preferencias de electores republicanos para elecciones generales en 2016: un grupo menor que todos los votantes registrados, pero mayor que un electorado para primarias o delegación partidista. Sin embargo, el amplio patrón en los datos de Civis sigue siendo claro.

La fuerza de Trump se desvanece conforme uno se mueve hacia el oeste. Casi todos sus estados más débiles –16 de sus peores 19– yacen al oeste del Misisipí. Las luchas de Trump en Iowa pudieran no solo reflejar un desafío específico del estado; pudiera simplemente ser el único estado de las Grandes Planicies u Oeste Montañoso donde encuestadores públicos a menudo conducen sondeos de opinión pública. Su peor es Utah, estado tradicionalmente republicano y pudiente.

Su patrón geográfico de apoyo no solo es sobre demografía; logro educativo, por ejemplo. Tampoco es necesariamente el típico patrón para un populista. Es casi el opuesto exacto del apoyo de Ross Perot en 1992, que registró su máxima fuerza en el Oeste y en Nueva Inglaterra, y mayor debilidad en el Sur y el Norte industrial.

Sin embargo, sigue siendo un patrón familiar. Es similar a un mapa de la tendencia hacia el racismo por región, con base en medidas como la incidencia de búsquedas de Google para insultos raciales y chistes racistas, o veintenas de pruebas de asociación implícita.

“Este tipo de ánimo hacia estadounidenses negros es mucho más común de lo que prácticamente cualquiera hubiera supuesto”, dijo Seth Stephens-Davidowitz, el economista que usó búsqueda de datos en Google por primera vez para medir el ánimo racial y argumentó que Barack Obama perdió 4 puntos porcentuales debido al ánimo racial. Actualmente él es un escritor que contribuye con artículos de opinión en el New York Times.

Búsquedas racialmente cargadas ocurren en todas partes: son prácticamente tan comunes como búsquedas en pos de “The Daily Show” o de los Lakers de Los Ángeles. Pero, son más comunes en algunas partes del país que en otras.

Si bien el respaldo de Trump es fuerte en áreas similares, eso no prueba que la mayoría o incluso muchos de sus partidarios estén motivados por un ánimo racial. Sin embargo, eso es consistente con la posibilidad de que cuando menos algunos lo estén. Las mismas áreas donde el ánimo racial es más alto en los datos de Google son también áreas menos educadas y mayores, y a Trump suele irle mejor entre esos grupos; aunque el efecto de datos de Google sigue teniendo la misma fuerza después de controlar estos otros factores.

Esas áreas también incluyen muchos de los lugares donde los demócratas han perdido más terreno a lo largo del último medio siglo, y donde Hillary Clinton tendió a tener mejores resultados entre electores blancos en su contienda en contra de Obama en las primarias demócratas de 2008.

La fuerza de Trump entre votantes tradicionalmente demócratas pudiera presentar algunos problemas para su campaña. Muchos estados prohíben que votantes registrados con el otro partido participen en primarias partidistas. Otros estados van más lejos, impidiendo que votantes no afiliados voten en unas primarias; en la contienda del partido republicano, por ejemplo, eso significaría restringir el electorado a aquellos registrados como republicanos… uno de los grupos más débiles de Trump. Este grupo de estados incluye muchos favorables a Trump, como Florida, Pensilvania y Nueva York.

Otro desafío para Trump es que él capta el respaldo de muchas personas que, se considera, tienen pocas probabilidades de salir a votar. Civis encontró que él ganaba 40 por ciento del voto entre quienes juzgó con menos de 20 por ciento de probabilidades de participar en la elección general, ya no digamos en las primarias. Él captó 29 por ciento entre quienes tenían más de 80 por ciento de probabilidades de votar en las elecciones de noviembre.

La campaña de Trump necesitará movilizar a estos votantes menos probables para aprovechar al máximo su fuerza. Sin embargo, tampoco se debería exagerar el desafío. Los demócratas registrados integran apenas 8 por ciento de quienes se identifican como republicanos en los estados con registro partidista, con base en los datos de Civis. Además, Trump sigue a la cabeza cómodamente entre electores con mayor asistencia a las urnas y republicanos registrados.

A final de cuentas, su coalición pudiera augurar un mayor desafío para el Partido Republicano del que augura para su propia candidatura.

Se ha argumentado que el divisivo lenguaje de Trump pudiera dificultar que el partido acreciente su atractivo. Sin embargo, la creciente dependencia del GOP en votantes blancos de edad mayor y menos educados, a menudo del sur de EU, hizo que esto fuera desafiante mucho antes de que Trump montara una campaña. A largo plazo, el partido necesitará encontrar una manera de satisfacer a sus conversos más recientes, al tiempo que mantiene un mensaje que sea atractivo para el resto del país.