Por Hugo Rangel Vargas /Grupo Crónicas Revista

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El Partido de la Revolución Democrática ha entrado en una fase crítica de su vida pública, y es que después de siete años en los que la corriente denominada Nueva Izquierda asumiera el control formal de la dirigencia de dicho partido; los retrocesos han sido evidentes en términos electorales, a los que hay que sumar el abandono de figuras emblemáticas e históricas de las filas de dicho partido y la disolución ideológica que podría enfrentar una vez que se concreten las alianzas con Acción Nacional de cara a los procesos electorales que sucederán en este 2016.

El recientemente electo dirigente nacional perredista, Agustín Basave, había asumido dicha responsabilidad envuelto en un halo de imparcialidad que le daba su génesis académico, la escaza militancia al interior del sol azteca y en consecuencia su falta de pertenencia a alguna de las corrientes perredistas.

Pronto el novel líder aurinegro se vio envuelto en la vorágine del mercantilismo electoral, convirtiéndose en un puntal en las negociaciones que han permitido la construcción de alianzas electorales entre PAN y PRD en Zacatecas, Durango, y últimamente aunque de manera atropellada, en Veracruz y Oaxaca.

La oposición a dichos acuerdos ha sido férrea al interior de las filas del sol azteca debido a que violentan el mandato del Congreso Nacional perredista de septiembre del año pasado, mismo que ordenaba a la dirigencia nacional a construir alianzas preferentemente con la izquierda en los procesos electorales de 2016, siendo el caso que de 13 gubernaturas que se disputarán en el presente año, Nueva Izquierda y Basave han privilegiado el acuerdo con el PAN en 9 de ellas.

El golpe en la mesa de Basave al poner a consideración su renuncia en caso de que los integrantes de la dirigencia nacional perredista impidieran las alianzas con el PAN en Veracruz y Oaxaca, abrió especulaciones sobre la posibilidad de una dirigencia interina e incluso sobre el rumbo que tomaría el PRD con la renovación de la misma el próximo año; poniendo en juego dos alternativas históricas concretas: la decisión de que el PRD contribuya a la reunificación de las izquierdas rumbo al 2018, o bien, la conclusión de su proceso de disolución a partir de una alianza con Acción Nacional en la elección presidencial.

En esta coyuntura ganó terreno una voz que se había mantenido en la esfera de la cautela y la mesura y que ha contribuido a la gobernabilidad del sol azteca en los últimos años: Héctor Bautista y su la expresión Alternativa Democrática Nacional (ADN), han sido factores de reflexión sobre las posibilidades históricas que cancelan las alianzas incondicionales con Acción Nacional y la necesidad de reactivar el espíritu de acción del perredismo.

La militancia histórica de izquierda del legislador mexiquense, ubicada en la década de los ochenta en el Partido Mexicano Socialista y en el Partido Mexicano de los Trabajadores, es probablemente un factor determinante de la postura que ha asumido la expresión que dirige al interior del sol azteca, misma que claramente aspira a la construcción de un amplio frente de izquierda rumbo al 2018.

A la preclara posición política de Bautista, se suma su habilidad de operador y negociador; la cual fue factor fundamental para el ascenso de Basave y seguramente para su continuidad al frente del sol azteca, situaciones ambas que de no haber ocurrido, hubiesen abierto la posibilidad de la permanencia o el triunfo de un integrante de Nueva Izquierda como líder nacional del PRD, y la consecuente definición de la negación del diálogo con las otras fuerzas de izquierda.

Tácticamente, la permanencia de Basave al frente del PRD representa el menor de los males para la izquierda; ideológica y políticamente, pero sobre todo históricamente, Héctor Bautista podría ser la pieza clave en la construcción del punto de quiebre que recoloque a dicho partido en la ruta para la que fue creado: ganar la presidencia de la república para las fuerzas progresistas.