NYT/ Por David González

Bien abrigada para protegerse del frío, Janet Pérez caminaba por la avenida Willis en la sección Mott Haven del Bronx este mes, y se acercaba cortésmente a los padres que esperaban a sus hijos después de la escuela.

Sonrió y habló con suavidad, demasiado consciente del temor exacerbado en este barrio predominantemente mexicano: rumores de redadas de inmigración les habían puesto los nervios de punta a las personas después de que las autoridades en otras ciudades empezaron a deportar a mujeres y niños que habían perdido sus casos de asilo. Para aclarar la confusión Pérez invitaba a quienes estaban preocupados a una reunión comunitaria.

“Era obvio que la gente estaba preocupada”, dijo después. “Me seguían preguntando: ‘¿Son ciertos los rumores? ¿Están haciendo redadas en la Ciudad de Nueva York?’. A algunos de ellos les habían dicho que no salieran o que fueran extra cautelosos”.

Pérez se puede identificar con el miedo. Sus padres la trajeron a la Ciudad de Nueva York desde México cuando ella tenía seis meses de edad y creció como inmigrante no autorizada. Ahora, con 24 años, cumplió la mayoría de edad sorteando obstáculos que encaran los jóvenes como ella, y en los últimos años había podido conseguir un permiso para trabajar y evitar la deportación gracias a una normativa federal que entró en vigor en el 2012.

No obstante, aun antes de eso, ya había decidido que tenía que hablar.

Hasta cierto punto, es una medida del crecimiento y la maduración política de la comunidad mexicana que los jóvenes como Pérez estén participando como voluntarios en una forma en la que sus padres no podían hacerlo. Guiados por las experiencias de grupos de inmigrantes anteriores –y conscientes de cómo sus propias experiencias son diferentes–, quieren usar su voz y habilidades para hacer avanzar a su comunidad en un momento en el que los han satanizado políticos como Donald Trump.

“Creo que mi generación solo se cansó de las injusticias que estaban pasando”, comentó. “Realmente no teníamos nada que perder con expresar nuestras opiniones y exigir nuestros derechos, a diferencia de nuestros padres que tienen hijos y tienen más cosas por las que preocuparse. Podemos ser jóvenes, pero sabemos lo que está pasando”.

La juventud es evidente dentro de las recién ocupadas oficinas de Masa, en el sur del Bronx, el organismo donde trabaja Pérez para ayudar a que las personas consigan servicios legales. Masa se centra principalmente en servicios educativos para niños y familias, y ofrece programas culturales, así como asesoría para manejar asuntos de vivienda y de otro tipo. El personal de 15 empleados aumenta con los 100 profesionales voluntarios que orientan a los jóvenes.

Aracelis Lucero ascendía entre las filas de un banco de inversiones cuando comenzó como voluntaria en Masa, en el 2007. Sintió cierta responsabilidad con hija de inmigrantes de Puebla, México, que nació en el Bronx, cuyo departamento, a veces, estaba abarrotado con unas 25 personas a quienes sus padres ayudaban a reubicarse.

“La comunidad mexicana creció rápidamente en Nueva York, pero todos mis familiares y primos se estaban desertando”, contó. “Ninguno iba a ir a la universidad. Yo tenía que hacer algo”.

Hoy, Lucero, de 33 años, es la directora ejecutiva de la organización. Ella ve que su trabajo es escuchar a los padres y a los jóvenes, asegurarse de que se satisfagan sus necesidades y se escuchen sus inquietudes; cosas que es frecuente que no hagan los funcionarios municipales.

Lucero mencionó la necesidad de la rendición de cuentas políticas y dijo que piensa que los miembros de la generación más joven necesitan encontrar formas de impulsar a la comunidad hacia la participación cívica, un concepto poco conocido para muchos mexicanos debido a su decepción de las autoridades corruptas e ineficientes en su país.

Un refuerzo inesperado en los esfuerzos de los jóvenes activistas, se dio por cortesía de Trump, quien empezó su campaña de precandidato republicano a la presidencia con una andanada en contra de los inmigrantes mexicanos. Lucero dijo que los comentarios energizaron a la gente.

“Para los mexicanos, fue un llamado a despertar: ‘¿Es esto lo que realmente está pasando?’”, preguntó. “Necesitamos prender fuego bajo el asiento de muchas personas. Necesitas esa chispa para empezar un movimiento, y creo que Trump ayudó a echarle leña a la participación en nuestra comunidad. Ha ayudado a unificar a los latinos”.

No hay certeza de cuán lejos pueda llegar. Alyshia Gálvez, una profesora en el Colegio Lehman, quien dirige el Instituto de Estudios Mexicanos allí, dijo que el progreso de largo plazo depende de los cambios en la normativa sobre la inmigración que permitieran que la gente que no lo tiene obtenga el estatus legal. No obstante, la generación más joven está comprometida e informada, y profundamente conscientes de cómo los políticos y los activistas sobre inmigración los han usado en el pasado.

“Los partidos han mimado a los jóvenes activistas más dinámicos”, comentó Gálvez. “Realmente, no les han dado voz”.

Lucero también sabe eso; razón por lo cual le resulta molesto que hasta aliados potenciales en otras organizaciones latinas le hayan dicho claramente que su comunidad debe esperar su turno. Las necesidades, dijo, son demasiado apremiantes.

“Estamos viendo cómo incrementar nuestra representación política”, dijo Lucero. “No creo que queramos esperar otros 30 años. La comunidad se está alistando y no quiere esperar”.