Soft Power

Por Teresa Da Cunha Lopes

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Teresa Da Cunha Lopes

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Nosotros los Nobles

Es de una suprema ironía ( ¿o será un precioso ejercicio de humor negro colectivo?) llamar “elites” a grupos de imbéciles que nunca han leído un libro, escuchado una ópera, viajado a la descubierta del otro, soñado con la luna, llorado con la frase de un poema, que nunca se han colocado una cuestión existencial, que nunca se han indignado con una injusticia, tenido un amigo sincero, probado un reto de solidaridad básica, compartido sueños y nunca han mirado a la vida sin temor a la muerte social. Pero es lo que tenemos. Y, cuando las sociedades definen a estos grupos como “élites”, estamos frente a un enorme déficit de “soft power” (poder “suave” cultural) y, por ende, a una pérdida de poder de atracción interno y externo que tiene altos costos políticos, económicos y de seguridad.

Esta cuestión del déficit de “soft power” puede parecer no grave o mismo ridícula de ser mencionada en una columna de opinión, pero en la realidad son los síntomas de un problema interno profundo que se traduce en la erosión de las formas de convivencia democráticas, del paulatino desaparecimiento de las libertades y, por ende, fortalece la emergencia de los nuevos totalitarismos propulsados por discursos del odio. Tendencias que observamos a nivel global en las formas populistas- fascisantes que asumen políticos como Le Pen (Francia), Trump (Estados-Unidos), Maduro (Venezuela) o en las formas “teocráticas” de ISIS y otros radicalismos religiosos, o aún en la simbiosis entre narco y religión y la emergencia de subculturas de la violencia y culto de la muerte tan propias a los cárteles mexicanos (en particular a los michoacanos, como la Familia Michoacana o los Caballeros Templarios) . Como vemos, son tendencias que también existen a nivel local.

O sea, la falta o disminución del “soft powero “poder blando cultural, se traduce en un déficit de atracción, uno de los tres instrumentos a través de los cuales los países aseguran su poder estratégico, los aparatos de estado el apoyo para sus acciones de gobierno y las civilizaciones su sobrevivencia en la historia. Con efecto, tal como lo sostiene Joseph S. Nye: “un país puede obligar a otros a que actúen en beneficio de sus intereses principalmente de tres formas: la coerción, el pago o la atracción”1. Este último elemento, la atracción, es sumamente poderoso y depende de tres recursos principales : “ una cultura atractiva, valores políticos que defiende de forma fiable y una política exterior con autoridad moral. El desafío consiste en combinar estos recursos con los medios del poder duro, como la fuerza militar o económica, de modo que se refuercen mutuamente.”

El “soft power” o “poder blando cultural” bajo los términos conceptuales definidos por, Joseph Nye desde hace más de 20 años, es un componente importante de la fuerza nacional. Un país con “poder cultural blando, sostiene Nye, podría doblar a otros a su voluntad sin recurrir ni a la fuerza de las armas ni al mero imperialismo económico: .”El éxito depende no sólo del ejército que gana, pero también de la historia ( de la civilización) que gana”, escribió Joseph Nye en 2005. En términos civilizacionales estamos perdiendo la batalla frente a obscurantistas medievales que se videograban cortando cabezas o que piensan que la literatura se reduce a la redacción de narco mensajes en mantas colgadas de puentes y que la cultura son actos políticos presididos por cohortes de funcionarios en corbata.

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Soft Power

Ahora bien, tengo la nítida impresión que nuestras “élites” no han leído a Nye o bien lo han leído a las carreras y, en el la simulación de este tipo de lectura han mal interpretado las definiciones conceptuales propuestas por el autor, enmarcadas en un paradigma occidental de la democracia liberal. Olvidan que el “soft power” se crea a partir de ingredientes que nunca se crean en la cultura de la tortura y del narcocorrido, pero que, también no pueden basarse únicamente (esto es aparentemente paradójico) en la sutil elegancia del rebozo, en la complejidad gastronómica de un mole o en los monumentales paisajes de Teotihuacan.

Si bien, el “soft power” es despreciado bajo la sombra del Popocatépetl, lo mismo no sucede en otras latitudes. Según el sinólogo norteamericano David Shambaugh, por ejemplo, China invierte aproximadamente 10.000 millones de dólares al año en “propaganda externa”, Estados Unidos gasta 666 millones de dólares en diplomacia pública al año y, Putin se pierde en esfuerzos desesperados para lo obtener (con poco éxito, dígase de pasaje).

El problema con el “soft power” es de que este se basa en la existencia de Libertades. Libertades como la libertad de expresión, las libertades de opción de vida, de respecto por el individuo y por sus sueños y aspiraciones individuales, por el goce de los frutos espirituales y de los bienes materiales. En este aspecto, el soft power ( poder blando o suave) de que habla Nye, es profundamente hedonista, en la acepción de la tradición occidental que permitió a pensadores como Jenofonte, Aristóteles y Adam Smith desarrollar una teoría político-económica basada en la propiedad privada, en el imperio de la ley, en las garantías individuales y en la búsqueda de la felicidad .

O sea, está muy lejos de una cultura política en que la impunidad de los integrantes de la oligarquía económico-política del “virreinato” es de “ley”; en que una actriz de telenovela se transforma en ícono de la oposición porque mantiene una relación kitsch con un capo del narco; en que el poder considera como un logro la firma de un convenio en materia de Educación Superior con Arabia Saudita y en que generaciones de niños han crecido con Chabelo. Es evidente, entonces, que el “sistema” haya agotado cualquier posibilidad real de ser atractivo y, por ende, no puede captar la fuerza emocional de la población para una regeneración interna, ya que la sociedad civil se refugia en un colectivo movimiento de rechazo, hoy por hoy canalizado, en lo mejor de los casos, a través de las tomas de la calle, del activismo en redes o del absentismo político y, en el peor de los casos , a través de la “comunión” en valores emanados de las subculturas del terror y de la violencia.

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Malverde (Culto)

Es un hecho que no debemos despreciar el poder de “soft power” de las subculturas del terror, tanto en el combate a la narcocultura latinoamericana, como en el combate al yihadismo .2 Al hacerlo, perdemos la posibilidad de combatir ideológicamente a esos flagelos y les proporcionamos un inmenso terreno de reclutamiento.

El soft power es sinónimo, siempre de la existencia de una sociedad civil fuerte, independiente, empoderada, activa. Cuando hablo de la sociedad civil fuerte, estoy hablando de las universidades, de la sociedad civil organizada y, también, de las tradiciones culturales populares que conforman el sustrato civilizacional. En efecto, la sociedad civil sin censura y su disposición a criticar a sus líderes políticos permiten al país preservar su poder “suave” incluso cuando existen graves amenazas al orden constitucional, como es el caso de la presente situación de (in)seguridad nacional.

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Cuando el soft power falla

Frente a esta no se puede usar, única y simplemente el poder duro/ coercitivo del estado, sí equilibrar el poder”duro” y el “suave”, hacer que se refuercen mutuamente, creando los ejes de “poder de atracción” de una cultura política de libertades y de bienestar social que va más allá de gestos puntuales, como el de la visita del Papa. La incapacidad de aplicar esa comprensión a la política significa la incapacidad de rescatar el presente y de construir un futuro viable. Si esta falta de comprensión política se mantiene la capacidad del estado de atraer a otros, para no hablar de ejercer coerción o pagarles, seguirá disminuyendo. Y, con ella disminuirá su capacidad de asegurar las funciones mínimas de gobernar. Este es el grande riesgo al cual nos enfrentamos.