Por Luis David Niño Segura    /    Tw:@ld_nio

Mi abuelo Antonio fue amigo de uno de los matones de Lamberto Quintero. Me gustaba escuchar  la historia de aquel gomero que anduvo burlando al gobierno en Sinaloa. Mi abuelo tomaba la botella de sotol entre sus manos y se servía en un vaso. Narraba detenidamente la forma cobarde en que los Lafarga le dispararon por la espalda. Se disgustaba, mi abuelo se enfadaba cuando recordaba como el “Chito” Lafarga  mató a su amigo en la emboscada donde Lamberto Quintero la libró. Eso sí, decía Don Antonio, al “Chito” lo quebraron ahí mismo. La consecuencia fue que la rencilla de los Lafarga no se sació hasta que Lamberto dejó de respirar.

El gomero, el famoso gomero  tío de Caro Quintero, representaba una de las últimas imágenes que mi abuelo conservaba del Salado, esa tierra donde conoció a Laura Treviño, la amante que lo dejó en paz hasta que murió. De ahí creció mi afición hacia la tierra sinaloense. Las historias que contaba mi abuelo mientras nosotros, sus nietos, nos sentábamos alrededor de él parecían sacadas de un libro de Rulfo. Me preguntaba qué era la Sierra, por qué le decían el Triángulo Dorado, dónde quedaba Cosalá, cómo era la goma de opio, cómo era, en sí, la vida de un culiche, de un mazatleco, de un mochitleco, de un sinaloense…

Jugaba con mis primos a los balazos, nos montábamos en caballitos de madera con una imitación de tejana y revólveres de plástico. Desde luego, peleábamos por ser Lamberto Quintero, el primo más grande siempre resultaba tomar ese rol. La muerte trágica del gomero siempre solía pasar en la banqueta, justo afuera de la casa de mis abuelos. Mi primo fingía platicar con su novia, en este caso mi prima Mariana, y uno de nosotros, silenciosamente, nos acercábamos por la espalda y le soltábamos un par de balazos en plena espina dorsal.

Mi abuelo sentado en una mecedora nos miraba, pero su mirada parecía perdida, como recordando aquél fatídico 28 de enero donde Quintero dejara de respirar. En una ocasión se levantó de la mecedora y nos puso a cada uno en un lugar a lo ancho y largo de la calle. Nos dio nombres y nos dio instrucciones, nos dijo exactamente cómo fue que sucedió el ataque a Quintero. Se puso de director de teatro. Mi primo Andrés fue el afortunado Lamberto Quintero, mi prima Mariana, como siempre, fue su novia. A mí me tocó ser solo uno de los pistoleros que mordió el plomo tratando de detener las ráfagas que matarían a mi primo. Sobra decir que nos emocionamos al ver a mi abuelo diciéndonos qué hacer y cómo hacerlo. Algunos de mis primos traían de pistolas palos de escoba, yo tomé una piedra, imaginando que era mi revolver. Mi abuela, Doña Socorro, nos miraba desde la ventana. Ella odiaba que mi abuelo nos contara esas historias, odiaba que jugáramos a ser militares contra gomeros bajando de la sierra. Don Antonio se sentó de nuevo en la mecedora y dio la orden de que actuáramos. En su mano tenía un vaso a la mitad de sotol.

Yo corrí y me recargué en un árbol y apunté mi piedra-arma en contra de uno de mis primos. Mi ojo izquierdo cerrado y el otro mirando fijamente su frente. Él arrancó su bicicleta a la cual le había puesto un pedazo de plástico que atoraba de manera estratégica en la mordaza del freno trasero para simular el sonido del escape de una Ford 150 1970. Mi prima fingía platicar con Lamberto Quintero, justo cuando mi primo Orlando pasaba a escasos dos metros por la espalda de Andrés, se detenía y con una escoba, que representaba un AR-15, se lo apuntaba y disparaba ocho veces, haciendo con su boca el sonido de una ametralladora. El mini Lamberto fingía tratar de sacar una escuadra de su bolsa y darse la media vuelta, pero antes de que eso ocurriera, movía su cuerpo en fingidas convulsiones, como si de verdad estuviera recibiendo impactos de bala. Caía al suelo. Yo para ese entonces ya estaba tirado fingiendo que me habían disparado en la cabeza. Después de eso, dos primas mías se acercaban a recoger a Andrés y trasladarlo al sillón más cercano de la sala donde ya estaba Jacob esperándolo. Así, por momentos, la sala de mi abuelo se convertía en la Clínica Santa María.

Mi abuelo durante toda esa representación, solo se limitó a observarnos y tomarse su sotol. Cuando todos sus nietos nos acercábamos a la sala, veíamos como Jacob inútilmente trataba de salvarle la vida a Andrés. Así, en la sala de mi abuelo, moría Lamberto Quintero a once años de su muerte. Mi abuelo reía. Ese día nos reunió de nuevo y se volvió a servir sotol. Nos dijo que después de la muerte de Quintero, uno de sus primos, de nombre Florencio Quintero, se lanzó en su troca para el Salado en busca de los Lafarga, pero antes de llegar ya lo estaban esperando a pie de carretera. De nuevo se oyó el cacaraqueo de los AR-15 y los Cuernos de Chivo. Ahí, en esa emboscada, también perdió la vida Don Florencio, no sin antes darles piso a todos los Lafarga.

Jamás olvido esas pláticas de mi abuelo. Lo imagino ahí sentado en su mecedora, con un vaso de sotol en la mano y con su tejana gris de lado. Cinco años después, mi padre decidió llevarnos a vacacionar a Mazatlán. Pasó antes a Culiacán y nos llevó a ver los cenotafios del panteón Humaya. Dejó un rosario en la tumba de Malverde al lado de un San Juditas de un metro de altura.

Yo corría entre las tumbas que parecían casas. Sin darme cuenta vi la fotografía de un hombre delgado, alto, con una tejana al parecer café, nariz fina, boca chica y cejas delgadas. Leí el nombre del muertito. Estaba parado frente a la tumba de Lamberto Quintero. Recordé a mi abuelo y de paso mi infancia. Regresé con mi padre y nos fuimos a Mazatlán. Ya en la playa vi a unos niños jugando, con sus manos hacían la forma de una pistola. Reí. Tal vez alguien les contaba la historia de otro famoso gomero, así como mi abuelo lo hacía con sus nietos.