Adam Nossiter / New York Times News Service

Fue el pesado volumen, encuadernado en piel, de la Torá que iba cargando lo que cubrió a Benjamín Amsellem de los golpes de machete.

Su atacante, un adolescente fanático, de quien la policía dice que se inspiró en el Estado Islámico, estaba tratando de decapitar a Amsellem, un maestro en una escuela judía. Sin embargo, Amsellem utilizó a la Torá –la única defensa a la mano– para desviar la hoja y salvarse.

Desde octubre, fue el tercer ataque con arma blanca contra un judío en Marsella, donde la población judía, de alrededor de 70,000 habitantes, es la segunda más grande en Francia, después de la de París. Y fue el ejemplo más reciente de cómo Francia está confrontando tanto a la amenaza general del terrorismo, en especial después de los dos ataques a gran escala en París el año pasado, como de la variante particular de antisemitismo que tiene profundamente perturbados a los judíos franceses.

“Esto fue algo que reivindicó una persona que invocó a Daesh, porque quería matar a un judío. Es extremadamente grave”, dijo en una entrevista Laurent Nunez, un alto oficial de policía. “Daesh” es un acrónimo en árabe para el Estado Islámico, también conocido como EIIL e ISISI o ISIL, por sus siglas en inglés.

Los judíos en esta ciudad, han abordado el ataque contra Amsellem con una mezcla de enojo y resignación, una respuesta condicionada por la historia de antisemitismo en Francia, junto con el reconocimiento de que el yihadismo mundial ha hecho de los judíos franceses su blanco preferido.

Amsellem dijo que solo le llevó segundos comprender lo que estaba pasando ese lunes, a mediados de enero: un extraño estaba tratando de matarlo porque llevaba puesta la kipá judía.

Ese recelo instintivo, combinado con la Torá de piel verde –ahora, el viejo libro tiene tajos profundos–, lo salvaron. “Es gracias a este libro que evité algunos golpes muy graves”, dijo tranquilamente en su despacho de abogado en esta ciudad.

Amsellem, de 35 años, con cinco hijos, iba camino a su trabajo en el distrito norteño de Marsella en el que creció, fue a la escuela, y ahora traba y vive. De pronto, sintió “golpes violentos” en la espalda.

“Me llevó un momento darme cuenta de lo que estaba pasando, de que me estaba golpeando porque soy judío”, dijo Amsellem. “Me di la vuelta y me di cuenta que era alguien a quien no conocía. Me di cuenta de que estaba ahí para matarme. Le dije: ‘¡Detente, detente, detente!’, pero no oyó nada”.

Desviando los golpes lo mejor que pudo, Amsellem trató de correr. Se tropezó y cayó. “Y cuando estaba en el suelo, sentí que no iba a sobrevivir”, contó. “Realmente vi sus ojos. Y vi a alguien muy frío”.

Los transeúntes oyeron sus gritos, vieron lo que estaba pasando, y lo persiguieron. El atacante huyó y la policía lo atrapó en una parada del metro cercana.

El incidente pronto reverberó por todo el país. Lo condenaron los funcionarios franceses, desde el presidente para abajo. El ministro del interior llegó a Marsella para expresar su solidaridad. Los hinchas del club de futbol local dijeron que, en apoyo, usarían un sombrero en el siguiente partido. Se organizó una marcha en contra del racismo.

Aun así, éste es un país que sigue tratando de resolver su complicada historia con los judíos, así como de equilibrar su ideal de una sociedad pública laica contra las creencias e identidades de sus minorías religiosas y étnicas.

Un muro con los nombres inscritos de miles de judíos a los que los nazis deportaron a su muerte –la Policía francesa asistió para juntarlos– está ubicado, en gran parte oculto de la vista del público, en el patio de la gran sinagoga de esta ciudad.

Tras el ataque contra Amsellem, un alto funcionario de la comunidad llamó a los judíos para que dejen de usar la kipá en público, lo que provocó una furiosa reacción de otros dirigentes comunitarios en París. “Era mi deber”, dijo el funcionario, Zvi Ammar, quien se sorprendió por la indignación. “Mi único objetivo es preservar la vida humana”.

El adolescente, bajo custodia por el ataque, apenas si encaja en el perfil convencional de un islamista radical: es kurdo turco, un grupo en guerra con el Estado Islámico.

El sospechoso –cuyo nombre no se ha revelado debido a su edad– tiene “muy buenas calificaciones en la escuela”, dijo el abogado de Amsellem, Fabrice Labi, y vive con su familia inmigrante en unos departamentos bien mantenidos, aunque sosos, al norte del centro de la ciudad. Su padre, quien trajo a la familia a Francia hace cinco años, coloca tejas y tiene un ingreso seguro.

Una reciente mañana helada, el hermano mayor del sospechoso hablaba ansiosamente en un teléfono celular, afuera del departamento de la familia.

Su madre, con la cabeza cubierta, llegó a la puerta metálica del departamento. Ambos la cerraron de un portazo cuando se les solicitaron comentarios.

Funcionarios en la ciudad dijeron que el sospechoso no tienen ninguna conexión conocida con organizaciones radicales, ni antecedentes penales, y parece que él solo se radicalizó –sin conocimiento de sus padres–, al estar sentado frente a la computadora durante horas seguidas, conectado a sitios web yihadistas.

La causa se transfirió a fiscales de antiterrorismo, con sede en París, una medida de cuán seriamente han tomado esto los funcionarios.

En la gran sinagoga, al concluir los servicios matutinos, un sábado reciente, la atmósfera era jovial en el “kuddush”, la colación después de la oración. Las kipás eran de rigor y, si bien se habló algo sobre el ataque, no se puede decir que se hiciera con mucha ansiedad.

“No nos sacude tanto”, comentó Michele Allouche, quien vive en el viejo barrio del centro, cerca de la sinagoga del siglo XIX. “Lo estamos esperando. Hay un antisemitismo enorme en Francia”.

Sin embargo, el trasfondo sanguinario –la cuchilla letal, la voluntad de decapitar, la frialdad del aspirante a asesino– sigue provocando intranquilidad.

“El machete, eso evoca algo bárbaro”, notó Hagay Sobol, un doctor prominente en la ciudad.

“Y este chico, es lo contrario a cualquier imagen que uno pudiera tener de un terrorista. No es marginado. Y eso nos dice que cualquier muchacho podría hacer esto