Por Antonio Foglia / Project Syndicate

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Todo el mundo parece mencionar -y condenar- el creciente nivel de desigualdad económica de hoy. Alimentado por estadísticas estridentes como la reciente revelación de Oxfam de que las 62 personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que los 3.600 millones de personas más pobres, el respaldo popular por figuras de izquierda como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en Gran Bretaña está creciendo. Pero los debates actuales impulsados por la ideología simplifican demasiado una cuestión que es extremadamente compleja -y está afectada por procesos que no llegamos a entender plenamente.

Muchos de quienes participan del debate sobre la desigualdad hoy citan el libro de 2014 del economista francés Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, que destaca tres puntos fundamentales. Primero, en los últimos 30 años, el ratio de riqueza e ingreso ha aumentado de manera constante. Segundo, si el retorno total sobre la riqueza es superior al crecimiento de los ingresos, la riqueza necesariamente está cada vez más concentrada. Tercero, esta desigualdad creciente se debe revertir a través de impuestos confiscatorios antes de que destruya a la sociedad.

A primera vista, los puntos podrían parecer convincentes. Pero la primera afirmación es poco más que una perogrullada, y a la segunda la contradicen los propios datos de Piketty, lo cual hace que el tercer punto resulte irrelevante.

Piketty observa un creciente ratio riqueza/ingresos de 1970 a 2010 -un período dividido por un cambio significativo en el contexto monetario-. De 1970 a 1980, las economías occidentales experimentaron una creciente inflación, acompañada de subas de las tasas de interés. Durante ese período, el ratio riqueza/ingresos aumentó sólo modestamente  -si es que aumentó- en esos países.

De 1980 en adelante, las tasas de interés nominal cayeron drásticamente. No sorprende que el valor de la riqueza aumentara mucho más rápido que el del ingreso durante este período, porque el valor de los activos que conforman la riqueza representa esencialmente el valor actual neto de los flujos de caja que se esperan en el futuro, descontado a la tasa de interés actual.

El ejemplo más claro es un bono gubernamental. Pero el valor de una vivienda se determina de manera similar: de acuerdo con la renta que se espera que genere, capitalizada a la tasa de interés nominal actual. Las acciones también están valuadas a un múltiplo superior de ingresos cuando las tasas de interés caen.

Al determinar el valor de la riqueza total, Piketty incluyó tanto el ingreso generado por los activos como su apreciación. Mientras tanto, los ingresos se capitalizaron a tasas de interés en baja durante más de una generación. En este sentido, su observación de que la riqueza creció más rápido que el ingreso tiene sentido -es una consecuencia directa de la caída de las tasas de interés.

¿Qué impacto tienen las tasas de interés más bajas en la desigualdad medida? Si yo tengo una casa y mi vecino tiene dos, y las tasas de interés en baja hacen que el valor de esas casas se duplique, la desigualdad monetaria entre nosotros también se duplica, afectando una variedad de indicadores estadísticos y generando una preocupación bien intencionada. Pero la realidad es que yo sigue teniendo una casa y mi vecino sigue teniendo dos. Inclusive la accesibilidad relativa de las casas no cambia demasiado, porque las tasas de interés más bajas hacen posibles hipotecas mayores.

Para una mayor evidencia de este fenómeno, consideremos los propios datos de Piketty. En Europa, Piketty señala a Italia como el país donde el ratio riqueza/ingresos creció más, a aproximadamente 680% en 2010, comparado con 230% en 1970. Alemania parece ser un país más “virtuoso”, con un ratio riqueza/ingresos de 400%, superior al 210% de 1970. Lo que Piketty no menciona es que, en este período, las tasas de interés cayeron mucho más en Italia (del 20% al 4%) que en Alemania (del 10% al 2%).

El impacto real de esta dinámica en la desigualdad es precisamente lo opuesto de lo que esperaría Piketty. De hecho, no sólo los italianos, en promedio, son mucho más ricos que los alemanes; la distribución de riqueza general de Italia es mucho más equilibrada.

Un estudio de 2013 de las finanzas de los hogares en la eurozona, realizado por el Banco Central Europeo, demostró que en 2010 -el último año de la investigación de Piketty-, el hogar italiano promedio era 41% más rico que el hogar alemán promedio. Es más, mientras que la diferencia entre una riqueza media y mediana de los hogares es del 59% en Italia, es de un gigantesco 282% en Alemania.

Esta diferencia encuentra explicación, en gran medida, en el hecho de que el 59% de los hogares en Italia son propietarios de viviendas, comparado con apenas el 26% en Alemania. Un porcentaje mayor de italianos, en consecuencia, han resultado más beneficiados con una mayor caída de las tasas de interés.

Este ejemplo resalta de qué manera las decisiones de los hogares en materia de inversión inciden en los resultados de la riqueza. Lo que complica aún más las mediciones de la riqueza es el hecho de que, como señaló recientemente Martin Feldstein, para la gran mayoría de los hogares, una proporción importante de la riqueza está representada por beneficios sociales futuros no registrados.

Luego están los numerosos factores que afectan los ingresos, como la demanda de habilidades particulares. En el caso de aquellas personas cuyas capacidades no están solicitadas, la posibilidad de mejorar esas capacidades o las oportunidades de capacitación tendrán un impacto significativo en las perspectivas de ingresos. Al mismo tiempo, por encima de ciertos niveles de ingresos, una persona podría exigir un incentivo monetario sustancial para absorber el impacto en la calidad de vida asociado con una mayor responsabilidad laboral.

Claramente, la desigualdad económica es un fenómeno sumamente complejo, que se ve afectado por una gran variedad de factores -muchos de los cuales no llegamos a entender plenamente, mucho menos controlar-. Teniendo en cuenta esto, deberíamos ser cautelosos con los tipos de políticas radicales que algunos políticos están promoviendo hoy. Su impacto es impredecible, y eso puede terminar haciendo más mal que bien.

Tal vez no haga falta en absoluto una nueva estrategia. Después de todo, a nivel global, los niveles de vida están mejorando y convergiendo continuamente. Eso es algo en lo que todos, desde los populistas emergentes hasta los capitalistas acérrimos, deberían poder coincidir.