Por Paul Krugman /New York Times

Cada vez que usted piensa que nuestro discurso político no puede empeorar más, lo hace. La lucha de las elecciones primarias de los republicanos ha descendido a una carrera hasta el fondo, logrando algo que se pudiera haber creído imposible: hacer que George W. Bush se viera como un faro de tolerancia y gran estadismo. Pero, ¿de dónde viene toda esta bajeza?

Bien, hay un debate sobre eso; y es un debate que está en el corazón de la contienda demócrata.

Como mucha gente, he descrito la competencia entre Hillary Clinton y Bernie Sanders como un argumento entre teorías contrarias sobre el cambio, lo cual es. Sin embargo, debajo de ese argumento hay una disputa más profunda sobre lo que está mal con Estados Unidos, lo que nos llevó a la condición en la que estamos.

Para simplificarlo excesivamente poco –pero solo, creo, un poco–, la perspectiva de Sanders es que el dinero es la raíz de todo mal. O más específicamente, la influencia corruptora de los grandes capitales, del 1 por ciento y la élite corporativa, es la fuente dominante de la de fealdad política que vemos a todo nuestro alrededor.

La perspectiva Clinton, por otra parte, parece ser que el dinero es la raíz de cierto mal, quizá mucho mal, pero no es la historia completa. Más bien, racismo, sexismo y otras formas de prejuicio son poderosas fuerzas por derecho propio. Esto pudiera no parecer una gran diferencia –ambos candidatos se oponen al prejuicio, ambos quieren reducir la desigualdad económica. Sin embargo, tiene importancia por la estrategia política.

Como pudieran suponer, yo estoy del lado de los muchos males de este debate. La oligarquía es un problema muy real, y yo estuve escribiendo sobre el nocivo ascenso del 1 por ciento allá cuando muchos de los partidarios actuales de Sanders estaban en la escuela primaria. Sin embargo, es importante entender cómo se volvieron tan poderosos los oligarcas de Estados Unidos.

Esto porque ellos no llegaron ahí solo comprando influencia (lo cual no equivale a negar que haya mucha compra de influencia allá afuera). De manera crucial, el ascenso de la derecha dura de EU fue el ascenso de una coalición, una alianza entre una élite en busca de bajos impuestos y desregulación y una base de electores motivados por temores de cambio social y, por encima de todo, por la hostilidad hacia usted sabe quién.

Sí, hubo un esfuerzo concertado y exitoso de milmillonarios por inclinar a Estados Unidos hacia la derecha. Eso no es una teoría de conspiración, es tan solo historia, documentada en profundidad en el nuevo e iluminador libro de Jane Mayer, “Dinero oscuro”. Sin embargo, ese esfuerzo no habría llegado tan lejos como lo ha hecho, y por mucho, sin las consecuencias políticas de la Ley de los derechos civiles, y el resultante giro de votantes blancos del sur hacia el Partido Republicano.

Hasta hace poco, se podía argumentar que cualquiera que fueran las motivaciones de electores conservadores, los oligarcas seguían firmemente en control. Silbidos racistas de perro, demagogia con respecto al aborto y así por el estilo sería lanzado durante años electorales, siendo guardado después en una bodega mientras el partido Republicano se enfocaba en su verdadero negocio de facultar la banca a la sombra y recortar las principales tasas fiscales.

Pero en esta era de Trump, no tanto. El 1 por ciento no tiene problemas con la inmigración que atrae mano de obra barata; no quiere un enfrentamiento en torno a Paternidad Planeada; sin embargo, la base no está siguiendo la guía como solía hacerlo.

Pero, en cualquier caso, la cuestión para progresistas es qué dice todo esto sobre estrategia política.

Si la fealdad en la política estadounidense es totalmente, o casi totalmente, sobre la influencia de grandes capitales, entonces votantes de la clase trabajadora que apoyan a la derecha son víctimas de una falsa conciencia. Y pudiera –tan solo pudiera– ser posible que un candidato predicando populismo económico rompa con esta falsa conciencia, alcanzando por tanto una restructuración revolucionaria del panorama político, al exponer un argumento suficientemente firme en el sentido que él está de su lado. Algunos activistas van más allá y hacen llamados a demócratas para que dejen de hablar sobre temas sociales que no sean la desigualdad de los ingresos, aunque Sanders no lo ha abordado.

Por otra parte, si las divisiones en la política estadounidense no son solo sobre dinero, si reflejan prejuicios arraigados profundamente que los progresistas simplemente no pueden apaciguar, ese tipo de visiones de cambio radical son ingenuas. Y creo que lo son.

Eso no equivale a decir que ese movimiento hacia objetivos progresistas sea imposible; Estados Unidos se está volviendo tanto más diverso como más tolerante con el paso del tiempo. Miren, por ejemplo, cuán rápidamente ha pasado la oposición al matrimonio homosexual de una confiable forma de ganar votos para la derecha a un lastre republicano.

Sin embargo, sigue habiendo mucho prejuicio real allá afuera, y probablemente suficiente para que la revolución política desde la izquierda esté fuera de consideración. Más bien, va a ser un esfuerzo duro en el mejor de los casos.

¿Es esta una visión inaceptablemente pesimista? No para mis ojos. Después de todo, una razón por la cual la derecha se ha vuelto tan loca es que los años de Obama de hecho han sido marcados por considerables, aunque incompletas, victorias progresistas, en lo tocante a política de salud, impuestos, reforma financiera y el ambiente. Además, ¿acaso no hay algo noble, incluso inspirador, con respecto a pelear la buena lucha, año tras año, y mejorar las cosas gradualmente?