Por Javier Brandoli

Fuentes: El Mundo /Agencia EFE

Francisco no quiso, en el que probablemente era el evento más religioso de su estancia en México, dejar de honrar la memoria de la Virgen de Guadalupe. Ahí parecía que estaba el gran momento de su primera jornada, pero parece evidente que el Sumo Pontífice ha aterrizado dispuesto a sorprender.

Fue antes, en la catedral metropolitana, cuando le espetó a toda la jerarquía de la Iglesia mexicana allí reunida que “si tienen que pelearse peléense como hombres, a la cara“.

En el sorprendente mensaje que realizó el Sumo Pontífice, Francisco les dijo a los cabizbajos mandamases de la Iglesia patria, que acudieron a escuchar una homilía y acabaron recibiendo un humillante varapalo, que “ay de ustedes si se duermen en los laureles”, “no se necesitan príncipes sino una comunidad de testigos del señor” o “dejen habladurías e intrigas en los vacíos planes de hegemonía, clubes de intereses o de consorterías”.

Se refería el Papa a la guerra de poder abierta en la Iglesia mexicana y a algunos escándalos de relación entre los religiosos y el narcotráfico. “No minusvaloren el desafío ético que el narcotráfico representa”, y “tengan singular delicadeza en los pueblos indígenas y sus fascinantes, y no pocas veces masacradas, culturas”. Un mensaje muy duro, en muchas direcciones, de quien pareciera no ser la cabeza máxima de todo aquello que criticó sin ninguna dulzura más allá del tono. “México tiene necesidad de sus raíces amerindias para no quedarse en un enigma irresuelto”, advirtió.

Ya por la tarde, invitados especiales, religiosos y periodistas ocupaban las sillas en sombra y cómodas de la nueva basílica. Algunos enfermos en silla de ruedas, también, tenían un hueco. Ese era el grupo que estaba en el interior de la nueva Basílica de Guadalupe donde se oficiaba la primera gran misa de Francisco en México. Fuera, el rastro de quién comenzó todo, el indígena Juan Diego. A él es a quien se le apareció la Virgen en diciembre de 1531, a un pobre indígena de cuya mano Guadalupe, la Guadalupana, consiguió evangelizar toda una tierra. Los mestizos o los indígenas, como ella y él, escuchaban mayoritariamente el mensaje del Papa al sol, fuera, por una pantalla.

Venir a Guadalupe es rendir pleitesía al catolicismo de México. El Papa no ha parado en sus primeras horas en el país de referirse a ella como su madre. Quiso, de hecho reunirse con ella en solitario en la vieja basílica, conversar con la “morena” con un recogimiento de quien tiene mucho que contarse.

Antes de que entrara el Papa a la nueva basílica, un video explicaba la historia de Guadalupe y de la religión en México. Recordaba que los revolucionarios Villa y Zapata entraron en la capital portando un estandarte de la Virgen.

Luego, sin tapujos, hablaban del Gobierno opresor y de la persecución que sufrió Guadalupe y los católicos en los primeros decenios del siglo XX. Se le llegó a poner una bomba por parte de “agentes del Gobierno”, afirmaba el duro video que no quería olvidar los negros tiempos que vivieron Iglesia y Estado.

“María, la mujer del sí, también quiso visitar los habitantes de América en la persona del indio san Juan Diego”, recordó Francisco al empezar su homilía. “Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten que no valen nada“.

El Papa quiso incidir en los orígenes de san Juan Diego, “el que se hacía llamar mecapal, cacaxtle, cola, ala, sometido a cargo ajeno” y que se “convirtió en el embajador muy digno de confianza”, para recordando ese origen de sufrimiento del elegido afirmar que “ese amanecer Dios se acercó y se acerca al corazón suficiente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto perder o incluso arrebatarle criminalmente a sus hijos”.

Francisco recordó también las dudas del que se sentía poco para tan importante carga, llevar el mensaje de Dios, y explicó que “al venir a este Santuario nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego. Mirar a la madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones y tristezas y decirle: ¿Qué puedo aportar si no soy un letrado?”.

En un discurso meramente religioso, el Papa concluyó diciendo “¿acaso no soy tu madre? ¿Acaso no estoy aquí?, nos vuelve a decir María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos, tus hermanos“.

El cerro de Tepeyac, donde se apareció la Virgen a San Juan Diego, el lugar en el que se levantaron tres templos en honor de Guadalupe, vibraba, como lo hizo toda la ciudad, con las palabras de su Francisco. México se entregó a su singular Papa.