Por Azam Ahmed, Jim Yardley y Paulina Villegas / New York Times News Service

Durante más de un siglo, el gobierno mexicano ha tratado a la Iglesia Católica con profundo recelo, si no clara hostilidad. Literalmente se han librado batallas entre Iglesia y Estado, al tiempo que leyes anticlericales se mantuvieron en los libros hasta hace apenas un par de décadas atrás.

Sin embargo, a juzgar por el entusiasmo del gobierno mexicano ante la visita del Papa Francisco, la llegada del popular líder pudiera hacer más que ofrecer salvación para las masas. Pudiera igualmente suministrar un impulso muy necesario a la menguante credibilidad del gobierno… o eso espera.

Para darle la bienvenida al papa a su llegada por la noche de este viernes, la primera dama produjo una canción en su honor. Por primera vez, el presidente le dio la bienvenida al papa en Palacio Nacional, que colocó una gigantesca valla en la carretera hacia el aeropuerto que, quizá más precisamente, resume el sentimiento: “Papa Francisco, Ciudad de México es tu hogar”.

Si bien el Papa Juan Pablo II sigue siendo una reverenciada figura en México, habiendo visitado la nación cinco veces durante su papado, el nuevo pontífice ofrece un perfil al que pocos gobiernos latinoamericanos pueden resistirse: un hispanohablante amado por las masas.

Sin embargo, el itinerario del papa también presenta un importante riesgo para el gobierno, poniendo de relieve a cada vuelta algunos de los desafíos y fallas del estado que más saltan a la vista: pobreza, desigualdad, corrupción y violencia rampante. El papa incluso pudiera combinar todos estos temas de una sola vez si decide reunirse con las familias de 43 estudiantes desaparecidos, cuya misteriosa desaparición se ha convertido en sinónimo de incompetencia gubernamental y complicidad con la delincuencia.

“El México del narcotráfico, el México de los cárteles, no es el México que nuestra madre ama”, dijo Francisco la semana pasada, aludiendo a la Virgen María. “Yo los exhortaría a pelear, día con día, en contra de la corrupción, en contra del tráfico, en contra de la guerra, en contra de la desunión, en contra de la delincuencia organizada, en contra del tráfico humano”.

Pocos ponen en duda que Francisco tenga nada menos que una recepción extática a lo largo de México, pero su visita de seis días aquí difícilmente está exenta de riesgos para él, de igual forma. México es un verdadero lienzo sobre el cual Francisco puede aprovechar sus puntos fuertes, suministrando el menú pleno de temas centrales para su papado.

Pero, como el primer papa latinoamericano, enfrenta expectativas públicas de que, de alguna forma, su visita pudiera suscitar cambio, y él tendrá que navegar los peligros de parecer demasiado cercano a un gobierno marcado por el recelo popular.

El viaje a México también se da al tiempo que Francisco está entrando a un periodo potencialmente definitorio de su papado. Apenas en marzo, se prevé que Francisco divulgue su muy esperada visión sobre el tema de la familia entre especulaciones de que pudiera suavizar el enfoque de la iglesia con respecto a temas como la homosexualidad y si católicos divorciados y casados por segunda vez deberían tener autorización para recibir la comunión. Más adelante, Francisco podría dar a conocer los contornos para la reforma de la Curia Romana, la estructura burocrática del Vaticano.

“Él empieza el año con gran prestigio pero ciertamente 2016 y 2017 serán un punto de inflexión en su papado”, dijo Marco Politi, analista del Vaticano en Roma y el autor de “Papa Francisco entre los lobos”. “Hay una gran, gran parte de la jerarquía, y de los obispos, que no están compartiendo sus opiniones sobre la familia”.

Una parte de esta tensión, incluido el imborrable enfoque del papa en los pobres, existe justo aquí en México.

“Cuando el Papa Francisco exhorta a la iglesia a que sea más valiente, a que tenga una actitud mucho más evangélica, de sensibilidad y solidaridad con los sectores más pobres de la sociedad, la jerarquía mexicana se siente muy incómoda”, dijo Bernardo Barranco, sociólogo en México que se especializa en religión. “Rompe la zona de confort a la que tanto se han acostumbrado”.

El itinerario del papa abarca muchos de los cismas sociales y geográficos que definen a México. Él visitará la región más pobre del país, Chiapas, para poner de relieve la dura situación de comunidades indígenas y su lugar en la iglesia católica. En Ciudad Juárez, al otro lado del río Bravo desde El Paso, Texas, él expresará su solidaridad hacia migrantes y criticará implícitamente la política de inmigración de EU. Francisco visitará barriadas y el estado plagado de violencia de Michoacán, donde más probablemente expanda su crítica hacia la pobreza, corrupción y cárteles de drogas.

Su llegada a México también debería enfrentarlo a temas políticamente cargados como la anticoncepción y aborto, particularmente al tiempo que el virus del zika, transmitido por un mosquito, en la región está poniendo en peligro a mujeres embarazadas y reabriendo el debate en países donde prevalece el catolicismo sobre el control de la natalidad y el aborto. Oficiales mexicanos se están moviendo para proteger a Francisco con una fumigación por aire con repelente de mosquitos antes de que visite Chiapas y Michoacán, regiones donde ha estado activo del virus.

Actualmente, casi 84 por ciento de los mexicanos se identifica como católico. El estado mexicano fue ferozmente laico durante buena parte del último siglo, con una letanía de estatutos anticlericales, incluyendo prohibiciones en contra de tenencia de tierra por parte de la iglesia. La mayoría de estos estatutos ya fueron derogados, y el Papa Juan Pablo II jugó un papel crucial para forjar vínculos más estrechos con el gobierno. Su estatua ahora yace al lado de la Catedral Metropolitana en Ciudad de México.

Sin embargo, historiadores dicen que sólo en fecha reciente ha buscado la iglesia mexicana una participación más abierta con los problemas de la sociedad; y así hacerlo con la bendición del gobierno.

“La expectativa de persecución ha inhibido muchos esfuerzos al exterior por parte de la iglesia con el paso de los años”, dijo Jorge Eugenio Traslosheros Hernández, profesor de historia en la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ha estudiado el catolicismo mexicano. “Eso está cambiando, y ahora el papa llega y con suerte pueda catalizar el cambio. Sin la participación de cada ciudadano en México, nunca vamos a arreglar esta crisis”.

Sin embargo, es probable que Francisco sea mucho más sutil. Durante su viaje en julio pasado a Sudamérica, y en su viaje subsiguiente a Cuba y Estados Unidos, Francisco nunca criticó a un líder nacional directamente. Más bien, a menudo él usó discursos –ya sea en el Congreso estadounidense o ante un grupo de activistas sociales en Bolivia– para articular sus inquietudes con respecto al capitalismo, cambio climático u otros temas.

“El papa no va a ir a hacer reproches por ahí”, dijo Armando Flores Navarro, el rector del Colegio Mexicano en Roma, el cual alberga a sacerdotes mexicanos de visita. En sus comentarios a la agencia de noticias mexicana, Francisco dijo que venía a México “como peregrino” y “vería al pueblo mexicano para darme algo”. Después, secamente, agregó: “Mantengan la calma. No pasaré la canastita, sino más bien buscaré la riqueza de fe que ustedes tengan”.

Sin embargo, más allá de la fe, el consenso es que los males de México representan un problema para el que Francisco tiene calificaciones únicas.

“Este viaje le viene como anillo al dedo”, dijo Luis Barrera, sacerdote católico y miembro de la Conferencia del Episcopado Mexicano, la organización de liderazgo de la iglesia católica del país. “Aquí, él verá pobreza, desigualdad, inmigración, minorías étnicas, violencia –cosas que ha visto por separado en sus muchos viajes por todo el mundo.

“Aquí, él encontrará todo”.