El Estado Guadalupano

Por Alejandro Díaz Pérez / Grupo Crónicas Revista

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Hace unos días el Presidente Peña Nieto recibió en un acto oficial en el Palacio Nacional al Papa Francisco. En su discurso de bienvenida, aseguró que “siguiendo el camino trazado por las escrituras, habrá de reconfortar a los enfermos, abrazar a los que menos tienen y dar aliento a los que sufren, además sostuvo que “en las calles, en los estadios y plazas que visitará, se encontrará con un pueblo generoso y hospitalario; con un pueblo orgullosamente guadalupano”, y finalmente sentenció: “no tengo duda de que el paso de Su Santidad dejará una huella imborrable en los mexicanos”.

Dichas afirmaciones, prima facie inofensivas, en realidad representan la adopción del discurso oficial como una forma específica de “fe”, una especie de guadalupanismo de Estado. Se es mexicano en la medida en que se es devoto a la virgen de Guadalupe, incluyendo a la política y a los políticos.

El problema no radica en el respeto y garantía que como sociedad democrática debemos reconocer a la libertad religiosa -lo cual es innegable- sino en sí debemos aceptar que desde el Estado se articulen discursos y acciones de “fe”, en la medida en que estas operan como una forma legitimada desde el poder público para resolver problemas comunes.

Las soluciones públicas desde la fe, no pueden ser permitidas en un Estado laico, por más que entendamos que las personas tienen la libertad de creer o no creer. La colonización del espacio público (televisión, política, etc.) ha sido justificada por un argumento utilitarista, en tanto la aplastante mayoría de los mexicanos profesan el catolicismo. Por ello, se intenta mimetizar ciertas acciones de los políticos que son eminentemente confesionales con la normalidad de una sociedad plural y democrática. Desde las alusiones bíblicas y guadalupanas del Presidente de la Republica en “actos oficiales”, como Gobernadores de Estados besando la mano del máximo jerarca de la iglesia católica y escenas auspiciadas por el Gobierno del Estado de Chiapas donde un grupo de personas pertenecientes a pueblos indígenas se hincan para venerar al sumo pontífice.

Mi posición no debe entenderse en el sentido de criticar que dichos sucesos sean condenables en sí mismo (cada quién será libre de decidir a quién venerar y cómo pensamiento), sino en tanto estos son asumidos como mensajes y actos oficiales de servidores públicos de diversos órdenes de la república. El tema no es menor, pues cuando se recurre al argumento de “visita oficial” o “visita de estado” -nunca un eufemismo mejor usado- implícitamente se está diciendo que la postura del Estado Mexicano ante el Estado Vaticano es el mismo que se tendría frente a cualquier otro Jefe de Estado (no parece que el recibimiento al Papa tenga comparación con por ejemplo el que fuere objeto el Presidente de Turquía Al visitar México).

Irremediablemente el entender la política como un acto de fe conlleva asumir a la moral católica como una forma “ejemplar” de solución de los problemas. Dicha cuestión indudablemente pulveriza a cualquier Estado Laico, en tanto no se puede asumir una ideología confesional determinada para la agenda de lo público.

En suma, la realidad es que en la medida en que la cuestión pública sea concebida como una forma de “esperanza” o de “fe”, las soluciones razonadas se irán diluyendo de la escena. Preocupa que algunos políticos entiendan que los problemas de México puedan solucionarse desde la identidad guadalupana y no desde la laicidad. Al final de cuentas el golpe de realidad irrumpe: ¡nada ha cambiado por aquí!