LAS PALABRAS DE FRANCISCO

Por Columba Arias Solís/ Grupo Crónicas Revista

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La visita a México del jefe de la iglesia católica en todo el mundo, el Papa Francisco, no estuvo exenta de polémica, entre quienes esgrimen una suerte de abdicación del laicismo por parte del Estado, los que no encuentran razones que beneficien al país con tal visita, hasta los que esgrimen su oposición a causa del gasto -que aducen- se ha realizado con motivo de la presencia del Obispo de Roma, en tanto que del otro lado cientos de miles demostraron con su presencia en los diversos actos, su beneplácito por la visita del jefe de su Iglesia.

Las dificultades para ingresar a los lugares de encuentro entre los fieles y el Papa, no mermaron el entusiasmo de los primeros, quienes tuvieron en algunos sitios que permanecer muchas horas a la intemperie con tal de poder estar ante la presencia de su pastor y escuchar sus palabras.

Las incomodidades a causa del fuerte sistema de seguridad, han sido motivo de crítica, así, el periodista Raymundo Riva Palacio en su colaboración del 15 de febrero escribía sobre lo que llamó el secuestro del Papa, “al que el Estado Mayor presidencial ha aislado del pueblo, de tal forma que las bajas audiencias en eventos han sido por la seguridad draconiana que han impedido que personas que tenían pases para entrar a las misas no han podido ingresar a las iglesias.”

Riva Palacio señala el marcaje personal presidencial que como una sombra de Francisco ha situado a personas de su máxima confianza en cada lugar que éste visita, y se pregunta ¿Qué es lo que no quiere el presidente que el Papa vea? ¿A quién no quiere que vea?

Sin embargo, a pesar de esa draconiana seguridad en torno al Papa, de los contratiempos para ingresar a los actos, de las largas horas de espera para acceder a los recintos, del establecimiento de zonas vip para funcionarios y amigos, los ciudadanos, jóvenes y niños escucharon las palabras del jesuita argentino, famoso por su sencillez y quien se describe a sí mismo como “un Papa normal que ríe, llora, tiene amigos y hasta comete pecados”.

Francisco es un Papa que se ha ido alejando del boato acostumbrado en estos personajes; que no quiso vivir en el Palacio Apostólico, la tradicional vivienda de los papas y se trasladó a la residencia de Santa Martha, y que en varias ocasiones ha señalado que “en un corazón poseído por la riqueza, no hay espacio para la fe”.

De tal forma que para este Papa, los marcajes de seguridad o las actitudes cortesanas de ciertos funcionarios, no harían mella en el ánimo de expresar lo que tenía que decir, por lo que las palabras de Francisco han trascendido en todos lugares, así, en la reunión con sus obispos y demás jerarquía, los llamó a “dejar de ser faraones, salir a las periferias, a no compadrear con el narcotráfico, ni con el poder político y a vivir en la transparencia”. Instó a su iglesia a no caer en la tentación de la resignación que “es el arma preferida del demonio”.

En Michoacán se refirió al ejemplo de Tata Vasco, quien se convirtió en el defensor de los indios purépechas “vendidos, vejados y vagabundos por los mercados, recogiendo las arrebañaduras tiradas por los suelos”. Habló de cómo Tata Vasco no se dejó llevar por la tentación y la resignación y “movió su fe, movió su vida, movió su compasión y lo impulsó a realizar diversas propuestas que fuesen de respiro ante esta realidad tan paralizante e injusta”.

A los religiosos y seminaristas les llamó a que “no sean funcionarios de lo divino ni empleados de Dios, a no caer en las tentaciones que pueden venir de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de las personas, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad”.

A los jóvenes en Morelia, les señaló que son la riqueza de México, “uno de los mayores tesoros de esta tierra mexicana tiene rostro de jóvenes: son ustedes la riqueza de esta tierra”. Es mentira –les dijo- “que la única forma de vivir bien de poder ser joven es dejando la vida en manos del narcotráfico, o de todos aquellos que lo único que están haciendo es sembrar destrucción o muerte. Es mentira que la única forma que tienen de vivir aquí es en la pobreza y marginación”.

En Ciudad Juárez se refirió a la tragedia humana de la migración de los miles de personas expulsados por la pobreza y la violencia, de tantas mujeres a quienes se les ha arrebatado injustamente la vida; pidió romper los círculos de la violencia y la delincuencia. Muchas otras palabras trascendieron en la visita de Francisco; desde luego que sus mensajes incomodaron a algunos, a otros les parecieron insuficientes y critican que Francisco no se haya vuelto militante de ciertas causas, pero para muchos católicos, su presencia y sus palabras resultaron un estímulo para su práctica catequista, motivo de regocijo; para otros más, un respaldo moral en la lucha contra la delincuencia y la corrupción.

Se ha ido el Papa Francisco y sólo el tiempo mostrará si sus palabras perduran, se retoman y convierten en acciones, al menos por algunos de aquellos a quienes fueron dirigidas, o solamente como en la canción de Serrat “con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.