Un Eco a la eternidad.

Por Hugo Rangel Vargas/Grupo Crónicas Revista

Hugo Rangel Vargas

Hugo Rangel Vargas

Hay cosas que no deben ser escritas. No sólo aquellas que provienen del reino de lo falsario, sino también las que queremos que habiten en él. Ahí, en el mimetismo de la ilusión y en la penumbra de la simulación debió quedarse la noticia de la muerte de Umberto Eco. La ausencia de Eco debería ser tan quimérica como los documentos elucubrados por el capitán Simonini y no debería salir del fantasioso reino del preste Juan; sin embargo no es así.

Las estrategias de la falsedad devenida en verdad dogmática fueron develadas en buena parte de la obra de Eco como mecanismo de reproducción del poder, así como de su lenguaje y de sus símbolos. Defensor del laicismo y de la libertad de pensamiento, el piamontés también se atrevió a cuestionar la semiótica y los lugares comunes que habitan en el pensamiento católico e incluso detrás de los modernos mass media, todos desarticulantes de cualquier razonamiento crítico del ser humano.

Las ideas de Eco siguen recorriendo los pasillos de la abadía Sacra di San Michele a través de la agudeza mental de Sir William de Baskerville y es capaz de cuestionar al irracional tribunal del santo oficio; deambulan aún junto al atrevimiento de Jacopo Belbo en el Conservatoire contemplando cómo se hacían realidad sus confabulaciones y retando al comercial y superficial éxito de ulteriores inventos literarios derivados del Péndulo de Focault, tal como lo fue el Código da Vinci.

Los retos que lanza el semiólogo a la sociedad moderna y a su modo de comunicarse se escriben todos los días en los interminables Números Cero de la redacción del Domani. Ahí, en la mente de Simei, se reproducen los monstruosos sueños de la razón que acaban invadiendo la realidad de un periodismo cada vez más proclive a la edificación de realidades paralelas con encabezados y manejos editoriales al servicio de los prestidigitadores de la fantasía.

La sociedad que construye mentiras y que a fuerza de repetirlas las hace más reales que la realidad misma, ésta civilización que hace museos a las quimeras; difunde masivamente “verdades” elaboradas a través de programas de televisión en los que, como diría Eco en “La estrategia de la ilusión”, “el problema de la veracidad de los enunciados empieza a ser ambiguo, mientras que la veracidad del acto de enunciación es absolutamente indiscutible: el presentador está allí, frente a la cámara, y habla al público, representándose a sí mismo y no a un personaje ficticio.”

Las simulaciones, los secretos, las mentiras y las confabulaciones son elaboradas construcciones del pensamiento humano que son presentadas en la obra del italiano con una retórica deslumbrante que hace uso de recursos como la sátira, sin perder el cuidado del método lógico y científico.

Sí para Eco “la casualidad tiene gusto por la confabulación”, las consecuencias de la casualidad de su paso por las letras en esta era de la humanidad ha sido la de “poner un hilo de Ariadna, un ‘ábrete sésamo’, que nos ha llevado a identificar el objeto de su peregrinación en busca de los casos en los que la imaginación quiere la cosa verdadera y para ello debe realizar lo falso absoluto; y donde los límites entre el juego y la ilusión se confunden, donde el museo de arte se contamina de la barraca de feria y la mentira se goza en una situación de ‘pleno’, de horror vacui”.

El legado de Eco a la posteridad, el reto que impone en esta era, está encriptado en cada uno de sus textos y no espera un Baudolino o una Abulafia que se lance a reconstruirlo o a tramarlo; es simple: “no hay que limitarse a lo exterior, o a la ilusión del salpicadero, hay que ser capaz de ver lo que sólo el Artífice ve, lo que hay debajo. Lo que hay debajo es como lo que está arriba.”