Por David Brooks /NYT

Vivimos en una sociedad grande y diversa. Hay esencialmente dos formas de mantener el orden y lograr que se hagan cosas en una sociedad de este tipo. A través ya sea del mutuo acuerdo o la fuerza bruta. Nuestros padres fundadores optaron por la política.

La política es una actividad en la cual se reconoce la existencia simultánea de diferentes grupos, intereses y opiniones. Se intenta encontrar una forma de equilibrar o reconciliar o acordar esos intereses, o cuando menos una mayoría de ellos. Se sigue una serie de reglas, consagradas en una constitución o en la costumbre, para ayudarse a alcanzar estos acuerdos mutuos en una forma que todos consideren legítima.

El lado negativo de la política es que la gente nunca obtiene realmente todo lo que quiere. Es caótica, limitada y ningún problema se resuelve realmente. La política es una actividad confusa en la que la gente tiene que reconocer ataduras y conformarse con menos de lo que quiere. La desilusión es normal.

Sin embargo, de alguna forma, esa también es la belleza de la política. Involucra una incesante conversación en la cual aprendemos sobre otras personas y vemos las cosas desde su punto de vista e intentamos equilibrar sus necesidades contra las nuestras. Además, es mejor que la alternativa: el gobierno por parte de algún tirano autoritario que intenta gobernar aplastando a todos en su camino.

Como escribió Bernard Crick en su libro: “En defensa de la política”, “La política es una forma de gobernar sociedades divididas sin violencia indebida”.

A lo largo de la generación pasada hemos visto el ascenso de un grupo de personas que está en contra de la política. Estos grupos –mejor ejemplificados por el Tea Party mas no exclusivos de la derecha– quieren elegir a personas que no tienen experiencia política alguna. Quieren “gente no entendida”. Deslegitiman el mutuo acuerdo la formación de acuerdos. Están dispuestos a pisotear las costumbres y normas que dan legitimidad a la toma de decisiones legislativa, si eso ayuda a que ganen el poder.

A final de cuentas, ellos no reconocen a otra gente. Sufren de una forma de narcisismo político, en el cual no aceptan la legitimidad de otros intereses y opiniones. No reconocen limitaciones. Quieren victorias totales para sí y su doctrina.

Esta tendencia a la antipolítica ha tenido un desdichado efecto sobre nuestra democracia. Ha conducido a una serie de espirales superpuestas en descenso:

La gente de la antipolítica elige legisladores que no tienen habilidades o experiencia políticas. Esa incompetencia conduce a un gobierno disfuncional, lo cual lleva a una demanda de incluso más gente no entendida.

La gente de la antipolítica no acepta que la política es una actividad limitada. Hacen exorbitantes promesas y generan expectativas ridículas. Cuando esas expectativas no se cumplen, los electores se vuelven cínicos y, disgustados, giran incluso más lejos en la dirección de la antipolítica.

La gente de la antipolítica se niega al compromiso y, por tanto, bloquea el proceso legislativo. La ausencia de logro destruye la confianza popular. La caída de la confianza dificulta la formación de acuerdos.

Actualmente estamos en un punto en el que el Senado dice que ni siquiera efectuará audiencias sobre un nominado presidencial de la Suprema Corte, en claro desafío a la costumbre y la Constitución. Actualmente estamos en un punto en el que la conversación política normal se ha interrumpido. La gente siente que no la oyen, lo cual les hace gritar incluso con más fuerza, lo cual destruye incluso más la conversación.

Y en eso, entra Donald Trump. La gente dice que Trump es un candidato nada convencional y que representa un rompimiento con la política usual. Eso no es cierto. Trump es la culminación de las tendencias que hemos estado viendo durante los últimos 30 años: el deseo de gente no entendida; el estilo vapuleador de retórica que vuelve imposible la conversación; el deterioro de coherentes partidos políticos; la menguante importancia de la estrategia; la tendencia a librar batallas culturales y guerras de identidad a través de medios políticos.

Trump representa el camino que los fundadores rechazaron. Hay una insinuación de violencia afianzando su campaña. Siempre hay un tufo, y a veces más que eso, de “Me gustaría darle un puñetazo en la cara”.

Imprimí una lista del New York Times de los insultos que Trump ha lanzado en Twitter. La lista ocupó 33 páginas. El estilo de Trump es de paliza y aporreo. Todo aquel que se opone a él o no está de acuerdo con él es un idiota, un imbécil o un perdedor. La promesa implícita de su campaña es que él llegará a Washington y se abrirá paso mediante la intimidación.

Los partidarios de Trump no están buscando un proceso político para abordar sus necesidades. Ellos están buscando un superhéroe. Como descubrió el politólogo Matthew MacWilliams, la característica en particular que pronostica si alguien es un partidario de Trump es cuán alto es su puntaje en pruebas que miden el autoritarismo.

Esto no es solo un fenómeno estadounidense. La política está en retirada y el autoritarismo está en aumento en todo el mundo. La respuesta a Trump es la política. Es reconocer la existencia de otras personas. Es darse el placer de esa diferencia y trabajar hasta alcanzar arreglos funcionales. Como lo expresó Harold Laski: “Haremos la base de nuestro estado del consentimiento al desacuerdo. Es ahí donde aseguraremos su armonía más profunda”