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A pocos meses de abandonar el poder, Barack Obama reflexiona sobre su legado económico / Por Andrew Ross Sorkin* / NYTimes

Hace dos meses, el Presidente Barack Obama me hablaba sobre el problema del capital político, en torno a la mesa de una sala de juntas en Jacksonville, Florida.

Sus esfuerzos para reconstruir la economía estadounidense después de la crisis financiera de 2008 fueron criticados por la izquierda, la derecha y el centro. Y, sin embargo, con base en su propia evaluación, aquellos esfuerzos fueron poco valorados en general. “De hecho, comparo nuestro desempeño económico con la manera en que, históricamente, se desempeñan los países que pasan por crisis financieras desgarradoras”, dijo. “Teniendo eso en cuenta, probablemente manejamos esta crisis mejor que cualquier gran economía en la historia moderna del planeta”.

Sin duda fue una gran afirmación, en particular teniendo en cuenta el tono que los candidatos presidenciales de ambos partidos han adoptado para criticar el estado de la economía estadounidense: “Muchos apenas sobreviven”, dijo Hillary Clinton, en tanto que Donald Trump declaró “somos una nación tercermundista”.

Al preguntarle si se sentía frustrado ante todas estas críticas, Obama insistió en que no lo estaba, al menos no en su opinión. “Solo me he sentido frustrado al ver cómo ha dado forma al debate político”, dijo. “Nos estábamos moviendo tan rápido al principio de la administración que no pudimos dar las vueltas de la victoria. No pudimos explicar todo lo que estábamos haciendo. Es decir, un día estábamos salvando los bancos; el siguiente estábamos salvando a la industria automovilística; el día después de ese, estábamos tratando de ver si podíamos causar algún impacto en el mercado inmobiliario”.

El resultado, explica Obama, fue que careció del capital político para hacer más. Y ahora que su presidencia se acerca a su fin, esta carencia se ha vuelto un freno cada vez más común para Obama, quien, a pesar de sus enormes habilidades de oratoria, se ha visto más seguro de sus logros que de su habilidad para promoverlos. “Quiero decir, el fondo del asunto es que de haber podido comunicar con mayor eficacia todas las medidas que hemos tomado al elector indeciso”, comentó, “entonces habríamos mantenido la mayoría en ambas cámaras”.

El presidente había venido a esta fábrica, construida por Saft America para producir baterías de última generación de iones de litio, con la intención de dar una suerte de vuelta tardía de la victoria. Uno de los primeros actos importantes de Obama como presidente fue firmar la Ley para la Recuperación y la Reinversión de Estados Unidos, y una parte de los recursos de esa ley se destinaron a Saft America. Ahora las baterías ya estarán saliendo de la línea de producción y Obama hizo una escala para atraer la atención del público a lo mucho que se ha avanzado en el país desde la crisis financiera.

Pero el presidente sí parecía frustrado. Mientras trataba de resumir su legado económico en Florida, nuestra conversación se extendió el doble de tiempo estimado, para consternación del Servicio Secreto, aparentemente. Cuando íbamos de regreso en el avión presidencial, envió a un asistente para que nos preguntara si podíamos continuar la conversación; cuando me reuní nuevamente con él, se veía como si le hubiera estado dando vueltas a algo en la cabeza. De inmediato, regresó al tema de la percepción pública. “Si le preguntas al ciudadano promedio en las calles: ‘¿Los déficits aumentaron o disminuyeron en la administración de Obama?’, probablemente el 70 por ciento diría que han aumentado”, explicó, con un rastro de exasperación comprensible; el déficit, en efecto, ha disminuido (casi tres cuartos) desde que él asumió la presidencia, y las encuestas demuestran que una gran mayoría de los estadounidenses creen lo contrario.

Obama se siente motivado por el sentimiento de que, viendo el mundo a su alrededor, la economía de Estados Unidos está en mucho mejor forma de lo que el público puede percibir, especialmente, si se tiene en cuenta lo profunda que fue la crisis financiera y la posibilidad, ahora incluso poco considerada, de que las cosas hubiesen sido mucho mucho peor. En una serie de conversaciones en la Oficina Oval, en el avión presidencial y en Florida, Obama analizó, algunas veces con sorprendente sinceridad, casi cada elemento de su programa económico desde su llegada al poder.

Su política económica definitivamente llegó mucho más allá de lo que muchos reconocen. Durante 73 meses consecutivos el número de empleos en el sector privado ha aumentado (unos 14,4 millones de nuevos empleos en total), lo cual constituye el periodo de crecimiento sostenido del empleo más largo registrado hasta ahora. El desempleo, que llegó a su punto máximo de 10 por ciento el año en que Obama inició su mandato, el más elevado desde 1983 cuando Ronald Reagan era presidente, ahora está en 5 por ciento, más bajo que cuando terminó la administración de Reagan. El déficit presupuestario ha caído casi 1 billón de dólares durante estas dos administraciones. Y el crecimiento en todo el país ha superado por mucho el de cada una de las demás naciones avanzadas.

Gene Sperling, exdirector del Consejo Nacional Económico de la Casa Blanca, que pasó horas en la Oficina Oval debatiendo e ideando la estrategia económica del presidente, me dijo: “Si regresáramos a principios de 2009 —cuando veníamos a trabajar todos los días con el estómago encogido, cuando la economía perdía 800.000 empleos mensuales o el índice Dow Jones estaba por debajo de los 7000 puntos— y alguien dijera que, para nuestro último año en la presidencia, el desempleo sería del 5 por ciento, el déficit sería inferior al 3 por ciento, AIG tendría ganancias y lograríamos que todo nuestro dinero regresara a los bancos, eso habría estado muy por encima de las expectativas más inverosímiles de cualquiera”.

Evidentemente, existen muchas razones por las que tan pocos estadounidenses tienen motivos para celebrar. “La forma en que la gente percibe la economía”, me dijo Obama, dándome a conocer una parte de su propia teoría, se vio afectada por “lo que escuchan”. Y continuó: “Y si a eso le sumas un partido político (en este caso, el Partido Republicano) que niega el progreso y continuamente le está diciendo a sus bases, que son considerables y representan, digamos, el 40 por ciento de la población, que las cosas están espantosas todo el tiempo, entonces la gente comienza a absorberlo”.
Pero como el mismo Obama reconoció, el encono público por la economía no se da sin bases empíricas.

Un enorme segmento de la nación ha sido expulsado de la fuerza laboral por completo, y la realidad para la familia estadounidense promedio es que su ingreso familiar es 4000 dólares menos de lo que era cuando Bill Clinton terminó su mandato. La desigualdad económica, entre tanto, solo ha empeorado, ya que como máximo el uno por ciento de los hogares estadounidenses está absorbiendo más de la mitad del reciente aumento en el crecimiento del ingreso. “Millones y millones y millones y millones de personas miran esa bella imagen de Estados Unidos que él pintó y no pueden verse en ella para salvar sus vidas”, dijo el mismo Bill Clinton acerca de la economía de Obama en marzo, como parte de la campaña presidencial de su esposa. “La gente está molesta, seamos honestos; les embarga la ansiedad, la confusión, porque no se ven en esa imagen”.

Es esta desconexión la que persigue a Obama. Él, por sus propios méritos, gestionó la recuperación mejor de lo que cualquier otro presidente lo pudo hacer, con resultados que en muchos casos excedieron sus mayores expectativas. Sin embargo, a pesar de los logros de los últimos siete años, muchos estadounidenses se han quedado atrás. Algo cambió, y a medida que se prepara para dejar el cargo, Obama parece entender que su legado económico podría ser juzgado no solo por lo que ha hecho, sino por cómo se comparan los resultados con una época previa en la que había oportunidades para la clase media, y que tal vez ningún presidente, que se hubiese enfrentado a los cambios radicales que transformaron la economía mundial, habría podido revivir.

El colapso económico que definiría cada aspecto de la economía de Obama se agudizó mucho antes de que él fuera presidente, por supuesto, y lo mismo sucedió con la legislación que sería la base para todo lo que vino después. En septiembre de 2008 (mientras los Lehman Brothers se declaraban en quiebra y AIG, la compañía aseguradora más grande del mundo, aceptaba un rescate federal) el senador John McCain de Arizona, en lo que se consideró principalmente una estrategia política, suspendió su campaña presidencial e invitó a Obama a volver a Washington para una reunión bipartidista en la Casa Blanca. Obama recordó aquel momento: “Todavía recuerdo que Bush me llamó y me dijo: ‘Mira, dudo que esto vaya a servir de mucho, pero me siento obligado a decir que sí, y espero que puedas venir’”.

El día siguiente, Obama se encontraba en el Salón de Gabinete en el mismo pasillo de la Oficina Oval, con McCain y los líderes congresales de ambos partidos. Henry M. Paulson Jr., el secretario del Tesoro, estaba desarrollando un rescate bancario mediante el cual el Departamento del Tesoro compraría hasta 700 mil millones de valores hipotecarios inestables —“activos en problemas”— mediante un plan que más tarde se convertiría en el Programa de Alivio de Activos en Problemas o TARP, por su sigla en inglés. Necesitaba votos, y los republicanos no iban a respaldar el programa. Nadie quería que lo vieran como un amigo de los bancos.

“Estábamos todos sentados a la mesa, McCain de un lado, yo del otro, Bernanke y Paulson y el Presidente Bush”, recordó Obama. “Paulson dice: ‘Si no actuamos ahora, podríamos caer en picado’. Y dada la mala situación de la política, dejar que los republicanos hicieran lo que necesitaban hacer seguía siendo muy tentador para Nancy y Harry” (es decir, para la vocera de la Casa Blanca, Nancy Pelosi, y el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid).

Muchos dentro del propio partido de Bush apoyaban un proyecto de ley alternativo que se centraba en asegurar los activos hipotecarios y en los recortes fiscales. Pero Obama, convencido de que cualquier medida que no fuera un rescate importante podría conducir a la catástrofe económica, dijo que los demócratas deberían respaldar el plan de Paulson. Y así fue.

Fue un inusitado momento de bipartidismo, con consecuencias políticas a largo plazo. Para Obama, fue una alianza necesaria con Wall Street y un presidente republicano. Para muchos otros, fue un paracaídas de oro para los mismos que habían ocasionado el desastre; algunos críticos se preguntaron por qué no había actuado igual de rápido para ayudar a los propietarios perjudicados mediante un fuerte programa de alivio hipotecario o de condonaciones de deuda. “El problema principal de las crisis financieras es que las herramientas que funcionan para unos son las que te harán ver como si tuvieras un romance con los bancos”, dijo Timothy Geithner, uno de los artífices de TARP a quien Obama hizo su secretario del Tesoro.

La extraña relación de amor-odio con Wall Street hizo que la siguiente parte del programa de Obama fuera extremadamente complicada. Cuando Obama asumió la presidencia, de inmediato trató de aprobar un paquete de estímulo. Si TARP tenía la intención de mantener a la economía a flote, el estímulo significaba que tendría que ayudar a que volviera a estar en buena forma. La pregunta crucial era: ¿cuánto dinero se necesita?

Muchos argumentan hoy que el plan de 800.000 millones de dólares de Obama, el que acabó por convertirse en ley, no era suficiente. Con un impulso mayor, la economía se habría recuperado mucho más rápido y se podrían haber aliviado años de sufrimiento innecesario. Para ser sinceros, por supuesto, las iniciativas políticas en contra del estímulo fueron extraordinarias. Los republicanos lo rechazaron por ser una compra compulsiva que dejaría al país aún más endeudado. Boehner literalmente echó por tierra el proyecto de ley, argumentando que “no era más que gasto, gasto y más gasto”. Pero los demócratas, liderados por el ala “de mano dura del déficit” del partido, también se opusieron a todo aquello que fuera demasiado ambicioso, y a Obama —que se encontraba apenas en el primer mes de su presidencia— no le quedó otra más que negociar con su propio partido, de modo que únicamente pudo obtener los 800.000 millones mediante votos de lista directos del partido.

Al principio, los resultados del plan estímulo fueron tan débiles como lo habría predicho un keynesiano fiel. La economía necesitaba una inyección de tamaño considerable, pero solo obtuvo una de tamaño mediano, así que continuó flaqueando. Un informe de enero de 2009 del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca proyectó que el estímulo mantendría el desempleo por debajo del 8 por ciento. Por el contrario, aumentó a 10 por ciento en 2009 y no fue sino hasta 2012 que regresó al 8 por ciento, lo que dio lugar a críticas sobre la ineficacia del estímulo. Los opositores de Obama por lo general recurren al mismo argumento de que la economía de Obama es “la peor recuperación desde la Segunda Guerra Mundial”.

Si se le juzga únicamente por el crecimiento del producto interno bruto, están en lo cierto. Pero Kenneth Rogoff, un profesor de economía de Harvard y coautor de “This Time Is Different”, un gran análisis de la historia de las crisis económicas, se rio cuando dije el epíteto “peor recuperación”. “Bueno, ¿hemos tenido una crisis financiera sistemática desde la Segunda Guerra Mundial?”, preguntó retóricamente. “Me refiero a que esto no se pareció nada a lo que hemos experimentado desde la Segunda Guerra Mundial. La recesión de Volcker de 1982 no fue nada comparada con esta, y será necesario dirigir la mirada hacia la naturaleza de la sacudida”.

Sin embargo, Obama no pudo o no quiso hacer uso de la retórica para enfatizar la gravedad de la crisis a medida que se desarrolló, así que tal vez los éxitos pudieron considerarse fracasos. “A lo largo de 2009 y 2010 hubo un delicado equilibrio entre ser honestos con los estadounidenses sobre la gravedad del problema y lo cerca que estuvimos del desastre, pero sin dejarlos temblando de miedo”, dijo Obama.

Además del reto de comunicar el mensaje, Obama se enfrentó también a una atadura en la práctica: al mismo tiempo que trataba de reactivar la economía, también se veía obligado a disminuir la plantilla del servicio público, presionado por los republicanos, quienes afirmaban que el aumento de la burocracia y su costo podrían generar la próxima crisis financiera de Estados Unidos. Llamémoslo un antiestímulo. “Esta es la primera recuperación en la que en verdad vimos que la burocracia disminuyó y eso dio lugar a este tremendo lastre fiscal durante toda la recuperación”, explicó Obama.

A pesar de todo, en el transcurso de su presidencia, Obama realmente ha podido supervisar un estímulo mucho mayor del que comúnmente se ha dado a conocer. Si añadimos todas las medidas de estímulo clásicas, incluyendo las muchas exenciones tributarias que la administración otorgó, obtenemos 1,4 billones de dólares, una cifra que es casi el doble de la cifra original. El antiestímulo, entonces, fue contrarrestado mediante un estímulo de cautela.

“Los progresistas no aprecian en su totalidad hasta qué punto el acuerdo del presupuesto de 2011 no solo evitó un posible incumplimiento sino que en realidad limitó el posible daño de un Congreso recién incentivado para imponer la austeridad en una recuperación que todavía era frágil”, dijo Obama. “Y con mi victoria en 2012 y la revocación de los recortes fiscales de Bush para el 2 por ciento de mayor renta, acabamos obteniendo un muy buen trato. Sucede que se dio de manera secuencial y no en conjunto”.

Cuando le pregunté a Barney Frank cómo juzgaría la historia esta recuperación, se le veía al mismo tiempo triste y divertido. Como presidente del Comité de Servicios Financieros de la Casa Blanca, Frank fue uno de los principales artífices legislativos del programa económico de Obama. “No te dan ningún crédito por evitar desastres ni minimizar daños”, dijo Frank. Y a manera de ejemplo, describió un mensaje (que le regaló un amigo en 2010 para que lo pegara en la defensa de su auto) con un eslogan que le habría venido igual de bien a Obama: “Las cosas habrían acabado mucho peor sin mí”. Frank, con una risa resignada, añadió: “Este no es un mensaje muy vendible”.

Con frecuencia, en nuestras conversaciones, el presidente expresó un sorprendente grado de identificación con los líderes empresariales de Estados Unidos. “De no haber tomado el camino de la política y el servicio público”, me confesó Obama, “los desafíos de crear un negocio y hacerlo crecer y funcionar serían probablemente de los más interesantes para mí”. Su aceptación manifiesta del capitalismo quedó especialmente en evidencia a causa de su conflictiva relación con Wall Street y la comunidad empresarial durante la mayor parte de su primer periodo en la presidencia.

En diciembre de 2009, Obama no dudaba en reprender a los banqueros. “No me presenté a la presidencia para ayudar a un puñado de banqueros opulentos en Wall Street”, le dijo a Steve Kroft en “60 Minutes”. “La gente en Wall Street todavía no lo entiende. No lo entienden. Siguen desconcertados: ‘¿Por qué será que los ciudadanos están enojados con los bancos?’”.

Tomando en cuenta el ánimo del país en aquel momento, las palabras de Obama no deberían haber sorprendido a los líderes empresariales. Pero el sector financiero había mantenido a flote la campaña de Obama al aportar 16 millones de dólares para apoyarlo políticamente, casi el doble de lo que McCain recibió, y algunos ejecutivos respondieron a su nuevo populismo tomándoselo como algo personal. Stephen Schwarzman, un cofundador de Blackstone Group, el gigante del capital privado, dijo de Obama en 2010 y su esfuerzo por eliminar una laguna fiscal que beneficiaba a la industria: “Es una guerra. Es como cuando Hitler invadió Polonia en 1939” (Schwarzman se disculpó posteriormente).

Otros parecían más preocupados por el lenguaje mismo. En 2011, Leon Cooperman, un gestor de fondos, escribió una carta pública a Obama, que decía: “El tono divisorio de su retórica está creando un abismo en expansión, tanto visceral como filosófico en este punto, entre los oprimidos y aquellos que están en una mejor posición para ayudarles. Es un abismo que resulta contraproducente y además está cargado de antecedentes históricos”.

Cuando le pregunté acerca de estas reacciones, Obama rio. Las críticas que acalló en Wall Street “fueron extraordinariamente moderadas”, dijo, pero “herí sus sentimientos. Varios de ellos me dijeron: ‘Sabes, mi hijo llegó a casa y me preguntó, ‘¿soy un pez gordo?’”. Y rio de nuevo.

La retórica de Obama no parece moderada, al menos comparada con la gran indiferencia de, digamos, Franklin Roosevelt, quien, al exponer los objetivos de la segunda fase del New Deal de 1936, dijo que los banqueros y especuladores irresponsables eran “unánimes en su odio hacia mí. Y yo doy la bienvenida a su odio”. A Obama, por el contrario, parece que su odio le causara molestia. “Una de las constantes con la que he tenido que lidiar durante los últimos años es la gente de Wall Street que se queja incluso aunque el mercado bursátil vaya de 6.000 a 16.000 o 17.000”, dijo. “Ellos se quejaban continuamente de nuestras políticas económicas. Que además no corresponden con nada de lo que están experimentando; tiene que ver con cuestiones ideológicas y su irritación ante el aumento de los impuestos”.

El percance más importante entre Wall Street y Obama tuvo que ver con la Ley Dodd-Frank de Protección al Consumidor y Reforma de Wall Street, que Obama promulgó en el verano de 2010. La ley, que se explica en 2223 páginas, limitó los planes comerciales más arriesgados de Wall Street, instituyó la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor y creó un sistema para desinflar a los bancos insolventes evitando los rescates financiados por los contribuyentes y para desintegrar a los bancos que no cumplieran. Al igual que el estímulo, se considera que la Ley Dodd-Frank fue demasiado lejos y no hizo lo suficiente.

Algunos economistas han sugerido que el paquete de reformas, en combinación con los esfuerzos de la Reserva Federal para obligar a los bancos a conservar más capital, muy probablemente lentificaron los préstamos, así como el posible crecimiento económico a corto plazo. Las nuevas reglas pueden haber sido adecuadas en el periodo que siguió a la crisis, pero sí tuvieron un costo económico. “El crecimiento requiere acceso al capital para financiar inversiones en plantas, equipo, tecnología y trabajadores”, afirmó Douglas Holtz-Eakin, un exdirector de la Oficina de Presupuesto del Congreso, quien ahora está a cargo del American Action Forum, un grupo de investigación de derecha. “La ley Dodd-Frank hizo que el capital fuera más escaso y más caro en un momento en el que la economía débil necesitaba desesperadamente un impulso para crecer”. Holtz-Eakin calculó en 2015 que la legislación podría haber recortado 895 mil millones al producto interno bruto durante la próxima década.

Para Obama, la legislación tiene un trasfondo mucho más complejo. Él dice que le gustó la película “The Big Short” —un recuento gráfico de la crisis de 2008 que hace especial énfasis en la avaricia de sus principales artífices— pero no su final. La película sugiere —de manera equivocada, dice Obama— que nada ha cambiado en Wall Street. El sector financiero “es más grande, absorbe más recursos y, tal vez lo más importante, más talento de lo que yo quisiera. Me gustaría que los genios de las matemáticas se fueran más hacia la ingeniería y las ciencias de lo que se van a tratar de construir algoritmos para vencer al mercado e ingeniárselas en el arbitraje”, dijo.

“Pero no cabe duda de que el sistema financiero es considerablemente más estable”, comentó. “Es verdad que no hemos desmantelado el sistema financiero y, en ese sentido, la crítica de Bernie Sanders es correcta” —una referencia al senador de Vermont y aspirante a la presidencia, quien con frecuencia hace un llamado para dividir los bancos más grandes de Estados Unidos. “Pero una de las cosas que he tratado de recordarme a mí mismo sistemáticamente a lo largo de mi presidencia es que la economía no es una abstracción. No es algo que puedas simplemente rediseñar y dividir, y volver a juntar sin consecuencias”.

La planta de Saft America, una masa gigantesca de cemento de casi 22.000 metros cuadrados, es una maravilla moderna: el techo está cubierto fila tras fila de paneles solares, que encarnan el futuro renovable que las baterías fabricadas en su interior tienen la intención de sustentar. (En un principio, se suponía que los principales clientes de las baterías serían los fabricantes de automóviles eléctricos, pero actualmente la empresa las vende en su mayoría a empresas de servicios públicos que quieren almacenar energía solar y eólica). Obama habló desde un escenario provisional que se instaló en el centro de la fábrica, con dos banderas perfectamente situadas detrás de él para que entraran en el campo visual de los fotógrafos; una era la bandera estadounidense y la otra tenía el logotipo de Saft.

“La razón por la que estoy aquí el día de hoy es porque Saft está contando una historia sobre el impresionante trabajo que la gente de todo este país ha hecho para que Estados Unidos se recupere de una de las peores crisis financieras en nuestra historia”, dijo Obama, contemplando a la multitud.

Añadió: “Cualquiera que diga que no estamos indiscutiblemente en mejores circunstancias que hace solo siete años, no se está siendo franco con ustedes. No les está diciendo la verdad”.

La historia que narró Obama fue sobre el ingenio y el crecimiento de Estados Unidos a partir de la crisis financiera. El desempleo en Florida llegó a su nivel máximo de 11,2 por ciento en 2009, mucho más elevado que el promedio nacional, y el estado concentró el mayor número de embargos hipotecarios. Saft America no solo fue un ejemplo del esfuerzo del gobierno para reducir el desempleo en aquel momento, cosa que hizo, sino que también incentivó la inversión en las tecnologías verdes de la próxima generación, como las baterías de iones de litio, que ayudarán a la economía a expandirse en las próximas décadas.

Aunque sin proponérselo, la planta narraba una historia mucho más compleja sobre la globalización y la naturaleza cambiante del comercio. Saft America es una unidad de Saft Groupe, una compañía francesa con sociedades controladoras en todo el mundo. Las ventas de baterías de iones de litio han sido mucho más lentas de lo anticipado y la fábrica aún no ha obtenido ganancias. La sociedad matriz francesa no espera que haya rendimientos en los próximos dos o tres años y ya ha amortizado parte de su inversión en la fábrica.

Aquí se construyó una fábrica, en parte, con dólares del gobierno estadounidense para beneficio de la economía local y nacional. Sin embargo, la fábrica, su tecnología y sus patentes pertenecen en su totalidad a una compañía extranjera. Su director general, de nacionalidad francesa, está desapegado casi por completo de la comunidad aquí en Jacksonville, ni siquiera estuvo presente en el discurso de Obama. Y las ganancias de la fábrica, en la medida en que las haya, podrían enviarse al extranjero en lugar de reinvertirse aquí.

La visita a la fábrica también podría contar una historia más compleja sobre la presidencia. Siempre ha sucedido que los electores reconocen el mérito o, más frecuentemente, culpan al presidente del desempeño económico de la nación. Pero también ha sucedido que la influencia del presidente, en términos generales, para mover la economía es considerablemente menor de la que incluso le gustaría reconocer. Y a medida que la economía continúa desbandándose, esa influencia puede disminuir todavía más. Un presidente tiene menos poder que nunca, ya sea en un sentido de poder duro (jurídico/regulatorio) o poder blando (cultural), sobre los directores ejecutivos estadounidenses, ni qué decir de los directores ejecutivos de multinacionales con sede en Francia o China o en otros lugares donde muchos empleadores estadounidenses tienen sus oficinas centrales.

En la sala de juntas después del discurso, lo reconoció. “Tratándose de inversiones”, dijo Obama, en relación con la práctica de las compañías estadounidenses de establecerse fuera del país, “o tratándose de los beneficios extra de los directores ejecutivos o la brecha entre lo que el obrero de la cadena de montaje gana en comparación con lo que gana el director ejecutivo, todas esas cosas solían estar limitadas por el hecho de que vivías en la ciudad; ibas a la iglesia en esa ciudad; tus hijos podrían ir a la misma escuela que el hombre que trabaja en la cadena de montaje porque en realidad se invertía en las escuelas públicas”, comentó Obama. “Y todos esos factores limitantes se han reducido enormemente o, en algunos casos, se han eliminado por completo. Y eso contribuye a las tendencias de desigualdad. Eso contribuye, en mi opinión, a que haya una divergencia entre la forma en que quienes dirigen esas compañías y las élites económicas ven sus responsabilidades y las políticas que promueven a través de líderes políticos. Y me parece que eso ha tenido un efecto nocivo en la economía en general”.

Inclinado hacia adelante en su silla, Obama describió los profundos cambios estructurales en la economía durante las últimas dos décadas que los electores a menudo no valoran ni reconocen. “Si eres obrero, viste que la industria manufacturera se fue para China”, explica. “Estás en un pueblo; la planta cierra. Pero —en parte debido a la burbuja inmobiliaria— todo un puñado de trabajadores de la industria manufacturera podría irse a la construcción de manera repentina”.

El deterioro económico subyacente se cubrió con crédito barato, ya que las amas de casa compensaron el déficit en el crecimiento salarial con hipotecas secundarias de bajo interés y una carga de deuda sin precedentes en tarjetas de crédito. Y eso “significó que la gente se sentía muy bien en cuanto a su poder adquisitivo aunque su situación subyacente no hubiese mejorado perceptiblemente”, manifestó Obama. Entonces, la burbuja se reventó, “y de repente se vieron arrastrados”. Aquellos trabajos de construcción han regresado poco a poco, y muchos de aquellos empleos en la industria manufacturera nunca regresaron”.

“Estarían mucho peor si nosotros no hubiésemos tomado las medidas que tomamos”, afirma Obama. “Pero tienen la sensación de que hay que luchar más de lo que tuvieron que hacerlo sus padres o sus abuelos”.

Obama sopesó el problema desde una perspectiva política. “Por alguna razón”, comentó, “llevar a cabo esos cambios tan arduos que necesitamos para crear una economía más ágil y dinámica no produce beneficios inmediatos y puede parecer una distracción o un esfuerzo para debilitar una era obsoleta que ya no existe. Y entonces eso alimenta, en la izquierda y en la derecha, una tentación de decir: ‘Si tan solo pudiéramos regresar a una era en la que nuestras fronteras estaban cerradas’, o ‘Si pudiéramos regresar el tiempo a una época en la que todo mundo tenía un plan definido de prestaciones’, o ‘Podríamos tal vez regresar el tiempo a cuando no había inmigración que se quedara con mi empleo, las cosas estarían bien’”. Obama no mencionó a Donald Trump ni a Bernie Sanders por su nombre, pero la insinuación era obvia.

Tal vez el mayor cambio económico durante la presidencia de Obama vino de una ley que no se publicitó como tal. El 21 de marzo de 2010, el congreso promulgó la Ley de Cuidados de Salud Asequibles, mejor conocida como “Obamacare”.

Se trató de la legislación más audaz de Obama y la que muy seguramente lo definirá. Ha sido considerada, grosso modo, como un programa social, una forma de proveer a decenas de millones de ciudadanos sin cobertura médica con un seguro de salud. Pero el proyecto de ley, que no solo afectó a las compañías de seguros, sino a los médicos, los hospitales y a las compañías farmacéuticas, tuvo además un impacto inmediato y creciente en la economía en su totalidad. La industria del cuidado de la salud representa el 17,5 por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos, y el gasto en este rubro representa el 8 por ciento del presupuesto familiar promedio.

Por supuesto, el desafío económico más importante al que la mayoría de los estadounidenses se enfrenta alguna vez aparece en forma de una repentina crisis de salud. “A largo plazo”, me explicó Sperling, “la Ley de Cuidados de Salud Asequibles en realidad será vista como uno de los logros económicos más grandes, no solo en términos del cuidado a la salud, sino económico. Porque de hecho, en buena medida, cierra la brecha de la falta de seguridad”.

Aunque, para cerrar esa brecha, Obama se enfrentó a una complicada paradoja económica y política. La legislación se diseñó para disminuir el crecimiento de los costos ocasionados por el cuidado de la salud, a pesar de haber extendido la cobertura. Disminuir el crecimiento de una industria que representa casi una quinta parte de la economía de Estados Unidos significa, inevitablemente, que disminuirá el crecimiento de la economía en su totalidad. Asimismo, la ley fue diseñada para ejercer una influencia económica más imperceptible. Durante buena parte de la posguerra, la mayoría de los estadounidenses recibieron seguros de salud de sus empleadores, a través de las prestaciones.

Si renunciaban a su trabajo o se les despedía podían perder esas prestaciones laborales y si tenían un problema de salud preexistente, tal vez les costaría mucho trabajo recuperarlas, incluso si obtenían un mejor empleo con buenas prestaciones en otro lugar. Eso quería decir que la gente era menos propensa a renunciar a un trabajo, y que los empleadores podrían preocuparse un poco menos por aumentar los salarios, porque de alguna manera tenían a la mano de obra cautiva. En la era de la economía de los trabajos temporales, los seguros más móviles podrían transformar la forma en que trabajamos y posiblemente tendrían un efecto real en los salarios en algunos sectores.

En 2014, la Oficina de Presupuesto del Congreso dio a conocer un informe que calculaba que la Ley de Cuidados de Salud Asequibles “reduciría el número total de horas netas trabajadas de 1,5 a 2,0 por ciento durante el periodo de 2017 a 2024”, un resultado aparentemente desastroso para la economía. Pero el director de la oficina Doug Elmendorf, escribió después: “La razón de la reducción en la oferta de trabajo es que las disposiciones de Obamacare reducen el incentivo de trabajar entre ciertos subconjuntos de la población”. En otras palabras, mucha gente trabajaba porque tenía que hacerlo, a fin de conservar su seguro médico. Ahora podían renunciar, incluso aunque estuvieran enfermos; un resultado positivo para ellos, pero con un efecto perverso en la economía.

Y debido a todo lo anterior, los estadounidenses aún parecen no percibir los beneficios del nuevo programa, en parte porque estos beneficios siguen siendo inciertos. “Si tus primas de cuidado de la salud aumentan un 6 por ciento, sigues molesto”, comentó Obama, “incluso aunque las líneas de tendencias hayan sido que esas mismas primas van a subir un 15 por ciento”.

Los republicanos se opusieron de manera unánime al proyecto de ley y Obama solo podía promulgar una legislación de tal magnitud antes de las elecciones del congreso, en las que muchos sospechaban que el control de la Cámara Baja pasaría de los demócratas a los republicanos, que fue lo que sucedió. Eso significó que Obama tuvo que dar prioridad a Obamacare y no a otros muchos temas de gran importancia en su agenda, incluyendo otros incentivos, tal vez en forma de un proyecto de ley de infraestructura masiva, que le habrían dado a la economía un impulso inequívoco. “Si retrocediéramos algunos años en el tiempo, tal vez dirías: ‘Bueno, Obama pudo haberse concentrado todavía más en impulsar mayores incentivos fiscales, lo que podría haber hecho si no le hubiera apostado a la Ley de Cuidados de la Salud Asequibles’”, manifestó Rogoff. “Fue un intercambio que él hizo y que le costó”.

Obama lo sabe. “Lo cierto es que en 2012, 2013, 2014 no iniciamos un proyecto masivo de infraestructura (fue el mejor momento para hacerlo: las tasas de interés eran bajas, la industria de la construcción era la que seguía inmediatamente después, había una enorme necesidad); el hecho de que no lo hayamos hecho, por ejemplo, nos costó tiempo”, expresó Obama. “Significó que hubo personas a las que pudimos haber ayudado y puesto a trabajar de nuevo y comunidades enteras que podrían haber prosperado y que acabaron por necesitar más tiempo para recuperarse”.

Después de 2010, todo lo que le quedaba a Obama era una acción ejecutiva: la reducción del PIB hacía que cualquier otra opción fuera casi imposible. Así que el presidente recurrió cada vez más a cambios de normas regulatorias y decretos ejecutivos. Aumentó el salario mínimo a los trabajadores con un contrato federal a 10,10 dólares por hora; revisó la política migratoria para proteger a algunos inmigrantes ilegales de la deportación (la Corte Suprema acaba de analizar la posibilidad de anular esa acción ejecutiva); firmó un mandato que exhortaba a las agencias gubernamentales que supervisaban a la industria a encontrar formas de fomentar la competencia, como presionar a las compañías de cable para que les permitieran a sus clientes usar decodificadores manufacturados por compañías rivales. Pero sin el congreso, los grandes movimientos legislativos, los que en realidad habrían cambiado la historia, parecían inalcanzables.

“Tal vez pueda señalar tres o cuatro cosas de sentido común que pudimos haber hecho y con las que estaríamos creciendo uno o dos por ciento más rápido cada año”, dijo Obama. “Podríamos haber disminuido la tasa de desempleo más rápido. Podríamos haber aumentado los salarios más rápido de lo que lo hicimos. Y esas cosas algunas veces me quitan el sueño”.

Cuando la caravana del presidente se fue de Saft para dirigirse hacia el avión presidencial, observé algo extraño: el estacionamiento de la planta era extraordinariamente pequeño. Me di cuenta de que durante todo el recorrido de Obama por la fábrica, con todas sus oportunidades para tomar fotografías y saludar de mano a la gente, había interactuado muy poco con los trabajadores. Pero sí se le mostró máquina tras máquina, principalmente operadas por computadora. En algún momento, se le presentó a WALL-E, un robot cuyo nombre se había inspirado en una película de Pixar que toma componentes de las baterías de una bandeja. No se necesitaban empleados. Esta gigantesca meca de la innovación, una maravilla física que de haberse construido hace varias décadas, habría fácilmente empleado a un millar de personas, ahora solo da trabajo a trescientas.

Fue una escena que acentuó un reto que enfrenta la economía de Estados Unidos y que puede ser el factor que motive una mayor desigualdad: no solo estamos perdiendo empleos por la competencia en el extranjero, los estamos perdiendo ante la tecnología. Obama también se percató de los robots. “Acabamos de ver a estos robots que son tan impresionantes, pero también hacia donde se dirige la economía”, dijo.

Obama reconoce el problema claramente, dijo pasar mucho tiempo pensando en ello, pero también sabe que las soluciones vendrán mucho después de que él haya dejado el cargo. Muchos ciudadanos, dijo de regreso en el avión presidencial: “tienen que preocuparse por recapacitarse en algún momento de sus carreras porque no pueden anticipar que estarán en un mismo lugar durante 30 años. La mezcla ocupacional en la economía exige cada vez más de la gente porque está cambiando más rápido. Y todo esto ocasiona que la gente sienta que no sabe lo que le espera a la vuelta de la esquina”. Sin importar el grado de “incertidumbre” del que se quejen los líderes empresariales, este puede ser un sentimiento de incertidumbre mucho más profundo.

“Es una de las razones por las que traté de que se firmara el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica” dijo, trayendo a colación el acuerdo de libre comercio que, de manera excepcional, ha dividido a ambos partidos, “no fue porque no fuera consciente de todas las fallas de algunos acuerdos de libre comercio del pasado ni de los trastornos que la globalización ocasionó a nuestra economía, más bien fue por mi evaluación de que la mayoría de las tendencias son irreversibles dada la naturaleza de las cadenas de suministro mundiales, por lo que es mejor que tratemos de conformar las reglas de formas que permitan elevar las normas de trabajo en el extranjero o tratar de exportar nuestras normas ambientales al exterior para que tengamos un campo de juego más nivelado”.

La pregunta de si un presidente puede verdaderamente mejorar, o dañar, una economía sigue sin respuesta. El mayor poder económico podría estar, de hecho, en manos de la Reserva Federal. Los economistas dicen que la política de la Reserva Federal, que consiste en mantener las tasas de interés a niveles bajos históricos, ayudó a reactivar la economía y disminuir el desempleo. Al mismo tiempo, se ha culpado a la Reserva por haber ampliado la desigualdad, al aumentar el precio de los bienes inmuebles y las ganancias corporativas, incluso a expensas del sufrimiento de ahorradores y jubilados que dependen de activos de ingreso fijo.

Eso puede tener efectos buenos y malos en el legado económico de un presidente. Los críticos de Obama, incluyendo al vocero de la Cámara Baja, Paul Ryan, le atribuyen a Ben Bernanke, el expresidente de la Reserva Federal, y a Janet Yellen, su actual presidenta, cualquier recuperación que haya habido desde la crisis, con lo que afirman que sucedió a pesar del presidente. “Creo que la Reserva Federal ha hecho más”, dijo Ryan en una conferencia de prensa en enero. Frank, por su parte, casi brincó del otro lado del teléfono cuando le mencioné aquel argumento en una entrevista. “¿Y quién nombro a Bernanke y Yellen? Ni Bernanke ni Yellen habrían podido hacer lo que hicieron sin el respaldo absoluto del presidente”.

Sin embargo, en última instancia, Obama dijo que las lecciones de su tiempo en la presidencia se están malinterpretando en las campañas electorales. “Si observas las plataformas económicas de los actuales candidatos republicanos a la presidencia, no solo desafían la lógica y todas las teorías económicas conocidas, son una fantasía”, dijo Obama. “Cortan de tajo los impuestos, particularmente a los que más tienen, desmantelan los regímenes regulatorios que protegen nuestro aire y nuestro medioambiente y después proyectan que esto nos va a llevar a un crecimiento del cinco o el siete por ciento, y afirman que harán todo esto mientras equilibran el presupuesto. Nadie, incluso con los conocimientos más rudimentarios de economía, pensaría que alguna de esas cosas es factible”.

Y continuó: “Si no podemos desinflar algunos de los mitos sobre austeridad, política o recortes fiscales, o los mitos que se han construido en torno a la revolución de Reagan, cuando de algún modo la gente verdaderamente creyó que él había hecho recortes en el gobierno y el déficit, y que la recuperación se debió a todos estos recortes fiscales masivos y no a un cambio en las políticas de las tasas de interés, si no podemos describir eso con eficacia, estaremos condenados a seguir cometiendo cada vez más errores”.

*Andrew Ross Sorkin es columnista financiero de The New York Times, fundador y editor general de DealBook y copresentador de “Squawk Box” de la cadena CNBC.