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Bill Cunningham convirtió a la fotografía de moda en su propia rama de la antropología cultural con su trabajo en las calles de Nueva York. En The New York Times hizo una crónica del ambiente social de una era en constante cambio al enfocar su cámara en la ropa que vestían las personas de manera elegante, extravagante o tan solo sensata.

Cunningham murió el sábado en Manhattan a los 87 años. El Times confirmó su muerte: había sido hospitalizado recientemente después de sufrir un infarto.

Este fotógrafo fue una presencia tan particular en la ciudad que, en 2009, fue nombrado un hito viviente. Además era fácil detectarlo mientras viajaba en bicicleta por el centro de la ciudad, donde hizo la mayor parte de su trabajo de campo: su figura huesuda cubierta por una chaqueta de mezclilla azul funcional, pantalones caqui y los zapatos negros que usaba, así como su cámara de 35 milímetros colgada al cuello, siempre listo para captar el siguiente grito de la moda.

En los casi 40 años que trabajó para el Times, Cunningham fotografió los cambios de las vestimentas para registrar el cambio de la formalidad hacia algo más difuso e individualista.

En el hotel Pierre del lado este de Manhattan enfocó su cámara en los distinguidos neoyorquinos que usaban tweed, como Rockefeller y Vanderbilt. En el centro de la ciudad, cerca del muelle, tomaba fotografías de las mujeres a la moda que usaban tops cortos que dejaban ver el ombligo. En Harlem se bajó de su bicicleta e hizo lo mismo con los jóvenes de la cultura hip-hop que usaban amplios pantalones de mezclilla.

Mientras lo hacía, él mismo se convirtió en una suerte de celebridad.

En 2008, Cunningham fue a París, donde el gobierno francés le otorgó la Legión de Honor. En Nueva York, fue homenajeado en Bergdorf Goodman, donde colocaron un maniquí de tamaño natural, inspirado en su imagen, en el aparador.

El New York Landmarks Conservancy fue la institución que lo declaró como un hito viviente en 2009, el mismo año en que The New Yorker, en un perfil, describió sus columnas “On the Street” e “Evening Hours” como los anuarios extraoficiales de la ciudad: “Una crónica exuberante, a veces bochornosa en retrospectiva, de la forma en que nos vestíamos”.

En 2010, el documental “Bill Cunningham New York”, se estrenó en el Museo de Arte Moderno y recibió reseñas muy positivas.

Sin embargo, Cunningham le dijo a casi todos los que le preguntaron acerca del filme que la publicidad que lo acompañó fue todo un fastidio, una razón para que los extraños se le acercaran y lo molestaran.

Quería encontrar objetivos para su cámara, no ser uno. Quería observar, no ser observado. El ascetismo fue el distintivo de su marca.

No iba al cine ni tenía televisión. Desayunaba casi todos los días en el Stage Star Deli en West 55th Street donde hasta hace poco se podía tomar una taza de café, comer una salchicha, huevos y queso por menos de 3 dólares.

Vivió hasta 2010 en un estudio que estaba arriba del Carnegie Hall, entre filas y filas de gabinetes donde guardaba todos sus negativos. Dormía en un catre individual, se duchaba en un baño compartido y, cuando le preguntaban por qué se la pasaba destruyendo cheques que recibía de revistas como Details (él ayudó a Annie Flanders para que la lanzara en 1982), dijo: “El dinero es lo más barato. La libertad y la autonomía son lo más caro”.

Aunque a veces asistía a 20 galas a la semana para tomar fotografías, jamás se quedó a cenar en ninguna de ellas y con un gesto le decía a las personas que se fueran cuando se le acercaban para preguntarle si por lo menos quería un vaso de agua.

En vez de eso fotografiaba a mujeres como Annette de la Renta y Mercedes Bass que usaban vestidos con cuentas y trajes de tweed. Como dijo Anna Wintour en el documental acerca de Cunningham: “Lo he dicho muchas veces: ‘Todos nos vestimos para Bill’”.

La posición de Cunningham como un tránsfuga perenne entre un conjunto de iniciados virtuosos fue parte del conjunto de cualidades que lo convirtieron en un fotógrafo ideal para el Times.

“Los ricos y poderosos de la industria de la moda buscaban su compañía; sin embargo, él siguió siendo la persona más amable, gentil y humilde que he conocido”, dijo Arthur Ochs Sulzberger Jr., editor y presidente del Times. “Hemos perdido a una leyenda y personalmente estoy devastado por haber perdido a un amigo”.

Dean Baquet, el editor ejecutivo del Times, comentó: “Fue un periodista muy ético y tenía una mente increíblemente abierta en cuanto a la moda. Ver un panorama de calle hecho por Bill Cunningham era ver toda la ciudad de Nueva York. Los jóvenes, las personas de tez morena, la gente que gastaba fortunas en la moda y las personas que tenían muy poco dinero pero sabían cómo vestirse con lo que encontraban”.

Michele McNally, directora de fotografía del Times, dijo: “Bill fue un hombre extraordinario, su compromiso y pasión no tenían comparación; su amabilidad y humildad eran una inspiración. Aunque sus talentos eran bien conocidos, prefería permanecer en el anonimato, algo inalcanzable para semejante superestrella. Lo extrañaré todos los días”.

“Cuando estoy tomando fotografías”, dijo una vez Cunningham, “busco el estilo personal con el que se usa una prenda… a veces, incluso cómo se usa una sombrilla o cómo se sostiene un abrigo. En las fiestas es importante ser casi invisible, captar a la gente cuando ignoran que hay una cámara… sacar la intensidad de su discurso, los gestos de sus manos. Me interesa capturar un momento con ánimo y espíritu”.

William John Cunningham Jr. nació el 13 de marzo de 1929 en Boston; fue el segundo de cuatro hijos en una familia irlandesa católica.

En la secundaria utilizó retazos de material que obtuvo de una tienda de baratijas para hacer sombreros y le regaló uno a su madre para que se lo pusiera en la Feria Mundial de Nueva York en 1939. “Jamás se lo puso”, contó Cunningham. “Todos en mi familia pensaban que estaba un poco loco”.

De adolescente consiguió un empleo de medio tiempo en la tienda departamental Bonwit Teller; después recibió una beca para Harvard pero se salió después de dos meses. “Pensaban que era un iletrado”, dijo. “No tenía esperanza ahí. Yo era una persona visual”.

Ya que no tenía nada que hacer en Boston y sus padres lo presionaron para que encontrara alguna dirección, se mudó a Nueva York donde se quedó con un tío, Tom Harrington, quien tenía intereses en una agencia de publicidad.

“Mi familia pensó que podrían adoctrinarme en ese negocio, que vivir con mi tío haría que me olvidara de lo demás”, dijo Cunningham. “Pero no funcionó. Siempre había estado interesado en la moda”.

Así que cuando Harrington le dio un ultimátum a su sobrino y le dijo: “Deja de hacer sombreros o sal de mi apartamento”, Cunningham eligió lo último y se mudó a un apartamento en la planta baja de un edificio en la calle 52 que también sirvió como sala de exposición para sus sombreros de fieltros y sus gorros con estampados de cebra.

Para ganar dinero extra, Cunningham comenzó a escribir una columna en Women’s Wear Daily. Renunció a principios de los sesenta después de pelearse con su editor, John Fairchild, acerca de quién era el mejor diseñador: André Courrèges o Yves Saint Laurent.

“John rechazó mi texto”, después recordó Cunningham. “Dijo: ‘No, no, debe ser Saint Laurent’. Ahí se acabó todo para mí. Cuando no quisieron publicar mi artículo sobre Courrèges como yo lo tenía en mente, me fui”.

En 1967 compró su primera cámara y la utilizó para tomar fotos del “Verano del amor”, cuando él se dio cuenta de que la acción estaba en las calles. Comenzó a tomar encargos para The Daily News y The Chicago Tribune y se volvió colaborador regular del Times a fines de los setenta.

A lo largo de las siguientes dos décadas, rechazó ofertas por parte de sus editores para que tomara un empleo de tiempo completo. “Una vez que le perteneces a la gente”, decía, “pueden decirte qué hacer. Así que no dejes que lo hagan”.

Eso cambió en 1994 después de que un camión atropelló a Cunningham mientras iba en bicicleta. Como explicación acerca de por qué había aceptado la oferta del Times, dijo: ‘Fue por el seguro médico”.

En ocasiones, Cunningham permitía que la gente lo homenajeara. Por ejemplo, en 1993, el Council of Fashion Designers of America lo homenajeó y él llegó en bicicleta al escenario para aceptar su premio. Sin embargo, esa fue una gran excepción.

Más tarde, Harold Koda se le acercó para ver si estaba interesado en curar una retrospectiva de sus fotografías en el Met y Cunningham lo rechazó.

No fue una sorpresa que Cunningham fuese reacio a participar en su propio documental. De acuerdo con su director, Richard Press, Cunningham aceptaba ser entrevistado pero después pasaba meses cancelando o posponiendo sesiones fotográficas. El fotógrafo dijo que no había visto el filme.

Cunningham se expresó así en un ensayo que escribió para el Times en 2002: “Hoy, la moda es tan vital e interesante como lo ha sido siempre. Sé a qué se refieren las personas con una actitud más formal cuando dicen que se sienten horrorizados por lo que ven en las calles, pero la moda está haciendo su trabajo. Está reflejando exactamente nuestra época”.