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La primera cosa atípica de Hugh Laurie es su altura. A diferencia de muchos actores de Hollywood, es en realidad más alto de lo que parece en la pantalla. Oficialmente, mide 1,89 metros; extraoficialmente, parece más alto.

Cuando nos encontramos por primera vez, en un patio tranquilo del centro de Los Ángeles, tenía una expresión levemente distante, una mirada familiar para los fanáticos de Dr. House, la popular serie de Fox que Laurie protagonizó durante ocho años interpretando a un diagnosticador misántropo.

“Por favor no lo tomes a mal, pero ahora me vendría muy bien un cigarrillo”, dice Laurie. Se mueve, revisa sus bolsillos en busca de un escurridizo paquete de cigarrillos y luce un poco molesto hasta que su mano da con uno. Se acerca a una puerta abierta, se encorva contra el viento, lo enciende, da un par de pitadas y exhala. “Bien, ahora sí, ¿decías?”

Sonríe y busca la única silla al reparo del sol. “De cuando en cuando, he dejado de fumar”, dice más tarde. “Y hay algo sobre el dejar de fumar que pone ansiosas a las personas: ‘Bueno, si dejo de fumar, ¿me pierdo de algo? Si me libro de esta cosa, seguramente, en términos de la física newtoniana, debe quedar un espacio vacío’”.

En Hollywood hoy en día, lo único más extraño que una estrella que fuma en público es una que lo hace mientras habla de la física de Newton. Tal vez lo más extraordinario en Laurie sea que, a pesar de su consumada y duradera carrera, reconoce sin reparos que es un loco del más alto grado y un prisionero de sus propias dudas.

No es que considere estas cualidades como algo particularmente especial. “Me aburro de mí mismo”, afirma. “De hecho, me he quedado dormido a mitad de una oración en el sofá de mi terapeuta, me he aburrido tanto de mí”. Dicho esto, y conociendo su publicitado agotamiento mental cuando terminó Dr. House, podría resultar contradictorio que en su próxima serie de televisión, Chance, Laurie encarne a un psicólogo. En la oscura serie original de Hulu, que debuta este año en Estados Unidos, personifica al doctor Eldon Chance, un psiquiatra forense de San Francisco conocido por evaluar a acusados de crímenes. “Abrí el libreto y ya en la primera página dije: ‘Oh, es una lástima’, porque obviamente no puedo hacer esto”, cuenta Laurie, quien al principio se negó a hacer otro papel de médico. “Después de unas tres páginas, en realidad me olvidé completamente de eso. Y pensé: ‘Esta es una creación y un enfoque completamente diferentes. No hay bromas en esto. Esto es sobre sufrimiento real’”.

En este tema, Laurie sabe de lo que habla. Desde finales de los 90, el actor ha venido hablando de su depresión. Esa aflicción, dijo en una entrevista de 2002 con el Evening Standard, “afectó todo, mi familia y mis amigos. Fue un dolor en el trasero. Estaba muy triste y ensimismado”.

La primera vez que hago referencia a esa confesión, sin embargo, Laurie se encoge de hombros y dice: “Quisiera no haberlo mencionado nunca”, y cambia de tema.

Llegados a este punto, prefiere hablar de su rol en El infiltrado, una miniserie de seis capítulos basada en el best seller de John le Carré que AMC emite en América Latina desde febrero y presentará en EE.UU. este mes. El protagonista de la historia, un recepcionista de hotel llamado Jonathan Pine, es reclutado como agente encubierto por el servicio secreto británico, el MI6, para capturar a un traficante internacional de armas.

Hugh Laurie con su amigo Stephen Fry en 1991.
Hugh Laurie con su amigo Stephen Fry en 1991. PHOTO: ALAMY STOCK PHOTO

Laurie, que es un poco polímata, es un lector obsesivo de Le Carré y el género de espionaje; en 1996 publicó El vendedor de armas, una novela satírica bien recibida por la crítica. En Gran Bretaña, se ganó hace tiempo el estatus de héroe por A Bit of Fry & Laurie, una comedia televisiva que creó con su mejor amigo, el estimable Stephen Fry. Laurie trabajó muchos años en dos series británicas clásicas: La víbora negra y Jeeves and Wooster. Como si eso fuera poco, lanzó dos discos de blues y tocó en un quinteto de jazz.

“Amo a Le Carré desde el primer momento”, dice Laurie. “Pero este era una especie de libro sagrado para mí. Fue su primera novela pos-Guerra Fría. Y yo estaba maravillado y aliviado de ver que él no había encontrado material que no sólo le permitía continuar su visión, sino de hecho superarla. Cuando iba por el tercer capítulo, levanté el teléfono —la única vez que he hecho algo así— e intenté obtener los derechos cinematográficos”. Hace una mueca. “Ni siquiera sabía qué significaba tener los derechos, pero había escuchado esa frase”.

Aunque no tuvo éxito con su oferta, Laurie siguió en contacto con uno de los hijos del escritor, el productor Simon Cornwell, que administra los intereses cinematográficos de Le Carré. Dos décadas después, cuando el proyecto salió del olvido de Hollywood conocido como “el infierno de la etapa de desarrollo”, Laurie se lanzó encima.

 Había sólo un obstáculo: siempre se había imaginado haciendo el papel de Pine, el elegante y joven protagonista. Sin embargo, para ese entonces Laurie ya había pasado hacía rato los 50 años (hoy tiene 56). “Tuve que asimilar el hecho de que no iba a ser el gerente nocturno”, dice. “Ya no estoy cualificado, si es que alguna vez lo estuve, y, dicho sea de paso, no lo estuve. Nunca fui lo suficientemente viril y elegante para ser el gerente nocturno. Así que tuve que dar un paso al costado y ver cómo Tom Hiddleston lo interpretaba”.

Hiddleston, de 35 años, es conocido por interpretar al villano Loki enThor y The Avengers (Los Vengadores). No obstante, pronto quedará asociado al astuto personaje de Pine. Laurie interpreta al blanco de Pine, Richard Onslow Roper, un traficante de armas con la mente de un chacal y los medios de Creso.

Laurie estaba tan familiarizado con el material y con Pine que quiso transmitirle su visión a Susanne Bier, la directora de El infiltrado, y a Hiddleston, a veces al punto de generar conflicto. Incluso intentó reescribir algunas escenas, pero sus colegas no se lo permitieron. “Él dijo: ‘Pongámonos de acuerdo en no ponernos de acuerdo’”, recuerda Bier. “Fue muy liberador. Había mucho deseo de hacer las cosas bien”.

A pesar de ser famoso por interpretar a un antihéroe como House, Laurie es nuevo en eso de ser un supervillano. Cuando responde preguntas estrictamente vinculadas con su oficio, Laurie habla con la impasible erudición que revela su educación en Eton y Cambridge. “Cada antagonista debe sentirse como si fuera protagonista”, señala. “Cada uno es la estrella de su película. Debemos ocupar el papel central de nuestros propios dramas, y claramente Roper ocupa el rol central en el suyo”.

Luego de una digresión sobre roles protagónicos, Laurie menciona que Tom Hanks, a quien admira especialmente, le envió una carta halagando a Laurie por el papel de estrella invitada que cumplió hace poco en la comedia Veep, de HBO. “Absolutamente sorprendente”, dice Laurie acerca de ese gesto.

Hugh Laurie en uno de los episodios de ‘House’.
Hugh Laurie en uno de los episodios de ‘House’. PHOTO: BANCO DE FOTOS DE NBCU VÍA GETTY IMAGES

Sin embargo, cuando le menciono al pasar que la compañía productora de Hanks tiene un acuerdo con HBO, la cuestión cambia. “Oh”, dice Laurie. De pronto luce afligido, entrecierra los ojos. “¿Crees que ellos le dijeron que la escribiera?”.

“No”, le digo. “En absoluto”.

“¿Crees que ellos la enviaron?”.

Y allí están otra vez las dudas. “Por algún motivo, hay algo en él que no puede aceptar que es un genio”, explica Bier. “Y siempre tiene que burlarse de sí mismo o menospreciarse. En realidad es encantador, pero hay momentos en que uno piensa: ‘¿No puede pasarla bien?’”. Mientras filmaba la miniserie, Laurie se encontró con frecuencia en ese estado. “Las dudas y ansiedades acechaban en cada línea”, recuerda. “Siempre tengo dudas. Y paso toda la filmación repasando la lista de personas a las que deberían haberles dado el papel”.

Durante esta filmación en particular, su lista de actores favoritos incluyó uno que ha muerto recientemente. “Siento que no debería ni siquiera decir su nombre porque ahora se siente como una falta de respeto”, dice. “Pero siempre he sido un gran admirador de Alan Rickman. Creo que tiene, o tenía, una presencia tan poderosa, una suerte de malicia sedosa que lograba evocar”. Suspira mientras observa el cielo. “En realidad no debería decir esto”.

El álbum de Laurie de 2013 ‘Didn’t It Rain’.
El álbum de Laurie de 2013 ‘Didn’t It Rain’.

Hacia el final de la serie Dr. House, en la que según reportes cobró US$700.000 por capítulo, algunos medios publicaron que quería abandonar su notoriedad y obligaciones y volver a Inglaterra, donde vive con su esposa de hace 26 años, Jo Green. Tienen tres hijos adultos, Charlie, Bill y Rebecca.

“Oh, no, no, no”, dice Laurie. “Sí usé la frase ‘jaula de oro’. Eso fue un error. Pero eso estaba relacionado con la experiencia de interpretar a un personaje epónimo en un programa de televisión, y en consecuencia verme confinado a una caja negra durante 100 horas por semana. Pero me pagaron increíblemente bien por eso. No, no hubo un sentimiento de retiro”.

Al final, cuenta Laurie, “me di cuenta de que nunca iba a superarlo, por lo que debía simplemente parar. Además, mi lado presbiteriano no me permitiría disfrutar de las cosas positivas. Por lo que ni lo intento”.

Agrega: “Pero aunque cada palabra que saliera de mi boca haya sido fielmente reportada, si eso fuera posible, de todas maneras lo odiaría, porque no quiero ser fielmente representado”.

Espera, ¿qué?

“Porque me aburro de mí mismo. Porque soy aburrido. No, realmente lo soy”.

Al igual que Laurie, Stephen Fry atribuye la actitud de su amigo a su presbiterianismo crónico. Laurie fue criado en Oxford, Inglaterra, por lo que Fry describe como “padres que creyeron en las virtudes de la modestia al punto de su propia abnegación. El engreimiento, la satisfacción propia y el orgullo fueron los tres pecados mortales en la casa de los Laurie, creo. Y si bien hay algo que se puede decir por eso, tal vez puede tomarse demasiado a pecho”.

Que Laurie sea un entrevistado expansivo se debe a su grado de inconformismo. Lanza una profusión de calificativos, disculpas y ramas de olivo, porque no quiere verse de la forma equivocada, es decir pomposo, aburrido o rudo.

“A veces veo a Hugh a través de los ojos de un extraño”, expresa Fry. “Especialmente de personas de los medios. Y podría parecer un poco malhumorado y distante, pero no lo es. Es un personaje extraño que realmente considera las cosas”.

PARA CUANDO TERMINÓ Dr. House en 2012, Laurie no consideró en absoluto volver a interpretar a un doctor en una serie estadounidense. Chance, sin embargo, tenía un par de cosas a favor. En primer lugar, no hay nada como Dr. House. La nueva serie es agresivamente oscura. El personaje de Laurie entra en un torbellino de múltiples identidades, intriga sexual y locura. En muchas maneras, Chance es el anti-Dr. House.

Segundo, despertó su interés en el tema de la psicología humana. Hace poco, Laurie se devoró The Brain, la serie de PBS conducida por el neurocientífico David Eagleman. Y la semana pasada, cuenta, pasó cinco horas con Richard Taylor, un psiquiatra forense famoso por evaluar a los más infames asesinos y pirómanos británicos. “Las aberraciones del cerebro humano siempre han sido interesantes para mí”, afirma Laurie. “En parte por eso estoy haciendo la serie. Y estoy buscando la mayor cantidad de perspectivas en el túnel”.

El hecho de que “el túnel” sea la metáfora central en una memoria que yo había escrito acerca de mis propias aventuras con la depresión y la locura no pasa desapercibido por Laurie, ya que bromea con que había comprado 10 copias de mi libro para tener uno en cada habitación. A lo largo de nuestra conversación, Laurie hace referencias, oblicuas y no tan oblicuas, a sus dificultades psicológicas. En un momento, se inclina hacia mí y me pregunta: “¿Aún escuchas el túnel cada tanto?”. Pero cuando le hago la misma pregunta, objeta, diciendo que compró el libro sólo para fines investigativos. “Me estoy por embarcar en el papel de un neuropsiquiatra”, dice.

Finalmente, luego de dar vueltas alrededor del asunto, le pregunto por qué ahora evita hablar de la depresión.

“Puedo entender que podría ser percibido como una indulgencia en muchos niveles, porque, en primer lugar, soy absurdamente afortunado de estar donde estoy, haciendo lo que hago, y por haber vivido la vida que vivo. Doy gracias por eso todos los días”, expresa. “Y de hecho pasar algo de tiempo tratando de conseguir compasión —‘Oh, no tienen idea de lo que sufro’— es como indecente, de alguna manera”.

“Bueno”, le digo, “si lo encuadras de ese manera…”.

Una escena de El infiltrado.
Una escena de El infiltrado. PHOTO: FOTO: DES WILLIE/THE INK FACTORY/AMC

“Y también pienso que, hasta cierto punto, se retroalimenta. Si lo admites y confrontas, podrías obtener lo mejor de ello. Pero podrías también simplemente darle oxígeno a todo el asunto.”

“¿Hay también un temor de que la gente simplemente te identifique constantemente como ese Tipo?”.

“Sí. Y la gente depresiva se apega a la depresión porque, hasta cierto punto, les resulta familiar. Es conocida. Es parte de lo que uno es, que tal vez, si me rindo, si me curo a mí mismo, bueno, ¿y luego qué?”, dice Laurie y hace una pausa.

“Eso quizás sea incorrecto”, afirma y profundiza: “Pero sobre todas las cosas, un actor privilegiado, occidental, razonablemente saludable que está viviendo la vida que vivo no tiene por qué, realmente. Es simplemente maleducado. Es maleducado quejarse”.

“Eso suena británico”.

“Sí, supongo que sí. Creo que los británicos ciertamente responderían así”.

Laurie se sienta y se pasa la mano por el pelo. Su sonrisa sugiere una capitulación benigna. “Creo que soy muy diferente ahora, por las razones que mencioné antes, en las que probablemente no querría meterme”. Pero luego lo hace. “Creo que me aflijo menos que antes. Mejor. Realmente mejor. No sé si eso me hace una mejor persona. Pero esa introspección deprimida que tenía está más bajo control. La veo venir y tengo herramientas para eludirla”.

Punto final…

“Por supuesto, ahora pienso que tal vez no debería haber dicho eso de ninguna manera”. •