Por ROGER COHEN /NYTIMES

La frase “periodismo basado en hechos” es ridícula y tautológica. Es como hablar de vida humana basada en oxígeno. No hay otro tipo. Los hechos son las bases del periodismo; ir tras ellos, sin miedo y sin favoritismo, es el principal objetivo.

Pero en una época en la que el presidente Trump acusa a The New York Times casi a diario de publicar “noticias falsas”, en la que su consejera Kellyanne Conway presenta “hechos alternativos” y en la que las mentiras llegan como una plaga desde la oficina más importante de Estados Unidos, cada vez se habla más del periodismo “real” o “basado en hechos”.

Eso es un mal augurio. Hablamos de periodismo basado en hechos, pero ¿cuál es el otro tipo de periodismo? Es obvio que los sitios de noticias falsasque se publican desde Macedonia para ganar dinero fácil no son periodismo. Esas páginas de internet utilizan noticias inventadas y disfrazadas de periodismo para cumplir objetivos políticos.

A los periodistas se les presenta información falsa para sembrar dudas. Esa información ahora emana de la Casa Blanca y su objetivo es que todos caigamos en ese hoyo negro donde 2+2=5.

La velocidad le gana a la veracidad. Ese es el acertijo y la amenaza de esta época.

La velocidad y la perturbación tienen más impacto psicológico que la verdad y la ciencia. Pueden moldear la retórica. Desacreditar noticias falsas rara vez es tan poderoso como la historia en sí. Trump dice “tal cosa”. ¡Alboroto! Hordas de periodistas se apresuran a desacreditar “tal cosa”. El presidente continúa con otro asunto y jamás vuelve a mencionarlo, afirma que no dijo eso o insiste en que realmente lo que dijo fue “otra cosa”.

La gente comienza a preguntarse: “¿Me estoy imaginando esto?”. Sienten que algún mecanismo interno ha tomado el control y los está arrastrando hacia un abismo. El presidente es un punto de referencia: si él miente, la costumbre de mentir se infiltra en la cultura. Los estadounidenses empiezan a preguntarse: “¿Acaso seremos capaces de expulsar del poder a estas personas? ¿De qué son capaces?”.

Simon Schama, un historiador británico, hace poco publicó este mensaje en Twitter: “La indiferencia en cuanto a la distinción entre la verdad y las mentiras es la precondición del fascismo. Cuando la verdad desaparece, la libertad también lo hace”.

El nivel de la deshonra que ha caído sobre la Casa Blanca tras solo semanas es asombroso. Durante décadas, la palabra de los estadounidenses era fundamental para afianzar la seguridad del mundo. El continente europeo y aliados como Japón fundaron su seguridad de posguerra en lo que expresaba Estados Unidos a través del presidente.

Ahora las palabras que salen de los labios fruncidos de Trump o desde sus mensajes en Twitter —a menudo con faltas ortográficas— son mensajes triviales, falsos o sin sentido. Por el amor de Dios… está enojado con Nordstrom porque la cadena de tiendas dejó de vender la línea de ropa de su hija Ivanka. Eso es lo que le preocupa al líder de Estados Unidos.

Me sorprendió cómo Paul Horner, quien dirige una gran operación de noticias falsas en Facebook, describió esta época en The Washington Post: “Para ser honesto, la gente definitivamente es más tonta. Sigue divulgando cualquier cosa. Ya nadie verifica los datos… o sea, así fue como Trump resultó electo. Tan solo dijo lo que se le antojó y la gente le creyó todo; cuando las cosas que dijo resultaron ser mentira, a la gente no le importó porque ya lo habían aceptado. De verdad es aterrador. Jamás he visto algo así”.

Durante la campaña, a Horner se le ocurrió una noticia falsa de que le habían pagado 3500 dólares a un manifestante en un mitin de Trump. Se hizo viral. Hemos visto noticias falsas de cómo Hillary Clinton le pagó 62 millones de dólares a Beyoncé y a Jay-Z para que se presentaran en Cleveland y de cómo Khizr Khan, el padre del oficial musulmán-estadounidense que fue asesinado en Irak, era un agente de los Hermanos Musulmanes. Las noticias falsas cambiaron el resultado de la elección… ¡NOTICIA DE ÚLTIMA HORA! ¡IMPRESIONANTE!

Ahora el presidente Trump insinúa que sus índices negativos en las encuestas son noticias falsas… junto con CNN, The New York Times, The Washington Post y cualquier otra organización noticiosa que esté haciendo su trabajo, que lo obligue a rendir cuentas de su autoridad o que sea testigo de sus actos. Stephen Bannon, el hombre detrás de Trump, cree que los medios deberían “callarse la boca”.

Pero no lo haremos.

A veces, intento imaginar cuál podría ser el momento del “incendio del Reichstag” para Trump. En febrero de 1933, unas semanas después de que Hitler se hizo canciller, el parlamento de Berlín se envolvió en llamas. Fue un incendio provocado cuyo origen todavía no es claro. Un artículo reciente en The New Yorker, escrito por George Prochnik, utilizó una cita del escritor austriaco Stefan Zweig acerca de la reacción salvaje de Hitler: “Con un solo golpe, fue destruida toda la justicia en Alemania”.

Con un presidente que aborrece a la prensa, que insulta al poder judicial, que no tiene tiempo para ideales como la libertad ni la democracia y cuya predilección por la violencia es evidente, ¿cuál sería la respuesta a un incendio Reichstag en Estados Unidos? ¿Podría ser un gran acto de terrorismo?

Tan solo podemos estremecernos con esa idea.

Los hechos importan. La judicatura federal está respondiendo a los empujones. El gobierno tiene fallas. El periodismo (sin necesidad de adjetivarlo) jamás ha sido más importante. La verdad no ha muerto aún, pero negar que está bajo asedio sería una invitación a la catástrofe.