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Mucho se habla del placer culpable o culposo y poco de la culpa que no da placer. Como la que nos generan muchas series que vemos por inercia o por nostalgia: fueron buenas o al menos interesantes, dejaron de serlo, pero somos fieles a aquellos tiempos mejores y pasados, que no volverán. Acá listamos cuatro ejemplos y una excepción (este artículo contiene un sinfín de spoilers):

Homeland (Showtime, sexta temporada)

A ver si lo entiendo. Ahora la exagente bipolar de la CIA Carrie Mathison, cuyo método paranoico-crítico tan buenos resultados le dio a la seguridad nacional, ha perdido su sexto sentido, su locura que ata todos los cabos y sus hábitos de espionaje. Y se ha desdoblado. Porque ahora el paranoico genial es Peter Quinn (asesino de la CIA, severamente lesionado por el gas sarín); y el espía que se la juega en el Medio Oriente, Saul Berenson (el mentor de Carrie).

En fin. Todo muy loco. La serie anda desorientada desde la muerte de Nicholas Brody, el personaje que le daba sentido. Su punto de partida era estupendo (y, como en tantas otras ocasiones, es una versión de una serie israelí): un soldado regresa, después de años de cautiverio, y dudamos de si sigue siendo un patriota o se ha convertido al islam y, de paso, al terrorismo islámico. Pero las últimas tres temporadas, ya sin

Pese a los grandes momentos, como esa epifanía en que Carrie se percata de que haber coordinado tantas operaciones de ejecución con drones la convierten en una auténtica genocida; o la persecución desenfrenada que le permite evitar un atentado en Berlín; Homeland ofrece muchos menos capítulos memorables que aburridos y redundantes. Para acabar de hundirse, parece ser que sus creadores, Howard Gordon y Alex Gansa, estaban tan convencidos de que las elecciones las ganaría Hillary Clinton que optaron para esta sexta temporada por una mujer presidenta. No solo los guiones boicotean a Homeland: también lo hace Donald Trump y la

Vikings (History Channel, cuarta temporada)

Si durante tres temporadas esta historia de vikingos legendarios, creada por el experto en sagas Michael Hirst y con Ragnar Lodbrok a la cabeza (sin casco de cuernos porque eso se lo inventaron los románticos del siglo XIX, como tantas otras cosas), supo engatusarnos con su excelente ambientación, con su representación de la igualdad femenina tanto en el poder político como en la religión o la batalla, con sus conflictos entre hermanos y entre reyes europeos y bárbaros nórdicos, en la cuarta temporada nos sorprende —para mal— con un salto en el tiempo que no viene a cuento.

De pronto han pasado varios años y todos los hijos de Ragnar ya son jóvenes guerreros. Y él prepara su despedida: les dejará una guerra como herencia, un proyecto de venganza. Pero toda la serie ha sido diseñada para tener a un protagonista. El clásico hombre blanco en crisis que está en el epicentro de todos los terremotos de la tercera edad de la televisión. Ahora tiene al menos cuatro: los cinco hijos de Ragnar, de dos madres. O seis: Lagertha, bella y durísima, ahora reina. Sin rey. Y, a este paso, sin nosotros que les hemos rendido a ambos tanta pleitesía.

The Affair (Showtime, Tercera Temporada)

También empezó muy bien The Affair, esa serie cuyos capítulos se parten en dos visiones de los mismos hechos, una de óptica masculina y la otra, femenina. O viceversa. Este proyecto fue creado por una mujer (Sarah Treem) y un hombre (Hagai Levi). Se trata de una producción que sabe combinar dos identidades genéricas: la serie de culto y el culebrón. Como su nombre lo indica, todo comenzó girando en torno a una aventura. Durante unas vacaciones, Noah Solloway, casado y padre de tres hijos, se enamora de Alison Lockhart, una camarera distanciada de su pareja por la muerte de su hijo pequeño.

El tedio de él y el duelo de ella a veces bailan un tango y, en otras ocasiones, una lambada, hasta que la confusión se apodera totalmente de los protagonistas y deciden vivir juntos. Y él escribe un libro demasiado inspirado en personajes y hechos reales. Y es un bestseller. Y alguien muere. Y en la segunda temporada empieza a haber saltos hacia el futuro, en plan Damages. En fin. Para seguir generando dólares —que es a lo que aspiran todas las series estadounidenses— en la tercera temporada han tenido que inventarse un delirio psiquiátrico en Noah, una amante francesa y hasta escenas en París. Vaya, sin pies ni cabeza. Pero, ¿qué apostamos a que en cuanto estrenen la cuarta temporada, allí me tendrán, imantado a la caja más tonta que lista en este caso?

The Walking Dead (AMC, Séptima temporada)

Siete temporadas como siete siglos: eternas. Pero ahí seguimos, viendo The Walking Dead. Empezamos mal, con un primer episodio que sacrifica la ética y la estética para impactar, congregar y ser viral. Seguimos regular: con un excelente villano, Negan, que habla más en un par de capítulos de lo que lo ha hecho Rick Grimes, el protagonista, en toda la serie.

Continuamos peor: hay tantas facciones, tantas comunidades subyugadas por la violencia extrema de Los Salvadores, tantos posibles ejércitos, que es imposible recordar quién es quién, dónde está cada uno y qué diablos está pasando. Hace tiempo que los zombis dejaron de tener importancia, más que como atrezzo o telón de fondo o —pervertidos por los humanos— freak show (en uno de los últimos capítulos, Rick tiene que luchar con uno que ha sido alterado con un estilo sadomaso).

Pese a todo, el engendro de Frank Darabont sigue sugiriendo metáforas políticas y sociológicas. Después de haber ensayado discursos sobre la democracia y la dictadura, sobre la familia y el totalitarismo, esta séptima temporada solo puede leerse como gran representación de la tercera edad de la televisión. Los millones de espectadores que siguen The Walking Dead en todo el mundo, su audiencia que bate todos los récords, todos nosotros, ahora somos los zombis. Una masa acrítica que sigue acompañando absurdamente a los protagonistas en su extravío moral y argumental.

Culpables sin recompensa de placer: somos walkers esclavizados por la tercera edad de la televisión, por su excelencia y su miseria, por su oro y su basura, cada vez más difíciles de discernir a causa de la superproducción (que difumina la frontera entre el canon y el vertedero).