El retorno a la “economía de la edad oscura”

Por Teresa Da Cunha Lopes/ Grupo Crónicas Revista

Teresa Da Cunha Lopes, Investigadora de la UMSNH, especialista en Derecho Comparado

 

La actual crisis es un ciclo económico diferente de los anteriores y, al mismo tiempo un espejo que nos remite al pasado. En consecuencia, el problema de la deuda soberana del Estado refleja, por un lado, un desequilibrio estructural entre el crecimiento de los ingresos y el gasto, lo que se ha traducido en incrementos progresivos de los niveles de deuda (y en inadecuadas políticas de manejo de las finanzas públicas de la entidad) y, por otro lado, si entramos en una dinámica de recortes y reducción del gasto público, lo único que vamos conseguir es cavar el pozo de la recesión. De la recesión a la depresión, la distancia es micro, pero la caída tiene el aura de un abismo.

Reducir el gasto público significa reducir el estado. O sea, en corto significa retirar al estado los medios para poder funcionar. Como consecuencia, el estado no estará en condiciones de asegurar las tareas de seguridad, de nos proporcionar el acceso a una justicia rápida y eficiente, ni estará en condiciones de proveer un acceso a los derechos constitucionales a la salud, a la educación, a una vivienda digna y a la protección social. Significa entrar en la espiral de la depresión económica.

Cuando se “recorta el gasto público”, no se trata de una operación quirúrgica con láser que opera sobre un concepto abstracto. Se trata de eliminar diversos programas, como los de la seguridad social, los educativos y los de salud.  El ataque presupuestario a las Universidades, a los derechos laborales, a los sistemas de jubilación son un perfecto ejemplo de esto.  Ahora bien, la única posibilidad de revertir este proceso tiene que posicionarse partir de la definición de economía como un instrumento de “justicia distributiva” (bajo el paradigma de justicia propuesto por Amartya Sen) y de “Equidad” (en el sentido operativo de cohesión social) y no de ubicarse en una solución a la “Schäuble” de pura contención del gasto público, eufemísticamente llamada, “disciplina presupuestaria”.  Ya vimos lo que esta “disciplina”, que transforma los millones de tragedias personales en una operación contable que las agrupa, hizo en la zona euro. Ahora, imaginemos lo que harán la contención y los recortes en un contexto sin protección en el paro, sin sistema universal de cobertura en seguridad social y sin sistema de jubilaciones y pensiones nacional. Y, sumemos a esta última variable de que se confunde a la población con las grandes declaraciones mediáticas de “eficiencia, austeridad y disciplina financiera”, cuando en la realidad ni una sola hora de viáticos suntuarios es eliminada, sí puestos de trabajo, sí transferencias de nómina que no se hacen a tiempo y forma, sí becas de los programas sociales reducidas.

En octubre del 2014, escribí en mi blog una columna, después retomada por diversos periódicos electrónicos, en que afirmaba que: “para contrarrestar la espiral negativa de los últimos años -y para contrarrestar el momento de estancamiento económico- el Estado tiene la obligación de estimular la demanda con mayores gastos económicos. O sea, con inversión en infraestructura y gasto público”. Tres años después, es una aseveración que continúa siendo oportuna.

¿Pero que entendemos por “gasto público”? ¿Y cómo estimula estela reactivación económica necesaria para la salida de la crisis?

Los gastos del gobierno están formados por sus compras de bienes y servicios y por las transferencias: las pensiones de invalidez y jubilación, subsidios de desempleo y subvenciones a las empresas, entre otras.

Ahora bien, en general, los gastos del Estado suponen un aumento de la demanda agregada. La determinación de la cuantía de esos gastos es una decisión política exógena, es decir, independiente de la renta. Sin embargo, la incidencia de los gastos del gobierno sobre la renta real también recibe el efecto multiplicador, de que hablaba Keynes, en la Teoría General.  O sea, el efecto multiplicador de las decisiones de inversión sirve también para explicar que un aumento en los gastos del gobierno por valor de 100 puede provocar un aumento en la renta de 500.

Pero no se puede olvidar que existen también ingresos públicos: los impuestos. Los impuestos que tienen un efecto de “sirena ” sobre una clase política que no abarca a ver más allá del inmediatismo del flujo de caja y que olvida la grande máxima de Keynes:  “El auge económico, y no la crisis, es el momento adecuado para la austeridad”.

Con efecto, los impuestos, al detraer dinero de las rentas de las familias, desplazan la demanda agregada en sentido descendente. La consiguiente disminución en la renta real se verá afectada igualmente por el efecto multiplicador, lo que, en el mundo real (en nuestro cotidiano) se traduce en el hecho de que los impuestos están no sólo haciendo disminuir el consumo sino provocando además una disminución en los ahorros. Lo vemos en nuestro entorno, en el estancamiento del consumo en los meses en que hay que pagar predial, placas, hacer la declaración anual, etc, etc, al mismo tiempo que tenemos que mantener todos los otros gastos en alimentación, gasolina, colegiaturas…

Si a esto agregamos las secuelas de la crisis mundial iniciada en el 2008 y de la cual a duras penas Estados Unidos y la Unión Europea están saliendo, veremos que ellas están ahí, a nuestra puerta, magnificadas por los costos humanos, laborales y sociales, fruto de una mala, de una pésima administración de las expectativas que ha creado desconfianza e incertidumbre no sólo sobre las políticas públicas, sino también sobre la capacidad de mantener el tejido social unido. A lo que tenemos que sumar el hecho de que la política fiscal no es clara, que la misma permite exenciones (manipulación legal) de los impuestos que favorece al 1% de la población con mayores ingresos y penaliza a la clase media y, last but not the least, los gastos del sector público están imbricados en redes de corrupción que el estado no ha podido extirpar.

En suma, se ha empezado a crear un “círculo vicioso” donde cada vez se está incentivando la retroalimentación de los aspectos negativos del sistema, aumentando la desigualdad económica y, propiciando un clima político que es sordo a las señales de alarma de la sociedad, en que no existe una real voluntad política de respuesta. Si continuamos por esta vía, el resultado sólo puede ser un retorno a la “economía de la edad oscura”, como diría Krugman acompañado de una versión charra del “trumpismo” electoral.