Guerra de la información y poder blando

Por Joseph S. Nye

Joseph S. Nye, Jr., ex -subsecretario de Defensa de EE.UU y Profesor de la Universidad de Harvard. Autor del “Is the American Century Over?”

La interferencia de Rusia en la elección presidencial estadounidense en 2016 y su presunta intrusión en servidores de la campaña del presidente francés Emmanuel Macron no deberían sorprender a nadie, dada la idea (errada) que tiene el presidente Vladimir Putin de lo que es el poder blando. Antes de ser reelegido en 2012, Putin dijo a un periódico moscovita que “el poder blando es un conjunto de herramientas y métodos cuyo fin es alcanzar metas de política exterior sin uso de la fuerza, por medio de la información y otros mecanismos de influencia”.

En la perspectiva del Kremlin, las revoluciones de colores en los países vecinos y los levantamientos de la Primavera Árabe fueron ejemplos de uso del poder blando por parte de Estados Unidos como nueva forma de guerra híbrida. La idea de poder blando se incorporó al documento “Concepto de la Política Exterior de Rusia 2013”, y en marzo de 2016, el jefe del Estado Mayor ruso, Valery Gerasimov, declaró que responder a amenazas externas de esa clase “con tropas convencionales es imposible; sólo pueden contrarrestarse con los mismos métodos híbridos”.

¿Qué es el poder blando? Algunos piensan que se refiere a cualquier tipo de acción que no sea la fuerza militar, pero no es así. El poder blando es la capacidad de obtener lo que uno desea por medio de la atracción y la persuasión en vez de amenazas de coerción u ofertas de pago.

El poder blando no es bueno ni malo en sí mismo. Para emitir un juicio de valor hay que tener en cuenta los fines, los medios y las consecuencias de las acciones. Torcer mentes no es necesariamente mejor que torcer brazos (aunque por lo general la persona afectada tendrá más autonomía en los procesos mentales que en los físicos). Osama bin Laden no amenazó ni pagó a los hombres que en septiembre de 2001 estrellaron aviones contra el World Trade Center, sino que los atrajo con sus ideas maléficas.

El poder blando de atracción puede usarse con fines ofensivos. Hace mucho tiempo que los países gastan cifras astronómicas en campañas de diplomacia pública y difusión, dentro de un juego de atracción competitiva: la “batalla por los corazones y las mentes”. Instrumentos de poder blando como el Plan Marshall y Voice of America ayudaron a decidir el resultado de la Guerra Fría.

Después de la Guerra Fría, las élites rusas creyeron que la ampliación de la Unión Europea y de la OTAN, así como los intentos occidentales de promover la democracia, tenían por objetivo aislar y amenazar a Rusia. Así que respondieron tratando de desarrollar el poder blando ruso mediante la promoción de una ideología de tradicionalismo, soberanía estatal y exclusividad nacional. Esto halló oídos bien dispuestos en países como Hungría, cuyo primer ministro Viktor Orbán defiende una “democracia iliberal”, así como en las diásporas residentes a lo largo de las fronteras rusas, en países empobrecidos de Asia Central, y en movimientos populistas de derecha en Europa occidental.

La guerra de la información se puede usar en forma ofensiva para restar poder a los rivales, algo que podría considerarse “poder blando negativo”. Atacando los valores de la otra parte es posible reducir su atractivo y con él, su poder blando relativo.

Hace mucho que actores no gubernamentales saben que es posible desvalorizar la marca de una corporación mediante campañas de denuncia pública. La evidencia disponible sugiere que el objetivo de los rusos cuando en 2015 comenzaron su intervención en la elección presidencial de los Estados Unidos era desprestigiar y desacreditar el proceso democrático estadounidense; la victoria de Donald Trump (que había elogiado a Putin) fue un premio adicional.

Ahora, la interferencia rusa en la política interna de las democracias europeas busca reducir el atractivo de la OTAN (encarnación del poder duro occidental), a la que Rusia ve como una amenaza. En el siglo XIX, el resultado de las luchas de poder en Europa dependía ante todo de cuál fuera el ejército ganador; hoy también depende de cuál sea el relato ganador.

La guerra de la información va mucho más allá del poder blando y no es algo nuevo. La manipulación de ideas y procesos electorales con dinero viene de hace mucho, y en cuanto a usar la radio como un arma de ataque, Hitler y Stalin fueron pioneros. Pero la difusión de materiales que sean propaganda evidente carece de credibilidad y, por tanto, no tiene atractivo (ni genera poder blando) en ciertas audiencias.

Cuando la política internacional se convierte en un juego de credibilidad competitiva, los programas de intercambio que forjan relaciones personales entre estudiantes y líderes jóvenes suelen ser mucho más eficaces como generadores de poder blando. En los sesenta, el periodista Edward R. Murrow decía que la parte más importante de la comunicación internacional no era la tecnología sino el contacto personal.

Pero, ¿qué sucede en el mundo actual de las redes sociales, donde los “amigos” están a un clic de distancia y son fáciles de “fabricar”, así como es fácil generar y promover noticias falsas mediante trolls a sueldo y bots? Técnicas todas que Rusia ha sabido perfeccionar.

Además de herramientas de diplomacia pública formal como Rusia hoy y Sputnik, el Kremlin emplea ejércitos de trolls a sueldo y botnets para generar información falsa que más tarde pueda hacerse circular y legitimar como cierta. Y en 2016, la inteligencia militar rusa dio un paso más, al entrar en la red privada del Comité Nacional del Partido Demócrata, robar información y publicarla en Internet para perjudicar la candidatura presidencial de Hillary Clinton.

La guerra de la información no es nueva, pero la tecnología cibernética la volvió más barata, veloz y eficaz, además de más difícil de detectar y más fácil de negar. Pero si bien con estas técnicas Rusia logró crear cierto grado de disrupción (afectando hasta cierto punto el resultado de la elección estadounidense de 2016), no consiguió generar poder blando. En el índice “Soft Power 30” que publica la consultora londinense Portland Communications, Rusia figura en 27.º lugar.

En 2016, el Instituto de Asuntos Internacionales de Finlandia determinó que la propaganda rusa tenía poco impacto en los principales medios occidentales y que nunca había logrado cambios de políticas. Y en diciembre, una encuesta del Consejo de Asuntos Globales de Chicago halló que la popularidad de Rusia entre los estadounidenses estaba en su nivel más bajo desde 1986, en plena Guerra Fría.

Irónicamente, en vez de embolsarse el premio de la elección de Trump, Rusia coartó al presidente estadounidense, porque su guerra de información redujo en gran medida el poder blando de Rusia en Estados Unidos. Como señalan algunos analistas, la mejor respuesta a una andanada de mentiras no es tratar de responder a cada una, sino alertar e inmunizar a la gente contra el proceso. La victoria de Macron demuestra que esa clase de advertencia anticipada puede ser beneficiosa para las elecciones europeas de 2017.

Traducción: Esteban Flamini