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En el Parque Central de la capital cubana, los bancos de piedra bajo la sombra y las elegantes palmeras atraen a los turistas que beben mojitos y a los lugareños que se reúnen para disfrutar de la brisa.

Este punto de encuentro, en el centro de la ciudad, está rodeado por largas filas de coloridos automóviles cromados de los años cincuenta. Sin embargo, han comenzado a circular vehículos más utilitarios en torno a la plaza: los de equipos de construcción que están transformando viejos edificios en hoteles de lujo.

A medida que la relación entre Cuba y Estados Unidos se estrecha, el desarrollo de bienes raíces se beneficia. “Muchos edificios que durante años estuvieron deshabitados parece que pronto se convertirán en hoteles”, comentó Belmont Freeman, un arquitecto cubanoestadounidense radicado en Nueva York. “Ahora, se pueden ver grúas en sitios de construcción. La burocracia cubana está facilitando las cosas y los desarrolladores extranjeros de hoteles finalmente pueden avanzar estos proyectos”.

La flexibilización de las restricciones de la empresa privada por parte del presidente Raúl Castro, el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos y la necesidad de financiamiento —el producto interno bruto de Cuba se contrajo en 2016, por primera vez en más de 20 años, según las cifras oficiales— han motivado cambios rápidos en muchas áreas.

Los hoteles cubanos de lujo todavía deben sortear varios obstáculos derivados de la demanda y su éxito. Los servicios públicos no siempre son confiables, la pobreza es generalizada y visible e incluso obtener ingredientes para la preparación de alimentos con calidad de restaurante implica sortear obstáculos.

No obstante, la industria hotelera se ha visto estimulada. Más de cuatro millones de turistas visitaron la isla en 2016, un 13 por ciento más que en el año anterior, según el Ministerio de Turismo de Cuba. Entre los visitantes, 614.000 eran estadounidenses, lo que constituye un aumento del 34 por ciento en comparación con el año anterior.

El Gran Hotel Manzana Kempinski, a la izquierda, cerca de la Vieja Habana. Gran parte de la ciudad se ha empobrecido desde la Revolución Cubana de la década de 1950, creando una incomoda convivencia entre los lugareños y los turistas con alto poder adquisitivo. CreditLisette Poole para The New York Times

Ángel Luis Matos Rodríguez, de 52 años, ha vivido en el mismo edificio deteriorado durante 35 años. Su edificio tiene enfrente al renovado Gran Hotel Manzana Kempinski.CreditLisette Poole para The New York Times

El área alrededor del Parque Central es una zona privilegiada respecto al auge de las remodelaciones de antiguas estructuras de La Habana. El hotel que encabeza la ola del segmento de lujo es el Gran Hotel Manzana Kempinski, de 246 habitaciones y que se encuentra en una galería comercial de estilo europeo restaurada recientemente y que se extiende una cuadra. Del otro lado del Parque Central se encuentra el Hotel Inglaterra, que abrió en 1875. Una gran variedad de hoteles de lujo están a corta distancia, todos administrados por el grupo francés Accor y el Iberostar de España.

Aunque el gobierno cubano es propietario de todos los hoteles del país, los grandes nombres del mundo de los hoteles de lujo ayudarán a administrar muchos de ellos. El Manzana, cuya apertura está programada para principios de junio, está financiado por la paraestatal cubana Almest y será coadministrado por la empresa hotelera suiza de lujo Kempinski y el Grupo Gaviota de Cuba. El Hotel Inglaterra abrirá sus puertas en diciembre de 2019 y su administración correrá por cuenta de Starwood, una subsidiaria de Marriott International.

La visita del expresidente Barack Obama a Cuba en la primavera de 2016 sentó las bases para muchos de los cambios en los viajes y la hotelería. Priceline Group, una empresa estadounidense, recibió autorización para permitir a los viajeros reservar habitaciones directamente a través de su página web Booking.com, y Starwood Hotels and Resorts se convirtió en la primera empresa hotelera estadounidense en incursionar en Cuba en casi 60 años.

Alessandro Benedetti, director del departamento de ventas y marketing del Kempinski, posa en el Bar Constante, local bautizado con el nombre del barman que inventó el Daiquiri de Hemingway.CreditLisette Poole para The New York Times

Sin embargo, los extensos retrasos han ocasionado tropiezos en muchos de los proyectos. Sortear la escasez —Cuba importa entre el 70 y el 80 por ciento de sus alimentos, según el Programa Mundial de Alimentos— los frecuentes apagones eléctricos y de internet, así como un deficiente sistema de drenaje y agua son solo algunos de los dolores de cabeza a los que se enfrentan los hoteles. Además, el área cercana al Parque Central y a buena parte de La Habana se ha visto inmersa en la pobreza desde la Revolución Cubana a finales de los años cincuenta, lo que ha creado una incómoda convivencia entre los lugareños que luchan por sobrevivir y los visitantes adinerados.

“La gente está viendo muy de cerca lo que pasa con el hotel Manzana”, dijo John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial de Estados Unidos y Cuba. “Hay una gran presión para mantener la experiencia de lujo y eso será difícil en Cuba”.

Al igual que muchos edificios en La Habana, las huellas del pasado se dejan ver en el Manzana. Construido entre 1890 y 1918, albergó lujosas boutiques de ropa, dos teatros, restaurantes, una pista de patinaje y un campo de tiro. Después de la Revolución, se conservaron algunas tiendas en la planta baja, mientras que los otros pisos se destinaron a oficinas gubernamentales y escuelas. No obstante, en años recientes, el edificio quedó en el abandono.

En 2012, la compañía francesa de construcción Bouygues Bâtiment International comenzó los trabajos de renovación, y en 2014 Kempinski se unió al proyecto. Ahora el hotel tiene techos de casi 5,5 metros de alto, ventanas estilo francés y abundantes espejos de estilo art deco. Las habitaciones son de entre 40 y 150 metros cuadrados y costarán desde 370 a 660 dólares la noche, según Alessandro Benedetti, del departamento de ventas y mercadotecnia de Kempinski.

El Manzana, de cinco pisos, también cuenta con una terraza y piscina en la azotea que ofrece vistas espectaculares del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Capitolio. El último piso tiene un gimnasio y spa que se extiende a lo largo de 929 metros cuadrados.

Desde las ventanas de la sala de masajes, también se puede ver ropa que cuelga de las ventanas rotas de los ruinosos edificios cercanos.

Una vista del interior del Gran Hotel Manzana Kempinski donde las habitaciones cuestan entre 370 y 660 dólares por noche. CreditLisette Poole para The New York Times

La piscina en la azotea del hotel Manzana tiene una vista privilegiada del CapitolioCreditLisette Poole para The New York Times

De hecho, el auge de la construcción también está evidenciando aún más la desigualdad entre los visitantes y el cubano promedio. Muchos cubanos trabajan para el Estado y ganan el equivalente de 25 a 30 dólares mensuales. Aunque aún está por verse cuán estricto será el control estatal de la empresa privada, el gobierno cubano está apostando a que el turismo ayudará a resolver sus problemas económicos.

En 2016, el gobierno se fijó una meta de 10 millones de visitantes para 2030. Las autoridades de la isla buscan nuevas formas de crecimiento porque la economía cubana decreció un 0,9 por ciento en 2016, debido a la crisis petrolera de Venezuela, un socio comercial que es vital para la isla.

Para el arquitecto y planificador urbano Miguel Coyula, el reto será evitar la “Cancunización” de Cuba, en referencia al área hotelera mexicana que es un destino vacacional muy atractivo para los estudiantes universitarios de Estados Unidos, que usualmente son retratados alcoholizándose y fiesteando.

“Con su cultura, historia y arquitectura, Cuba tiene mucho más que playa y sol”, afirmó Coyula. “La infraestructura de La Habana ya se encuentra sometida a una gran presión. Millones de turistas en busca de rumba y mojitos no van a ayudar con eso”.

Una vista de La Habana desde la azotea del hotel Manzana. El gobierno cubano apuesta a que el turismo resolverá sus problemas económicos. CreditLisette Poole para The New York Times