Al segundo intento, la chica logra entrar en la habitación secreta. Le ha llevado de nuevo un café al chico que le gusta y, gracias a que a la segunda va la vencida, ahora no está el guardia de seguridad y él se atreve a dejarla entrar.

Van al grano. Un beso. Ella se levanta. Se quita el vestido. Se ven sus piernas desnudas, las dos nalgas, la lencería muy fina. Se quita el sujetador: asoma medio pecho hermoso y rotundo, sexy como los de Game of Thrones, pero partido por el plano.

Y pronto estarían follando, como en cualquier capítulo piloto de HBO o Hulu o Showtime, pero entonces en la jaula de cristal aparece una forma monstruosa, que se moldea a sí misma en el aire, por momentos parece El grito de Munch, por momentos un alienígena que quiere comunicarse sin éxito. Y la pareja se queda boquiabierta, paralizada. Y son destrozados. Y mueren.
(Por cierto: eso que acabas de leer no es un spoiler. Piénsalo: verás que tengo razón. Sigo).

Así de contundente es el manifiesto con el que Mark Frost y David Lynch reinician Twin Peaks, veinticinco años y casi una edad de oro de la televisión más tarde. ¿Que tiene que haber desnudo y sexo en el piloto? Pues lo ponemos. Eso sí, el coito va a ser interruptus y nosotros vamos a dejar bien claro que las convenciones y las fórmulas y los chantajes que se han ido imponiendo durante estos últimos quince años en las series de televisión no nos afectan, porque nosotros somos la vanguardia, los pioneros, los héroes fundadores. Y estamos por encima del bien y del mal.

Los dos primeros episodios de la tercera temporada de Twin Peaks —que llega veintincinco años después de que terminara la segunda— dejan bien clara esa posición en varios momentos. Tal vez los más elocuentes sean el que acabo de describir y el final del segundo capítulo, ese concierto de Chromatics en el Bang Bang Bar. En una performance que sería más propia del recibidor de un centro cultural que de una taberna del pueblo, interpretan “Shadow”, que se alarga al margen de la acción con un regodeo que solo puede ser entendido como iconoclasia.

La insistencia de los creadores en la Habitación Roja como museo de arte contemporáneo también enfatiza esa libertad absoluta. Un museo con exposiciones temporales y obras cedidas al otro plano, el de la supuesta realidad: la jaula de cristal (¿portal interdimensional?), las habitaciones de motel, la cárcel, Las Vegas. Porque Twin Peaks ya no es un territorio físico, sino un tono, una vibración que se expande por Estados Unidos. Lo coloniza. Lo acaba suplantando.

Mädchen Amick, a la izquierda, y Peggy Lipton en el Double R Diner de la nueva ”Twin Peaks”CreditSuzanne Tenner/Showtime, vía Associated Press

Como leemos en Regreso a Twin Peaks, el volumen de Errata Naturae que Raquel Crisóstomo y Enric Ros han diseñado como la introducción perfecta a los retos que esta tercera temporada va a plantearnos, el pueblo protagonista en un primer momento iba a llamarse Northwest Passage. La figura simbólica del pasaje entre dos planos narrativos y metafóricos es fundamental para entender y desentender la propuesta de Frost y Lynch. Como lo es la figura retórica del retraso.

No solo me refiero al efecto de las voces de la Habitación Roja, sino también a la cantidad de personajes que son lentos, tardan en reaccionar, incluso parecen sufrir algún tipo de retraso mental. Se diría que subrayan con su condición atónita o con su estupidez la voluntad anacrónica de la obra. Su falta de sincronía con el reloj de las series del siglo XXI que de un modo u otro nacieron de esta serie de principios de los noventa.

“Yo soy Laura Palmer”, dice Laura Palmer en el segundo capítulo. Y le responde el agente Cooper: “Pero Laura Palmer está muerta”. A lo que ella responde: “Yo estoy muerta”. “¿Cuándo podré irme?, pregunta Cooper, prisionero de la Habitación Roja. Ella le responde al oído después de besarle en los labios. Ese beso es vértigo hitchcockiano. Ese beso susurra un secreto. Ese beso es necrofílico.

En efecto, desde su minuto uno, Twin Peaks fue un ejercicio de necrofilia, de amor a un cadáver y sobre todo a una ausencia. La primera autopsia de la teleficción no hizo más que recordar esa pasión enferma, sobre la que se erigen los pilares de las series de este comienzo de siglo. Todas ellas nos hablan —como hizo la pionera Twin Peaks—, de una comunidad en descomposición. Todas, por tanto, son ejercicios de autopsia.

Tras responderle, Laura Palmer se quita el rostro y su cabeza deviene un túnel de luz. Esa luz es la televisión: un torrente que no se detiene. Porque en realidad no nos hemos pasado veinticinco años en una cárcel de terciopelo rojo, sino en el laberinto de ficciones que esa cárcel engendró. La pretensión de Frost y Lynch es ignorar que el laberinto ha existido. Vuelven a mostrar a Laura Palmer en el cartel. Vuelven a poner la banda sonora para que reactive en nosotros la vieja hipnosis.

CreditErrata Naturae

Pero en el momento en que se sobreimpresiona la tipografía de siempre, ahora añeja, la serie no es capaz de atravesar su propio pasaje y evidencia su retraso. Un retraso que olvidamos en las nuevas escenas memorables, en los guiños a las viejas escenas memorables, en los regresos de los viejos personajes memorables; pero que se hace demasiado patente en la estética, en el anacronismo sostenido y deliberado.

Me temo que el experimento —arriesgado, brillante, tan cinematográfico— difícilmente va a seducir a unas audiencias que en estos veinticinco años se han vuelto exigentes, caprichosas, complejas. Me pregunto si el mundo Twin Peaks no se adapta mejor a esa novela artefactual y fascinante que ha publicado Frost (La historia secreta de Twin Peaks. Una novela, Planeta, 2016), en la que reconstruye la historia del pueblo desde los padres fundadores hasta nuestros días, pasando por avistamientos alienígenas y todo tipo de documentos falsos. Si esta tercera temporada no sería mejor una gran instalación, en el MOMA o el Pompidou, que una emisión semanal televisiva.

Lo sabremos cuando se hayan emitido los dieciséis capítulos restantes que estarán disponibles en Netflix. Tal vez entonces veamos que Frost y Lynch en realidad pretendían reinventar —de nuevo— la necrofilia y la autopsia. Mientras tanto, no se pierdan la plataforma transmedia. Porque una serie nunca es solamente una serie. Y Twin Peaks, mucho menos.