Por Jorge Carrión

Antonio Ortuño (Zapopan, México, 1976) es un escritor muy sólido. En todas las dimensiones del adjetivo. Pese a la ironía incesante —en parte gracias a ella—, hay solidez en esa voz, por momentos musical, que nunca le tiembla; en cada uno de sus estados publicados en Facebook, sus artículos y sus diez libros de ficción; en el conjunto, en fin, de ese proyecto literario que inició en 2006 con una novela, El buscador de cabezas, que se metía en el lodo de los discursos de ultraderecha, y que desde entonces ha insistido en la búsqueda de un mundo y una melodía propios.

Tusquets acaba de reeditar su ópera prima; la editorial a partir de ahora se asegurará de que tanto sus nuevas novelas como sus títulos más conocidos (Recursos humanos, La fila india) lleguen a los lectores de toda la lengua.

Nos encontramos en Barcelona, porque está promocionando por España el volumen de relatos La vaga ambición (editorial Páginas de Espuma), que le arrebató el hiperdotado Premio Ribera del Duero (¡50.000 euros!) a finalistas como Jesús Ferrero o Patricio Pron.

Antonio Ortuño, escritor ganador del Premio Ribera del Duero CreditDaniel Mordzinski

En mi opinión, el rasgo estilístico más significativo de La vaga ambición es la maestría de los cambios de tono, de la acidez al lirismo, del chiste a la confesión, ¿cómo los calibras?

No hay un método pero sí un trabajo metódico. Escribí los relatos simultáneamente, no fui cuento por cuento ni exhumé nada de un cajoncito. Estudié música y me gusta jugar con esa concepción de la música formal que implica la posibilidad de incluir incongruencias aparentes a través de juegos de armonía. Aterrizar eso en la literatura implica el uso de la metáfora, por supuesto. La idea era conjugar ficciones de tonos diferentes, para que el conjunto ganara potencia.

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Hay pasajes en varios cuentos, sobre todo en el último (“La batalla de Hastings”), de digresión teórica, en que esbozas una poética que defiende la mentira y la seducción. Son momentos de gran calidad ensayística. También escribes regularmente columnas de opinión en que reflexionas sobre el mundo contemporáneo. ¿Te has planteado escribir libros de ensayo o de crónica?

Me considero esencialmente un narrador de ficción, aunque en la narrativa cabe todo. Al principio pensaba ser asistemático, pero para avanzar no hay más remedio que convertirse en un teórico. Hay que leer teoría y crítica, no como preceptiva, sino para ampliar tu espectro de cara a la autoedición. Hay que ir más allá de la tribu, de los que escuchan el cuento alrededor de la hoguera, porque en ese entorno no hay reflexión. No me pienso como ensayista, pero mi literatura contiene elementos de reflexión. Tus demonios afloran por donde les pega la gana, pero uno tiene que saber por qué está ahí cada una de las palabras, de los signos. Hay que escribir en contra de la inercia del lenguaje preinstalado.

“La vaga ambición” de Antonio OrtuñoCreditEditorial Páginas de Espuma

En varios momentos el narrador (y hasta su madre, que escribía) reivindican la escritura como lucha…

Por supuesto, la realpolitik de la literatura exige sacar garras hirientes para defenderte de los obstáculos, muchos con nombre y apellidos. Hay quienes no superan ni la esfera de la intimidad: la propia pareja les dice que su cuento es una puta mierda. Es difícil ganar lectores, editores, ir superando las fobias (la última, que acabo de descubrir, es el horror de estar esperando que alguien compre tus libros en la Feria de Madrid). Todo te obliga a recordarte continuamente por qué escribes. Yo me la paso muy bien escribiendo, conquistando comas, riendo a veces; pero además de escribir, hay que ser escritor: eso es lo espantoso.

También hablas a veces de la escritura desde el rencor. Sin duda, en tus primeros textos el rencor, casi punk, contra el mundo, estaba muy presente…

Todavía me aflora a veces, es algo que no se pierde completamente. Pero empiezas a sentir furia por otros motivos, porque envejeces, tienes hijas y perros y hasta un jardincito de sesenta metros cuadrados. A los veinte te sientes autónomo, ahora te implicas socialmente, incluso políticamente. Yo defendía escribir de un modo irresponsable, eso lo dejé de hacer la primera vez que mi hija estuvo enferma. De la política del punk-rock pasas a la política de quien se preocupa porque a sus hijas las persiguen por la calle, uno de esos hábitos de los hombres mexicanos que son endémicos. El mundo se vuelve complejo, tu escritura cambia, buscas una música distinta.

Hay dos nombres que resuenan con insistencia en tu libro, que se corresponden con dos personajes: Carlos y Aura. ¿Cómo llevas la herencia de Carlos Fuentes?

Es una herencia complicada. Yo no me he acabado de reconciliar con él. Era un caudillo, un macho alfa, de gran ambición literaria, pero que no se sostenía cuando lo leías. Creo que ese sentimiento es compartido en México. El auge de Rulfo en el centenario tiene que ver con eso: ya demasiado Fuentes y demasiado Paz, busquemos a otros. Pero con Rulfo lo que ocurre es que lo están convirtiendo en la nueva Frida Kahlo, de modo que toda la próxima generación lo va a odiar.

Tú eres de Jalisco, como Rulfo…

En efecto, pero mi mundo, en términos de arraigo, no tiene nada que ver con el suyo. De joven lo leí por obligación y no se me dio nada bien. Cuando regresé a él, ya veinteañero, me pareció magistral. Sus dos libros pequeñitos son gran literatura, aunque no me digan nada en términos vitales.

La vaga ambición se puede leer como la autobiografía en fragmentos de un escritor, desde las experiencias traumáticas de su infancia hasta sus problemas como escritor adulto (como guionista de series, como participante de actividades culturales o como maestro de escritura creativa): ¿por qué decidiste que sería un libro de cuentos con elementos de interconexión y no una novela?

Es que nunca lo concebí como tal. Aunque la novela pueda devorarlo todo, requiere una congruencia que yo no podía respetar en este libro, que es un volumen de brincos, en el tiempo y en el tono. Mi idea de novela es más orgánica y cerrada.

“Quinta temporada” es un relato muy extenso, que parece un alegato contra las series de televisión, capaces de destruir a un escritor…

En la actualidad, la ficción más influyente y trascendente está en las series. En términos de éxito nada puede competir con ellas. Pero yo no las confundo con la literatura, porque en términos de producción no tienen nada que ver, la individualidad autoral no tiene espacio en ellas. Lo que sí comparten es el efecto. El efecto de las series de televisión en el espectador es muy similar, casi el mismo, que el de la literatura en sus lectores.