Fuentes: ProPublica y National Geographic

Primero los mataron y luego los metieron a una bodega donde había pastura, los rociaron con diésel y les prendieron fuego. Estuvieron alimentando el fuego horas y horas.

Los indicios de que algo innombrable pasó en Allende son contundentes. Cuadras enteras, en algunas de las calles más transitadas del pueblo, yacen en ruinas. Mansiones que fueron ostentosas hoy son cascarones desmoronados, con enormes agujeros en las paredes, techos carbonizados, mostradores de mármol agrietados y columnas colapsadas. Esparcidos entre los escombros quedan los vestigios raídos y enlodados de vidas destrozadas: zapatos, invitaciones a bodas, medicamentos, televisores, juguetes.

En marzo de 2011, el tranquilo pueblo ganadero, de unos 23 000 habitantes y a solo 40 minutos en auto de la frontera con Texas, fue atacado. Sicarios del cartel de los Zetas, una de las organizaciones de narcotráfico más violentas del mundo, arrasaron Allende y pueblos aledaños como una inundación repentina; demolieron casas y comercios, secuestraron y mataron a docenas, posiblemente a cientos, de hombres, mujeres y niños.

La destrucción y las desapariciones se sucedieron erráticamente por semanas. Solo unos pocos familiares de las víctimas –en su mayoría los que no vivían en Allende o habían huido– se atrevieron a buscar ayuda. “Quisiera aclarar que Allende parece zona de guerra –se lee en un informe acerca de una persona desaparecida–. La mayoría de las personas a las que les pregunté por mis familiares respondió que no debería seguir buscándolos, porque a los de afuera no los querían y los desaparecían”.

 

 

Durante su asalto asesino, los Zetas acorralaron a hombres, mujeres y niños que no tenían nada que ver con la traición que hizo estallar la ira del cartel. Entre los muertos estaba Édgar Ávila, quien había salido a ver un partido de futbol con un amigo. Aparece en esta foto con su mujer, María Eugenia Vela, y la hija de ambos. 

 

Pero, a diferencia de la mayoría de los lugares en México destrozados por la guerra contra las drogas, lo que pasó en Allende no se originó en México. Comenzó en Estados Unidos, cuando la Administración para el Control de Drogas (DEA) logró un triunfo inesperado. Un agente persuadió a un importante miembro de los Zetas para que le entregara los números de identificación rastreables de los teléfonos celulares que pertenecían a dos de los capos más buscados del cartel, Miguel Ángel Treviño y su hermano Omar.

 

Entonces, la DEA se la jugó. Compartió la información con una unidad de la policía mexicana que, por mucho tiempo, ha tenido problemas con filtraciones de información, aunque sus miembros habían sido entrenados y aprobados por la DEA. Casi de inmediato, los Treviño se enteraron de que habían sido traicionados. Los hermanos planearon vengarse de los presuntos delatores, de sus familias y de cualquiera que tuviera un vínculo remoto con ellos.

 

La atrocidad en Allende fue particularmente sorprendente, porque los Treviño no solo habían basado algunas de sus operaciones en las cercanías –con movimientos de decenas de millones de dólares en drogas y armas por la zona cada mes–, sino que también habían hecho del pueblo su casa.

Hace un año, ProPublica y National Geographic emprendieron la labor de juntar las piezas de lo que pasó en este pueblo del estado de Coahuila: dejar a los que sufrieron la mayor parte del ataque, y a los que tuvieron algún papel en él, que contaran la historia en sus propias palabras, con frecuencia con gran riesgo para sus vidas. Voces como estas rara vez se han escuchado durante la lucha contra el narcotráfico: funcionarios locales que abandonaron sus puestos, familias asediadas por el cartel y por sus propios vecinos, operarios del cartel que cooperaron con la DEA y vieron asesinados a sus amigos y familias, el fiscal estadounidense que supervisó el caso y el agente de la DEA que lideró la investigación y quien, como la mayoría de la gente en esta historia, tiene vínculos familiares en ambos lados de la frontera.

Cuando le preguntaron durante una entrevista sobre su papel en el caso, el agente, Richard Martinez se desplomó en su silla, con lágrimas en los ojos. “¿Cómo me hizo sentir el hecho de que la información se hubiera filtrado? Prefiero no decirlo, para ser honesto con usted. Me gustaría dejarlo así. Prefiero no decirlo”.

LA MASACRE

Mientras caía la tarde del viernes 18 de marzo de 2011, hordas de sicarios del cartel de los Zetas empezaron a entrar en Allende.

Guadalupe García, funcionaria jubilada: Estábamos comiendo en Los Compadres y entraron dos hombres. Se notaba que no eran de aquí. Tenían un aspecto distinto. Eran unos huercos, entre 18 y 20 años. Pidieron 50 hamburguesas para llevar. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que algo pasaba y decidimos que era mejor irnos a casa.

Martín Márquez, vendedor de hot dogs: Empezaron a suceder cosas en la tarde. Llegaron hombres armados. Fueron casa por casa buscando a las familias de quienes los habían traicionado. A las 11:00 de la noche ya no había movimiento de autos en la calle. No había movimiento de ningún tipo.

Etelvina Rodríguez, maestra de secundaria y esposa de la víctima Everardo Elizondo: Por lo regular, mi marido, Everardo, llegaba a las 7 o 7:30 de la tarde. Yo lo esperaba en mi casa. Dieron las 7, 7:30, 8, 9. Y empecé a marcarle. El teléfono estaba fuera de servicio. Pensé que a lo mejor estaba en casa de su mamá y se le descargó la pila. Le llamé a su mamá. Me dijo que no lo había visto y que a lo mejor andaba por ahí con algunos amigos. Pero no tenía sentido. Él me hubiera avisado. Me salí a buscarlo en el auto.

Se sentía un ambiente tenso. Eran las 9 de la noche, no tan tarde para ser viernes. El pueblo estaba completamente solo.

A pocos kilómetros a las afueras del pueblo, los sicarios bajaron en varios ranchos vecinos a lo largo de una carretera de dos carriles pobremente alumbrada. Las propiedades pertenecían a uno de los clanes más antiguos de Allende, los Garza. La familia se dedicaba principalmente a la ganadería y realizaba trabajos diversos, entre ellos la minería de carbón. Pero, de acuerdo con miembros de la familia, algunos de ellos también trabajaban para el cartel. 

Ahora, estos nexos resultaban mortíferos. Entre aquellos de quienes los Zetas sospechaban que eran soplones –de manera equivocada, se supo más tarde– estaba José Luis Garza, Jr., un miembro del cartel de rango relativamente bajo. Cuando las camionetas llenas de sicarios invadieron Allende, uno de sus primeros destinos fue un rancho que pertenecía al padre de Garza, Luis, a pocos kilómetros del pueblo, junto a una carretera de dos carriles mal iluminada. Era el día de pago y varios trabajadores habían ido al rancho por su dinero. Cuando aparecieron los sicarios, tomaron como rehén a todo aquel que encontraron. Al anochecer, las llamas empezaron a alzarse desde uno de los grandes almacenes de bloques de cemento del rancho, donde el cartel quemó los cuerpos de los muertos.

Muchas de las víctimas fueron llevadas a un rancho a las afueras de Allende, propiedad de la familia Garza. Se acusa al cartel de convertir este almacén, que contenía enseres y comida para animales, en un incinerador de cadáveres. Cenizas, un rosario y lo que parecen hebillas de cinturones descansan sobre el piso de concreto carbonizado.

Sarah Angelita Lira, farmacéutica y esposa de la víctima Rodolfo Garza, Jr.: Llegó mi marido, Rodolfo. Me dijo: “Me duele muchísimo la cabeza, me voy a bañar”. Estaba totalmente cubierto de polvo porque estaba abriendo una nueva mina de carbón. Después de un rato empezó a sonar su teléfono. Yo pensaba que había ido a acostarse, pero salió del dormitorio, totalmente vestido, y me miró a los ojos de una forma que nunca había visto antes. “No salgas de la casa –me dijo–. Está sucediendo algo. No sé qué es, pero no salgas de la casa. Voy y vuelvo”.

Poco después, me llamó: “Sal de la casa –dijo–. Y no te vayas en nuestra camioneta”. Me dijo que le pidiera a mi primo que nos llevara a casa de mi madre a nuestra hija, Sofía, y a mí.

El rancho de su tío Luis estaba en llamas. Y había muchos hombres armados en la entrada. Su hermana no contestaba su teléfono. Su padre tampoco contestaba. Rodolfo mandó a uno de sus obreros, Pilo, al portón a ver qué pasaba. Pilo había sido militar. Los hombres abrieron. Pilo entró, pero nunca salió.

Rodolfo estaba inconsolable. No encontraba a sus padres. No encontraba a su hermana. Y ahora su mejor empleado había desaparecido. Me dijo que iba a intentar entrar al rancho por la parte trasera.

Unos minutos más tarde, llamó otra vez. Hablaba tan bajo que casi no podía oírlo. Me dijo: “Sálganse de Allende. Dile a tu primo que te lleve a Eagle Pass. No hagas maletas. Váyanse nomás”.

Evaristo Treviño (sin relación con los jefes de los Zetas), ex jefe de bomberos: Oficiales a mi cargo respondieron a reportes de un incendio en uno de los ranchos de los Garza. Hablamos de menos de tres kilómetros desde Allende. Aparentemente se celebraba un convivio de la familia Garza. Entre los primeros que acudieron al lugar había bomberos con una máquina de apoyo. Se percataron de que había personas conectadas con el crimen organizado, las cuales les indicaron, de forma muy vulgar y a punta de pistola, que se retiraran. Dijeron que iba a haber muchos incidentes. Que íbamos a recibir muchas llamadas de emergencia sobre balaceras, incendios y cosas así. Nos dijeron que no teníamos autorización para responder.

En mi papel como jefe de bomberos, lo que hice fue avisar a mi superior, quien, en este caso, era el alcalde. Le dije que encarábamos una situación imposible y que lo único que podíamos hacer era mantenernos al margen por la amenaza que también enfrentábamos. Había demasiados hombres armados. Temíamos por nuestras vidas. No podíamos responder a las balas con agua.

Desde Allende, los sicarios avanzaron hacia el norte a lo largo de un paisaje llano y seco, acorralando a gente mientras cubrían los 55 kilómetros hasta la ciudad de Piedras Negras, una extensión mugrienta de fábricas ensambladoras sobre el río Bravo. Los atacantes condujeron a muchas de sus víctimas hasta el rancho de los Garza, incluyendo a Gerardo Heath, jugador de futbol de secundaria de 15 años, y Édgar Ávila, de 36 años e ingeniero en una fábrica. Ninguno de los dos tenía nada que ver con el cartel o con la gente que el cartel creía que trabajaba con la DEA. Solo estaban ahí. 

Claudia Sánchez, directora de asuntos culturales y madre de la víctima Gerardo Heath: Estaba empacando porque nos íbamos a San Antonio a las cinco de la mañana para ir a un partido de futbol. Gerardo iba a jugar, así que teníamos que estar ahí temprano. Gerardo y su hermana hacían tonterías afuera. Me asomé por la ventana y vi que llegaban dos amigos de Gerardo en coche. Eran nuestros vecinos.

Gerardo entró y me preguntó si podía ir con sus amigos. Le contesté: “No, Gerardo. Tenemos que empacar”. Lo siguiente que supe fue que Gerardo traía puesta la ropa que le habíamos comprado por su cumpleaños. Acababa de cumplir 15. Su camisa era azul y hacía juego con sus ojos. Me dijo: “Anda, mamá. No voy a llegar tarde”.

Le dije: “Está bien, Gerardo. No llegues tarde”.

Alrededor de las 10 de aquella noche, mi marido llamó al celular de Gerardo para saber a qué hora volvería a casa. Gerardo no respondió. Mi marido llamó otra vez. Nada. Poco después tocaron a la puerta. Eran amigos de Gerardo, de la escuela. Parecían aterrorizados. Les pregunté: “¿Qué pasa? ¿Dónde está Gerardo?”.

Los muchachos dijeron: “Se lo llevaron”.

Pregunté: “¿De qué están hablando? ¿Quién se lo llevó?”.

Los muchachos dijeron que vieron a Gerardo y a nuestros vecinos frente a la casa de ellos. Llegó una camioneta llena de hombres armados. Los hombres subieron a los vecinos y a Gerardo a la camioneta y se fueron. Los muchachos no reconocieron a los hombres. Y, como tenían armas, no se atrevieron a decir nada.

Unos minutos después llamamos al alcalde de Piedras Negras. Estaba en una boda. Nos dijo que se sentía terrible por lo que nos había pasado, pero que no había nada que él pudiera hacer. Ni una sola patrulla llegó.

 

El hijo de 15 años de Claudia Sánchez, Gerardo Heath, fue secuestrado y asesinado durante el ataque, aunque no tenía nada que ver con el narcotráfico. Las autoridades nunca encontraron sus restos. En su lugar, le dieron a Sánchez una urna llena de polvo y cenizas del rancho de Luis Garza. Ella la colocó en esta cripta.

María Eugenia Vela, abogada y esposa de la víctima Édgar Ávila: Estaba en el trabajo, esperando a que el juez firmara unos proyectos de sentencia que yo había escrito, cuando me habló Édgar para decirme que Toño, su amigo, lo había invitado a ver un partido de futbol. Yo estaba embarazada y, cuando llegué a casa, me sentía muy cansada. Édgar le había dado de cenar a nuestra hija y la bañó. Le pedí que me comprara empanadas antes de irse. Me las trajo y me dio un beso.

No fue sino hasta que me desperté, a las 2 de la mañana, que me di cuenta de que no estaba Édgar. No entraba ninguna de mis llamadas. Me dije: “Qué raro que Édgar no me haya hablado”. Édgar siempre me hablaba.

Me quedé en un sillón esperándolo el resto de la noche, hasta alrededor de las 6:30 de la mañana. Entonces llamé a mi hermana. Le dije que Édgar no había llegado a casa. Entonces ella vino a mi casa y, en pijama, fui con ella y mi cuñado a casa de Toño. No había nadie, pero había signos de violencia. Estaba todo tirado.

A la mañana siguiente, sábado 19 de marzo, los sicarios llamaron a varios operarios de maquinaria pesada y les ordenaron demoler docenas de casas y comercios en toda la zona. Muchas de las propiedades fueron saqueadas a plena luz del día, en colonias prósperas y transitadas, a la vista no solo de transeúntes, sino cerca de oficinas gubernamentales, jefaturas de policía y puestos militares. Los sicarios invitaron a la gente del pueblo a tomar lo que quisiera, desencadenando una ola de saqueos.

Los registros del gobierno obtenidos por ProPublica y National Geographic indican que a las autoridades estatales encargadas de responder ante emergencias les llovieron unas 250 llamadas de personas que reportaban disturbios, incendios, riñas e “invasiones a hogares” por toda la zona. Los entrevistados señalaron que nadie acudió a ayudar.

Rodríguez, esposa de una de las víctimas: El sábado empezó todo. Empiezan a tronar casas. Empieza a entrar la gente, a saquear, y todo lo que yo podía pensar era dónde podría estar Everardo. Todo el sábado lo pasé buscándolo y llamando a la gente para preguntar: “¿Qué has sabido?”.

Una persona me dijo: “Vi a hombres armados”. Otra me dijo: “Las bodegas se siguen quemando. El humo es muy negro, es como si estuvieran quemando llantas. Es un humo muy negro, espantoso”.

Recibí una llamada de un hombre que trabajaba con mi marido. Mi marido criaba gallos de pelea. En esta región, las peleas de gallos son muy populares. Él trabajaba para José Luis Garza, pero no de tiempo completo. Solo iba en las mañanas y en las tardes a alimentar a los animales.

El hombre me dijo: “Las cosas están muy feas ahí en el rancho. No sabemos qué pasó con toda la gente”. Yo pregunté: “¿Cómo que qué pasó con la gente? ¿Cuál gente?”.

Dijo que varios de los que trabajaban con mi marido no habían llegado a sus casas en la noche. Uno andaba con el tractor. Otro andaba regando. Y nadie regresó a sus casas.

Le pregunté: “¿Pues qué hacemos? Vamos a buscarlos”. Me dijo: “Ni te acerques para allá, porque te llevan a ti también”.

Pasó algo que  se me quedó aquí, esa imagen de cómo la gente entró a las forrajeras y sacaban los costales de alimento para los animales, hasta los pericos, traían las jaulas. Traían lámparas y juegos de comedor.

A mí, la imagen que se me quedó muy grabada fue de una motocicleta pequeña en la que, atrás del que manejaba, iba una señora. La mujer había convertido una sábana en morral. La traía así como tipo Santa Claus, a un lado, llena de cosas. Y del otro lado, en la mano llevaba una lámpara. Y así iban en la moto, no podían equilibrarse, parecía que se iban a caer, pero ellos felices, porque ya llevaban no sé qué tantas cosas.

Márquez, vendedor de hot dogs: Dos amigos míos se dedicaban a recolectar y vender chatarra. Se dieron cuenta de que el rancho estaba en llamas y los dueños ya se habían ido. Así que fueron –el papá y su hijo– para ver si había algo de valor para cargar. Vieron una freeza [un congelador] al lado de la carretera, una freeza grande. Y la quisieron mover. Pero estaba muy pesada. Y el padre dijo: “Ven ayúdame, vamos a echarla pa’rriba”. La abrieron y había dos cuerpos ahí adentro. Huyeron.

Evaristo Rodríguez, veterinario y vicealcalde de Allende en aquella época: Se reunió todo el consejo municipal, no formalmente, solo estábamos reunidos: el alcalde, todos los regidores, el director de seguridad pública también. Y pues sí, había muchas preguntas. Lo principal: “¿Qué está pasando?”. Pero todo el mundo quería saber, sobre todo, el porqué de las cosas. Ya todos sabíamos que había una balacera y algunos casos de desaparecidos y muertos.

Sí se preguntó mucho qué hacíamos, pero nadie quería hacerse cargo. Uno de los regidores incluso dijo: “Oye, pues vámonos de aquí, de la presidencia, no vaya a ser que vengan por nosotros”.

No me quería sentir héroe, pero sí quería que al menos nos quedáramos en nuestras oficinas para que la gente viera que no la habíamos abandonado. Pero todos los funcionarios querían irse. Todos se enfocaron en sus propias familias.

Con todo lo que estábamos viviendo, desconfiábamos de todos. Nos dábamos cuenta de que había una situación de doble gobierno; no sé si me explico: el gobierno oficial de Coahuila y lo que es la delincuencia, que tenía el mando. Sabíamos que la policía ya estaba infiltrada.

El director de seguridad pública nos comentó: “Es algo entre ellos”. No dijo nada más. No hacía falta. Yo entendí: “No investiguen y no se metan, o ya verán”.

Lira, esposa de una de las víctimas: La última llamada con Rodolfo fue al cuarto para las 12. Sonaba agotado. Todavía no sabía nada de sus padres. Le dije que había hecho todo lo que podía por ellos y que ahora era tiempo de pensar en Sofía y en mí. Le rogué que viniera a Eagle Pass con nosotros.

Él dijo: “Bueno, ahí voy”. Nunca más escuché de él.

Sánchez, madre de una de las víctimas: No hay un manual que te diga cómo actuar cuando alguien te arrebata un hijo. No hay un primer paso. Te vuelves loca. Quieres correr, pero no sabes adónde. Quieres gritar, pero no sabes si alguien está escuchando. Uno de mis primos sugirió que lo pusiera en Facebook. Así que escribí: “Devuélvanme a mi hijo. Si alguien sabe dónde está, tráiganmelo de vuelta”.

Vela, esposa de una de las víctimas: ¿Cómo puedo explicar lo que sentí? Era como si aquel día me hubieran secuestrado a mí también. De alguna manera, yo también morí. Mataron el futuro que teníamos, los planes, los sueños, las ilusiones, la paz, todo. En aquella época había vivido más tiempo con Édgar del que había vivido sin él. Solamente piense usted en esto. Además, estaba embarazada, no podía tomar ni un tranquilizante. Tenía que intentar mantenerme ecuánime, muy tranquila, pero llegaba a mi casa y sentía que se me caía encima. No encontraba dónde sentarme sin sentir que las paredes se me caían. No alcanzaba a comprender. Fíjese, a pesar de ser abogada, no alcanzaba a comprender qué había pasado.

 

Durante la masacre, la policía local no intervino. Años después, con los altos mandos de los Zetas en prisión, funcionarios de Piedras Negras, ciudad cercana también atacada, reemplazaron a casi todos los agentes policiacos y pidieron que el ejército dirigiera patrullas conjuntas para restablecer la confianza del público.

EL OPERATIVO

Unos meses antes, en las afueras de Dallas, la DEA había lanzado el operativo Too Legit to Quit [Demasiado Legítimo para Rendirse], después de unas redadas que tuvieron resultados sorprendentes. En una, la policía había encontrado 802 000 dólares en efectivo, empacados al vacío y escondidos en el tanque de gasolina de una camioneta. El conductor dijo que trabajaba para un tipo al que solo conocía como El Diablo.

Después de más detenciones, el agente Richard Martinez, de la DEA, y el fiscal federal adjunto Ernest Gonzalez identificaron a El Diablo como Jose Vasquez, Jr., de 30 años, un nativo de Dallas que había empezado a vender droga cuando estaba en la secundaria y que entonces era el distribuidor de cocaína más importante de los Zetas en el este de Texas, donde movía camiones llenos de drogas, armas y dinero cada mes.

Mientras se completaban los preparativos para detenerlo, Vasquez se fugó por la frontera hacia Allende, donde buscó protección de los miembros del círculo interno del cartel. 

Pero Martinez y Gonzalez vieron en su huida una oportunidad. Si podían persuadir a Vasquez para que cooperara con ellos, les daría acceso a los altos rangos de un cartel, que era notoriamente impenetrable, y la posibilidad de capturar a sus jefes, especialmente a los Treviño, conocidos como Z-40 y Z-42, que habían dejado un sendero de cadáveres en su escalada a la cima de la lista de los más buscados por la DEA. Miguel Ángel Treviño era conocido como Z-40 y Omar como Z-42.

Lo que Martinez quería eran los PIN (números de identificación personal) rastreables de los teléfonos Blackberry de los Treviño. Vasquez, después de huir, le había dado al agente una amplia ventaja. Su mujer y su madre todavía vivían en Texas.

Jose Vasquez, Jr., operario convicto de los Zetas: Mi mujer me llama como a las 6 de la mañana. Me dice: “Oye, la casa está rodeada”.

Le pregunté: “¿Qué quieres decir con que está rodeada?”.

Contestó: “Sí, hay mucha policía afuera”.

Le dije: “Pues, escucha, probablemente te van a detener. Déjame llamar [a mi abogado]. Sobre todo, no les digas nada. Intenta relajarte nomás. Te sacaremos con una fianza”.

Le dije: “Destruye los teléfonos”. En la casa teníamos inodoros que descargaban con mucha fuerza, así que los rompió y los tiró al escusado.

Entonces me llamó Richard [Martinez] desde allí. Me puso en el altavoz, para que mi mujer pudiera escuchar.

Me advirtió que la iba a detener. Pensé que era un engaño, así que le dije: “Haz lo que tengas que hacer”.

Ernest Gonzalez, fiscal federal adjunto: Al principio, lo único que queríamos era que Jose se rindiera y cooperara, para que nos explicara la estructura de la organización de los Zetas. Creo que esto nos habría aplacado en aquel momento, porque realmente no sabíamos cuán cerca estaba –cuán próximo era– de Miguel y Omar. No sabíamos –hasta que empezó a decir con quién hablaba, con quién se veía– lo que estaban haciendo. Fue entonces cuando nuestra perspectiva de lo que podríamos hacer, y cómo, empezó a cambiar. Empezamos a idear planes para capturarlos.

Cuando Jose no se entregó y vimos que estaba dispuesto a sacrificar a su esposa, supimos que teníamos que apretar las tuercas aún más, o presionarlo más.

Richard le dijo: “Se van a presentar cargos contra tu madre”.

Vasquez, Jr., operario convicto de los Zetas: Le dije: “Hombre, oye, me voy ahorita mismo a la frontera, cruzo y me entrego. No peleo para nada. Firmaré todos tus papeles de incautación. Dame cadena perpetua. Tira la llave a la basura. No me importa. Pero deja a mi mujer en paz. Deja a mi madre en paz”.

Él dijo: “Oye, la única forma en que tu mujer no vaya a la cárcel, que tu madre no vaya a la cárcel, es si cooperas con nosotros”.

Le contesté: “Richard, no quiero cooperar, hombre. Esto va a traer muchos muertos”.

Él dijo: “Lo único que tengo que decirte es que, si no cooperas, ellas van a ir a la cárcel contigo”.

Le pregunté a Richard: “¿Qué quieres?”.

Richard Martinez, agente de la DEA: Yo quería los números. Buscábamos capturar a los líderes de los Zetas. Pensé que estos números nos daban la mejor oportunidad de dar con ellos.

A la hora de la verdad, muchos de estos tipos huyen de Estados Unidos. Pero, si creciste aquí, todavía es Estados Unidos, el mejor país del mundo. Todavía quieres volver algún día. Si tu familia está aquí, quieres estar con ellos. Pensé que, una vez que Jose se diera cuenta de que la fiesta se había acabado, iba a hacer lo necesario para ayudarnos. Yo iba a empujarlo para que lo hiciera mientras tuviera la oportunidad.

Esto nos desvía del tema, pero me acuerdo de cuando iba a México de niño. Mi mamá es de allá, de Monterrey. He estado en Coahuila. Tengo familia en Coahuila. No puedes volver ahora. Es triste decirlo, pero no puedes ir por esos caminos rurales. Me encantaría que mi familia regresara, pero no puede.

Vi esos números como una llave. Son muy significativos. Los vi como una oportunidad para detener el reinado de Miguel Ángel y Omar Treviño.

 

Una banda de tambores y clarines ensaya en una prisión estatal en Piedras Negras. En la época de la masacre, los Zetas tenían acceso casi ilimitado a la prisión. Era una de las muchas instituciones de las cuales lograron apropiarse. Testimonios de reos revelaron que, durante años, el cartel la había usado como escondite y lugar de exterminio.

Gonzalez, fiscal federal adjunto: Era algo personal, totalmente. Era importante por mi origen, por mi herencia personal y por el conocimiento de lo que [los Zetas] le estaban haciendo a México. Pasaba los veranos con mis abuelos en ese país. Tenían granjas y ranchos. Disfruté mi juventud en México. Esta organización estaba destruyendo todo eso con su avaricia y violencia.

Para evitar la captura, los Zetas hicieron que su lugarteniente más cercano en Coahuila, Mario Alfonso “Poncho” Cuéllar, les diera celulares nuevos cada tres o cuatro semanas. Cuéllar le asignó la tarea de comprar teléfonos nuevos a su mano derecha, Héctor Moreno.

Ante la presión de obtener los PIN de los teléfonos, Vasquez recurrió a Moreno, utilizando información que él manejaba. Fue Gilberto, hermano de Moreno, quien había sido sorprendido al volante del camión con 802 000 dólares en el tanque de gasolina. Con 20 años de prisión por delante, Gilberto había confesado que trabajaba para los Zetas y que el efectivo pertenecía a los hermanos Treviño.

Vasquez organizó que su abogado en Dallas representara a Gilberto y le prometió que no dejaría que nadie en el cartel supiera de las declaraciones incriminadoras de Gilberto. Moreno le devolvió el favor a Vasquez al aceptar conseguirle los números. Pero, llegado el momento, Moreno lo reconsideró.

Héctor Moreno, ex operario de los Zetas: Los Zetas controlaban todo. Hacían lo que querían. Cuando los soldados iban a una zona, alguien del ejército nos avisaba con antelación.

A veces llegaban aviones llenos de policías federales, con 200 oficiales, pero recibíamos una llamada una semana antes: “¿Almacenan algo en tal o cual casa?”.

Respondíamos: “No, no hay nada ahí”.

Decían: “Qué bueno, porque hay una orden de cateo para ese lugar y los agentes van a llegar el jueves”.

El gobierno nos dijo todo. Así sabía que, si el gobierno conseguía esos números, los Zetas se iban a enterar”.

Vasquez, operario convicto de los Zetas: El día que Héctor me iba a dar los números, le llamé. Me dijo: “Conseguí los números, pero los tiré”.

Le dije: “¿Qué pasó? Dijiste que me los ibas a dar”.

Me contestó: “Estos números nos pueden meter en muchos problemas, así que los eché por la ventana”.

Le dije: “Tengo a estos tipos esperándome. Les prometí que les iba a dar los números. ¿Y mi familia?”.

Después de un rato lo convencí de que regresáramos al camino donde los había tirado. Lo recorrimos de arriba abajo por cerca de una hora o dos hasta que encontramos el trozo de papel.

Conseguí todos los números: el de 40 y 42, y de todos ellos. No sabía lo que iban a hacer con ellos. Pensé que iban a intentar interceptarlos o algo así. Nunca pensé que iban a mandar los números de vuelta a México. Les dije que no hicieran eso, porque iban a causar la muerte de mucha gente. No solo eso, yo todavía estaba allí. Todavía andaba con esa gente. Me dijeron que no lo harían. Richard me dijo que tenía que confiar en él.

LA OCUPACIÓN

La gente de Allende no era ajena a la ilegalidad. Por su proximidad a la –los vecinos hacen sus compras de fin de semana en el centro comercial de Eagle Pass, Texas–, hacía mucho que familias dedicadas al contrabando vivían tranquilamente en la comunidad. Sin embargo, para 2007, los Zetas se establecieron ahí con el dinero y la fuerza de una ocupación hostil. Eliminaron a rivales, tomaron el control de agencias gubernamentales importantes, convirtieron a la policía local en su secuaz y transformaron la región en un refugio para todo tipo de criminales. 

Se asimilaron a la sociedad, casándose con miembros de familias locales o asociándose con ellos. Algunos lugareños se unieron a las filas del cartel, incluyendo a varios miembros de un prominente clan de rancheros y mineros, los Garza.

Carlos Osuna, empresario retirado y organizador para el Partido Acción Nacional: La violencia que estalló aquí en 2011 no sucedió de un día para otro. Ya había narcotráfico desde hacía mucho. Y, por largo tiempo, solo había un jefe, llamado Vicente Lafuente Guereca. Todos sabían quién era y a qué se dedicaba. Pero había respeto mutuo.

Él respetaba a la sociedad y la sociedad lo respetaba. Y, en ese tenor, la vida seguía con cierta normalidad. Las drogas pasaban, pero la sociedad no intervenía. Y Lafuente no intervenía con el gobierno ni con la sociedad civil. No había secuestros. No había nada de eso.

Pero la coexistencia pacífica acabó cuando asesinaron a Lafuente.

Moreno, ex operario de los Zetas: Cuando llegaron los Zetas, reclutaron a todos para que trabajaran con ellos. Todos los narcos de la región tenían que trabajar para los Zetas. Ya no había grupos independientes. Antes de que llegaran, Coahuila había sido una especie de libre mercado. Quien quisiera podía operar ahí. Los Tejas [banda con base en Nuevo Laredo] estaban ahí. El Chapo [Joaquín Guzmán, cabeza del cartel de Sinaloa] estaba ahí. Estaba abierto de par en par. Pero llegaron los Zetas y mataron a Omar Rubio, de los Tejas. Mataron a Vicente Lafuente y a unas pocas personas importantes más. Y todo el que quedó se les unió.

Mi familia había vivido en la región por mucho tiempo. Del lado de mi mamá tenía familiares que dirigían funerarias y ferreterías. Del lado de mi papá tenían ranchos. Pero la verdad es que nada de eso daba tanto dinero como el tráfico de drogas. Por eso me involucré.

Ángel Humberto García, médico y ex legislador: Cuando fui miembro del Congreso, los agricultores y rancheros de Allende empezaron a venir a verme. Estaban aterrados porque sus vidas eran amenazadas. Dijeron que los criminales se habían apoderado de sus propiedades. Algunos me contaron que la única manera en que podían entrar a su propia tierra era si les pedían permiso a los criminales.

Uno de ellos era José Piña. Me comentó que había pedido ayuda a la policía y le dijeron que no podían hacer nada. Había un puesto de control militar a pocos metros de su propiedad, así que le pregunté: “¿Y los soldados?”. Me contestó: “Les he dicho a los soldados y nada”. Pregunté: “¿Qué quiere decir con nada?”. Dijo: “No van a hacer nada”.

Indicó que [los Zetas] le habían ofrecido dinero por su rancho, pero no lo iba a tomar. Se había quejado con el presidente municipal y el gobernador, pero no conseguía que nadie lo escuchara. Así que vino a mí y me dio una carta escrita a mano para el presidente.

Dos días después, el señor Piña estaba muerto.

El diario mexicano El Universal publicó un artículo sobre el asesinato en 2009. Informó que el cuerpo de Piña, hallado detrás de una escuela primaria católica, estaba tan lleno de balas que parecía que había sido “cosido a balazos”. El texto decía que le habían cortado la lengua y los dedos, uno de los cuales se lo habían metido en la boca. Los asesinos dejaron una nota escrita: “Nosotros no nos metemos con ustedes, ustedes no se metan con nosotros”.

Moreno, ex operario de los Zetas: Los Zetas mataron a Piña porque su rancho estaba ubicado en el río Bravo. Tanto 40 como 42 solían pasar por ahí a diario. Dejaban el portón abierto y entonces su ganado se escapaba. Se quejó al respecto con los militares. Los soldados les dijeron a los Zetas y por eso fueron y lo mataron.

Ricardo Treviño, ex presidente municipal de Allende (no tiene parentesco con los líderes de los Zetas): Una noche [los Zetas] golpearon a mi hijo. Fue muy feo. Tenía moretones en todo el cuerpo. Tenía la cara hinchada. Le pusieron una ametralladora en la cabeza y amenazaron con dispararle. Había estado tomando con unos amigos. Se detuvieron en una gasolinería. [Los Zetas] lo golpearon ahí, en frente de la policía.

Fui a la policía y pregunté: “¿Por qué chingados permitieron que estos cabrones golpearan a mi hijo?”. Tomé las llaves de sus patrullas. Les dije: “¿De qué sirve tener oficiales en las calles si no van a proteger a la gente?”.

Me dijeron: “No podemos con ellos. Nos matan si tratamos de detenerlos. Traen muchas armas”.

Más tarde salí, me puse a tomar demasiado. Cuando caminaba hacia mi auto, vi a algunos policías cerca. Les grité: “Díganle al jefe [de los Zetas] que lo quiero ver”.

Al día siguiente, mientras hacía unas diligencias en el pueblo, vi una hilera de autos que venía hacia mí. Los autos frenaron frente a mí. “El jefe quiere hablar con usted”. Me llevaron a uno de los autos. Entré junto al conductor. Era 42.

Preguntó: “¿En qué le puedo servir, señor alcalde?”.

Le dije: “Escuche, ¿cómo se sentiría si alguien le partiera la madre a su hijo? ¿No se encabronaría?”.

“Por supuesto”, respondió.

“Pues estoy encabronado –le dije–. Ustedes piensan que son muy cabrones porque tienen armas y no hay nada que podamos hacer. Puede que tenga razón. Pero en lo que a mi familia se refiere, si quiere tocar a alguien, viene conmigo. Si quiere matar a alguien, máteme a mí”.

Dijo: “No lo voy a matar. Usted no es mi enemigo, siempre y cuando se ocupe de sus asuntos y nos deje encargarnos de los nuestros. Pero, por favor, mantenga a su hijo en casa por la noche. Si quiere beber con sus amigos, que lo haga en casa. La noche es nuestra”.

 

Damien Saunder, NGM Staff  Fuentes: Propublica; Conapo; Justice in Mexico; Digital Globe; Road Data ©OpenstreetMap Contributors

Fernando Purón, presidente municipal de Piedras Negras: Hubo un punto en el que empezamos a ver señales de que [los Zetas] habían empezado una especie de toma hegemónica de todas las actividades comerciales. Además del tráfico de drogas y de armas, echaron a andar compañías y negocios en el sector de servicios, en bienes raíces, en la construcción.

Por ejemplo, empezaron a operar casas de cambio en la frontera, para cambiar dólares por pesos. Montaron conciertos y bailes. Abrieron restaurantes, bares y zonas rojas. Se metieron en la compraventa de autos usados. Luego fueron por negocios más grandes. Empezaron a construir centros comerciales, hoteles y casinos.

Y empezaron a vivir aquí. Después de un tiempo, sus hijos empezaron a asistir a las escuelas con nuestros hijos.

No crea que vivían en las afueras o en algún rancho al margen de la ciudad. Vivían justo aquí, frente al ayuntamiento. De hecho, desde este balcón puedo señalarle una de las casas en las que vivían.

Todos les tenían miedo. Los Zetas eran más fuertes que el gobierno, ¿entiende? Eran más fuertes económicamente. Mejor organizados. Estaban mejor armados. Todos les tenían miedo y, los que no, habían sido comprados.

Osuna, empresario retirado y organizador para el Partido Acción Nacional: El mayor efecto en la sociedad fue en nuestra sensación de libertad. Ya no podía ir a mi rancho, o incluso a la esquina, sin miedo de que alguien me confundiera con alguien más y me golpeara, o peor. Esa pérdida fue lo que más sentimos.

Y entonces, incluso si no estábamos involucrados [con el cartel], establecían vínculos con nuestras familias. Uno de ellos se casaba con una prima o hija de un amigo cercano, y de repente estaban en las mismas fiestas o cenas de Navidad.

Al principio solo nos quedábamos callados por miedo. Pero, por desgracia, el tráfico de drogas trae mucho dinero. Y nos gusta el dinero. Así que estos tipos se aparecen con él y empiezan a desparramarlo, y, antes de que uno se dé cuenta, son miembros del Club de Leones.

No era difícil darse cuenta. Somos una comunidad pequeña. Todos conocemos el nivel de ingresos de todos. Así que cuando alguien vive con 1 000 pesos un día y con tres millones de pesos al siguiente, dices espérate, algo está pasando. Desafortunadamente, todos lo aceptamos.

LA FILTRACIÓN

Alrededor de tres semanas después de que Vasquez le diera los números PIN a la DEA, los jefes del cartel recibieron la noticia de que uno de los suyos los había traicionado y lanzaron una ola de venganza. Fuentes oficiales cercanas al caso dijeron que un supervisor de la DEA en Ciudad de México compartió información relacionada con los números con una unidad de la policía federal mexicana conocida como Unidad de Investigaciones Sensibles, cuyos agentes habían sido entrenados y examinados por la DEA. A pesar de ello, tenía un pobre historial manteniendo información fuera de las manos de delincuentes. Un oficial de la unidad, dijeron las fuentes, fue el responsable de la filtración. Cuando ocurrieron los hechos, los jefes de la unidad no respondieron a múltiples solicitudes de entrevistas.

Sin embargo, a principios de este año, uno de los supervisores de la unidad, Iván Reyes Arzate, se entregó a las autoridades federales estadounidenses para enfrentar cargos por compartir información sobre las investigaciones de la DEA con narcotraficantes. No queda claro si Reyes fue la fuente de la filtración en el caso de Allende.

No fue difícil para los Zetas reducir la lista de delatores bajo sospecha, porque muy poca gente tenía acceso a sus números PIN. Entre ellos estaban Mario Alfonso “Poncho” Cuéllar, el lugarteniente más importante de los Treviño en Coahuila, y Héctor Moreno, mano derecha de Cuéllar. 

Sin decírselo a Cuéllar, Moreno le había dado los números PIN a Vasquez. Le estaba devolviendo un favor. El hermano de Moreno, Gilberto, era el conductor del camión que había sido detenido con 802 000 dólares en el tanque de gasolina. Frente a la posibilidad de pasar 20 años en prisión, Gilberto había confesado que trabajaba para los Zetas y que el dinero pertenecía a los Treviño. Vasquez había arreglado que su abogado representara a Gilberto y prometió que impediría que nadie más del cartel supiera sobre sus declaraciones incriminatorias.

Mario Alfonso “Poncho” Cuéllar, operario convicto de los Zetas: ¿Cómo sabía que había bronca? Porque yo tenía 596 kilos de cocaína del cartel y 40 mandó a un tipo para quitármelos. Esto era algo que les había visto hacer muchas veces. Cada vez que 40 planeaba matar a alguien en la organización, primero se aseguraba de recuperar su mercancía.

Me mandó una foto de sí mismo, cubierto con dibujos de sapos. Al pie de la foto escribió: “Mira, güey, me balacearon por los pinches sapos”. Sapos es la palabra que utilizan para los soplones.

Llamé a 40 y le pregunté: “¿Oye, qué onda con eso?”. No respondió. Lo único que me dijo fue: “Necesito verte. ¿Dónde vas a estar más tarde?”.

Le dije que iba a estar en las carreras de caballos. Pero no fui. Llamé a gente mía y les pedí que checaran qué pasaba allí. Después de llegar, me llamaron y me dijeron “Estás fregado”. Uno de los hombres de 40 estaba allí, mentándome la madre porque no había ido. Ahí supe que me tenía que ir.

Empecé a llamar a toda mi gente, les dije: “Sálganse, que hay bronca”. Ninguno de ellos me hizo caso, desafortunadamente. Cuando 40 no pudo encontrarme, fue por ellos.

Vasquez, Jr., operario convicto de los Zetas: Héctor [Moreno] me llamó y me dijo que se venía un desmadre infernal. Me preguntó qué había hecho con los números. Le dije que se los había entregado a la DEA. Me dijo: “Algo está pasando. De alguna manera, los Zetas se enteraron”.

Le llamé a Richard [Martinez] y le pregunté, : “¿Qué hiciste con los números?”. Contestó: “Hombre, los mandaron a México”.

Le dije: “Hombre, ¿cómo dejaste que eso pasara? Te dije lo que iba a pasar si esos números llegaban a México”.

Richard respondió: “Hombre, yo no fui. No fue mi decisión. Vino de más arriba. El jefe lo hizo. Mandaron los números a México pensando que tenían un amigo allí en quien podían confiar”

Gonzalez, asistente del fiscal estadounidense: Richard llamó y dijo que teníamos los números, pero que habían sido enviados a México. Exclamé: “¿Qué?”. No nos habíamos reunido para discutir cómo manejarlos. Me enojé. Creo que Richard pensaba como yo. Tampoco quería que se hiciera de esa manera, pero estaba fuera de su alcance. Dijo: “Son los jefes. Es la gerencia”.

Sabía bien que había problemas de discreción en México. Cuando en ocasiones anteriores se había pasado información, siempre parecía que algo iba a suceder.

Habíamos tratado desde hacía tiempo de ubicar a los Treviño. Tratar de saber cuál sería el mejor mecanismo para poder decir, finalmente, “Aquí están, en este momento”. Sabíamos que se movían mucho. Esta era una de las oportunidades en que podías hacerlo. Era algo con lo que habíamos batallado por mucho tiempo. Habíamos presionado a gente para que cooperara. Habíamos apresado a esposas y madres, y habíamos realizado todos esos grandes arrestos.

Era una gran oportunidad. Pero se desperdició porque no se hizo bien y se puso en riesgo.

Vasquez, Moreno, Cuéllar y Garza, cuyo rancho familiar fue la escena de muchos de los asesinatos, huyeron a Estados Unidos cuando empezó la masacre y accedieron a cooperar con las fuerzas de la ley estadounidenses a cambio de clemencia. Los escalofriantes reportes de lo que estaba pasando en Allende hicieron que las autoridades de Estados Unidos se dieran cuenta de la ira que había desencadenado aquella filtración.

 

A plena vista de los transeúntes y no lejos de la estación de policía, del departamento de bomberos y de un puesto militar, los Zetas demolieron casas y comercios en Allende. Quien fuera el alcalde durante la masacre aún vive al otro lado de la calle frente a esta casa. Él informó al inicio que no había visto evidencia alguna de violencia.

Vasquez, Moreno, Cuéllar y Garza, cuyo rancho familiar fue la escena de muchos de los asesinatos, huyeron a Estados Unidos cuando empezó la masacre y accedieron a cooperar con las fuerzas de la ley estadounidenses a cambio de clemencia. Los escalofriantes reportes de lo que estaba pasando en Allende hicieron que las autoridades de Estados Unidos se dieran cuenta de la ira que había desencadenado aquella filtración.

Cuéllar, operario convicto de los Zetas: Me acuerdo de mi primera reunión con la DEA. Les expliqué lo que estaba pasando en Coahuila, sobre toda la violencia. Me acuerdo que Ernest [Gonzalez] se levantó de la mesa, salió y enfrentó a uno de los jefes de la DEA. Empezó a gritarle. Dijo algo así como: “¿Escuchaste lo que está pasando? Todo esto porque mandaste aquellos números a México”.

González, fiscal federal adjunto: Le dije que esto era una porquería. Las cosas nunca tenían que haber pasado así. Teníamos información que nos podría haber ayudado a capturar a estos tipos, pero, por la manera como se manejó, todo se desmoronó. Y ahora era un maldito lío.

LA SECUELA

Durante años, las autoridades federales y estatales en México no parecieron hacer un verdadero esfuerzo por investigar el ataque. Los números de muertos y desaparecidos estimados oscilan dramáticamente entre la cifra oficial, 28, y la de las asociaciones de las víctimas, alrededor de 300. ProPublica y National Geographic han identificado aproximadamente a 60.

Los familiares fueron abandonados a su suerte a la hora de juntar las piezas de lo que pasó y reconstruir sus vidas.

En mayo de 2011, Héctor Reynaldo Pérez levantó un reporte de persona desaparecida con las autoridades estatales. Su hermana, que se había casado con un Garza, había desaparecido junto con su familia entera. Menos de un año después, el mismo Pérez desapareció. Un informe por parte de investigadores independientes de derechos humanos en El Colegio de México halló evidencia de que Pérez había sido visto por última vez en custodia de oficiales de la policía de Allende. 

Después de eso, pocos familiares de las víctimas se atrevieron a buscar ayuda con las autoridades, mucho menos a hablar públicamente sobre su tragedia. Varios se mudaron a Estados Unidos.

Ninguna familia perdió más miembros que los Garza. Se cree que casi 20 de ellos están muertos, incluida Olivia Martínez de la Torre, de 81 años, y su bisnieto de siete meses, Mauricio Espinoza. Los hermanos del bebé, Andrea y Arturo, que tenían cinco y tres años en aquel momento, aparecieron en un orfanato de Piedras Negras después del asesinato de sus padres.

Su abuela paterna, Elvira Espinoza, camarera de un hotel en San Antonio, fue por ellos con su esposo.

Elvira Espinoza, ama de llaves de un hotel y abuela de los niños Espinoza: Andrea dice que fueron en una camioneta hasta un lugar donde las casas no tienen techos. Dijo que los hombres bajaron a su madre, su abuela y su bisabuela. Ellos les dijeron a los niños: “Quédense. Solo vamos a hablar con ellas”.

Los hombres tuvieron allí a los niños y les dijeron que se callaran. Que no lloraran. Andrea contó que le cambió los pañales a su hermanito y le preparó su leche.

Ella no recuerda exactamente cuántos días estuvieron ahí, hasta que los hombres la llevaron con Arturo y Mauricio a Piedras Negras. Andrea dice que los dejaron en un parque, pero se llevaron a Mauricio con ellos.

Contó que les había suplicado que le dejaran al bebé. Pero los hombres le dijeron que el niño era muy pequeño y lloraba demasiado para dejarlo ahí con ellos.

Andrea se culpa a sí misma de lo que pasó. Dice: “Si hubiera sido más fuerte, Mauricio estaría todavía con nosotros”.

Lira, esposa de una de las víctimas: Yo sí metí una denuncia. El investigador me dijo que sería confidencial. Me prometió conservar mi identidad en el anonimato. Luego, unos días después, recibí una amenaza. Alguien me llamó al celular y me dijo que, si seguía con la queja, lo mismo que le había pasado a mi marido le pasaría al resto de mi familia. Mis padres aún vivían en Allende. Nunca me habría perdonado si algo les hubiera pasado.

Llamé al investigador ese mismo día. Le dije que me había mentido respecto a mantener mi nombre en secreto y que quería retirar mi demanda.

También fui al consulado mexicano en San Antonio. No creerá lo que me dijeron. Me echaron la culpa. Dijeron: “Ah, ahora viene llorando porque su esposo no aparece. Todo este tiempo usted sabía en qué negocios estaban metidos sus familiares, pero no pareció importarle hasta que se vio personalmente afectada”.

Nunca más le pedí nada al gobierno.

Tres años después de la matanza de los Zetas, el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira, anunció que oficiales estatales investigarían lo que había sucedido en Allende. Lo informó con bombo y platillo; los oficiales anunciaron un “megaoperativo” para recabar evidencia y averiguar la verdad. Las familias de las víctimas y los habitantes de Allende indican que ha sido poco más que un ardid publicitario. La investigación no ha arrojado resultados de ADN concluyentes ni un cálculo final de los muertos y desaparecidos.

Menos de una docena de sospechosos han sido arrestados, la mayoría eran ex policías locales y peones del narco que seguían órdenes. Nadie ha sido acusado de asesinato.

En 2015, la oficina del fiscal especial de Coahuila comenzó una serie de reuniones con familiares de aquellas víctimas que, como creían los investigadores –basados en confesiones–, estaban muertos. Emitieron certificados de defunción, pese a no tener cuerpos, que enlistaban causas de muerte como “choque neurogénico” y “combustión total debido a exposición directa al fuego”.

 

Durante la masacre, los sicarios llamaron a varios operarios de maquinaria pesada y les ordenaron demoler docenas de casas y comercios en toda la zona. Muchas de las propiedades fueron saqueadas a plena luz del día, en colonias prósperas y transitadas, a la vista no solo de transeúntes, sino cerca de oficinas gubernamentales, jefaturas de policía y puestos militares.

Sánchez, madre de una de las víctimas: Cuando ellos [las autoridades del estado de Coahuila] me dieron la noticia, mi cuerpo quedó sin fuerzas. Me dijeron que Gerardo había sido llevado a un rancho y asesinado. Algo dentro de mí me dijo que era verdad. Aun así pregunté: “¿Están seguros de que era él?”.

Me dijeron que un testigo les había dicho que entre las víctimas había una familia con tres niños, y uno de los niños era mi hijo. Me dijeron que había empezado a llorar. Llore y llore. Esto los estaba estresando, así que lo mataron. Híjole. Ahí sí perdí los estribos. ¿Cómo podía haber alguien que mata a un niño de 15 años, que está asustado y llorando?

Los oficiales me preguntaron qué quería. Respondí que quería sus restos. Me dijeron que sería difícil, porque mi hijo fue incinerado junto a mucha otra gente. En su lugar, me trajeron cenizas y tierra del lugar donde murió. Les pregunté si podía ir allí. Me contestaron que no era seguro. Les dije que quería ir de todas maneras. Entonces nos llevaron con unas escoltas.

Me llamó la atención lo cerca que estaba el lugar. Pensé, “Gerardo era tan fuerte que, si solo hubiera escapado y llegado hasta la carretera, podría fácilmente haber llegado a casa”.

Rodríguez, esposa de una de las víctimas: El fiscal y su equipo tenían que llegar en la tarde, pero no lo hicieron sino hasta esa noche. Los esperamos por más de cinco horas. Y, cuando por fin llegaron, solo nos ofrecieron gestos simbólicos. Nos dijeron que nos expedirían certificados de defunción, con información basada en las declaraciones de la gente que había sido arrestada. Y tenían cajitas con tierra para cualquier familiar que las quisiera. Eso fue todo.

Les dije: “Esperen. Yo no esperé aquí seis horas para que llegaran y me ofrecieran un certificado de defunción y esta caja. Somos humanos. ¿Cómo pueden pensar que esta es la manera correcta de ayudarnos a darle cierre? Quiero saber de qué se enteraron y dónde. ¿Dónde está la persona que lo mató? ¿Cómo lo mataron?

Expresaron que las respuestas podrían ser difíciles de escuchar. No querían ser crueles. Les dije que nada podía ser peor que las 20 000 cosas que ya me había imaginado sola.

¿Cómo sabrían los sospechosos el nombre de mi esposo si no eran de aquí? Todo este tiempo habíamos creído que a la gente que había hecho esto la habían traído de otro estado.

Al final nos enteramos de que era gente de aquí. Los monstruos que pensábamos que habían venido de Dios sabe dónde eran monstruos que habían vivido entre nosotros y que habrían tenido que protegernos.

Vela, esposa de una de las víctimas: Me dieron un acta de defunción con fecha del 19 de marzo de 2011, el día después de que desapareció. Lo único que les pregunté fue si estaban completamente seguros. Me dijeron que los especialistas forenses no habían podido hacer pruebas con los fragmentos que se habían recuperado, así que no estaban 100 % seguros. Pero me dijeron que estaban convencidos de que Édgar estuvo allí en el momento de la masacre. Creo que es porque tenían declaraciones de testigos.

Aún no sé qué creer. No había sabido nada de ellos en cinco años y después, de repente, me piden que crea que el caso está resuelto.

Apuesto a que si usted lograra echar un vistazo al expediente de mi marido, vería que está vacío.

Con todo, con el certificado de defunción empecé a hacer los cambios pendientes. Me mudé de nuestra casa. Solo me fui con nuestra ropa y los muebles de la recámara [de mi hija]. Toda la ropa de Édgar sigue ahí, colgada en el clóset, tal como la dejó.

Por fin pude hablar abiertamente con mi hija sobre lo que había pasado. No había sido capaz de decirle que su papá estaba muerto, porque ¿y si regresaba? Creo que de alguna manera ya lo había descubierto.

Los hermanos Treviño, al final, fueron capturados en 2013 y 2015, en operativos liderados por la marina mexicana. Desde entonces, el dominio del cartel sobre Coahuila se ha debilitado y la vida nocturna ha regresado a Allende, aunque muchos residentes todavía sobrellevan cicatrices emocionales y desconfían de los extraños. Se obsesionan con noticias de violencia vinculada al narcotráfico; temen que los hermanos Treviño controlen el tráfico de drogas desde la cárcel. 

La DEA se atribuye las capturas, pero no dice si ha investigado cómo terminó en manos de los Zetas la información sobre los números PIN. Terrance Cole, el supervisor de Martinez en Dallas, y Paul Knierim, en aquel entonces supervisor de la DEA en Ciudad de México que ejerció como enlace con la unidad de la policía federal mexicana entrenada por la DEA, se negaron a dar entrevistas. Knierim fue ascendido y actualmente es el jefe adjunto de operaciones en la oficina central de la DEA en Washington.

Pero Martinez aceptó hablar, atragantándose brevemente cuando le pregunté sobre su papel en la masacre. Distinguido como agente del año en 2011, ahora tiene cáncer de colon y hasta ahora el tratamiento médico ha fallado. Russ Baer, portavoz de la DEA, viajó dos veces desde Washington, D.C., a Texas para monitorear las entrevistas con Martinez y otro agente. Mientras Martinez hablaba, Baer interrumpió para enfatizar que los Zetas más importantes estaban en prisión y que la investigación hecha por la agencia tuvo éxito.

Gonzalez, fiscal federal adjunto: Obviamente me siento destrozado por esto. Uno sabe que en este tipo de trabajo va a haber consecuencias. La posibilidad de que alguien sea asesinado siempre está ahí. Pero es devastador estar involucrado en algo así y no poder hacer nada.

El objetivo era justo: conseguir la detención de estos tipos y meterlos a la cárcel para que dejaran de matar gente. Pero, en aquel punto de la investigación, tuvo el efecto opuesto.

Había escuchado de la brutalidad de Miguel Ángel y Omar Treviño, y de la violencia sin sentido que habían cometido en el pasado, pero no me cabía en la cabeza que pudiera ser así; que cualquiera remotamente vinculado contigo, incluso por fuera del narcotráfico, pudiera ser levantado y asesinado. Eso no parecía posible. Quizá debería serlo. Pero no lo pareció hasta que estaba pasando, hasta que pasó.

Martinez, agente de la DEA: Conseguí los números. Se los pasé a nuestra gente. Hasta ahí. No tengo que ver con nada más. 

Todos sabíamos que los números eran peligrosos. Si solo empollaba un número, ¿qué iba a hacer con ellos en Dallas? Intervenir un teléfono no es tan fácil como dice la gente. Debo tener una causa probable.

Para mí, solo conseguí los números y los pasé. Es mi trabajo.

No puedo hablar por la agencia, solo sé lo que yo hice. Hice todo lo que pude.

Lo intenté. Así es como lo sentí. Hice lo mejor que pude aquel día. Tuve la oportunidad de conseguir la información y entregarla. La conseguí. No puedo entrar por mi cuenta a México e intentar encargarme del asunto personalmente.

Russ Baer, portavoz de la DEA: Escuche a este tipo. Tiene familia que es de México. Habló sobre problemas de salud. Habló al respecto casi desgarrándose a veces, porque está muy involucrado emocionalmente en esto. Es alguien que empezó viendo el glamur de Miami Vice, que dedicó su vida al servicio público para trabajar en la DEA y básicamente desmanteló el cartel de los Zetas. Esa historia personal…, mejor, imposible. Me da escalofríos.

Con respecto a lo que pasó en México y las repercusiones de la filtración, la postura oficial de la DEA es la siguiente: es por completo culpa de Omar y Miguel Treviño. Estaban matando gente antes de que aquello pasara y mataron gente después de que se entregaron los números. La DEA hizo el trabajo de ir por ellos e intentar enfocar y dedicar nuestros recursos en sacarlos del negocio. Al final tuvimos éxito en este sentido.

Nuestros corazones están con las familias. Son las víctimas, desafortunadamente, de la violencia perpetrada por los hermanos Treviño y los Zetas. Pero esta no es una historia en la que la DEA tenga las manos manchadas de sangre.

 

El dominio de los Zetas sobre el estado de Coahuila se ha debilitado y la vida nocturna ha regresado a Allende. Cientos de personas se juntaron el otoño pasado para la Cabalgata, desfile festivo de vaqueros que dura dos o tres días, el cual para en varios ranchos de la zona y termina con un rodeo al atardecer. 

NOTA

ProPublica, una sala de redacción de periodismo investigativo independiente sin fines de lucro, y National Geographic se unieron para realizar este artículo. Ginger Thompson, reportera senior de ProPublica, dedicó meses a investigar la masacre, entrevistar fuentes en todos los bandos y escribir el artículo. Kirsten Luce tomó las fotografías para National Geographic. Alejandra Xanic, periodista independiente en México, hizo investigación adicional.